... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

11 de diciembre de 2016

Las soledades del muro. Marcos Ana.




¿LA VIDA?



Decidme cómo es un árbol.
Decidme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros.

Habladme del mar. Habladme
del olor ancho del campo.
De las estrellas. Del aire.

Recitadme un horizonte
sin cerradura y sin llaves
como la choza de un pobre.

Decidme cómo es el beso
de una mujer. Dadme el nombre
del amor; no lo recuerdo.

¿Aún las noches se perfuman
de enamorados con tiemblos
de pasión bajo la luna?

¿O sólo queda esta fosa,
la luz de una sepultura
y la canción de mis losas?

Veintidós años... ya olvido
la dimensión de las cosas,
su color, su aroma ...

Escribo a tientas: "el mar", "el campo" ...
Digo "bosque" y he perdido
la geometría de un árbol.

Hablo por hablar de asuntos
que los años me borraron.

(No puedo seguir; escucho
los pasos del funcionario).







24 de agosto de 2016

Anticuentos completos. Juan José Millás. Retazo.




La sombra



     En un cuento, creo que de Ignacio Pedrera, se narra la historia de un sujeto al que el médico examina el fondo de los ojos con el aparato al revés, diagnosticándose a sí mismo un glaucoma. El paciente, que ha observado el error del médico, pero que no sabe cómo decírselo, le pide que le ausculte los pulmones para ganar tiempo mientras reflexiona sobre la situación. El doctor toma, también del revés, el fonendoscopio y coloca las terminales auditivas del aparato en los oídos del paciente, mientras pasea la trompetilla captadora de ruídos orgánicos por su propio pecho. Al poco, recoge el aparato y esta vez se diagnostica una bronquitis terminal mientras ordena al otro que deje de fumar y que vuelva a la semana siguiente. Así, semana tras semana, el paciente asiste al deterioro del médico, mientras éste le anuncia que se quedará ciego, perderá más tarde la voz y finalmente morirá en un golpe de tos por no haber dejado de fumar a tiempo. En efecto, a los pocos días, y después de haberse quedado ciego y mudo, muere el doctor, a cuyo funeral asiste en primera fila, entre aliviado y culpable, su paciente.

     A veces, no es necesario coger ningún aparato del revés para colocar en los otros lo que no soportamos en nosotros mismos. Todo aquello que detestamos de nuestra identidad, es lo que Jung llamaba la sombra. Esa sombra vive en los lugares más inaccesibles de nuestra conciencia, confundida con la oscuridad reinante, hasta que encontramos a alguien a quien colocársela, del mismo modo que en el cuento de Pedrera el doctor coloca su propio glaucoma en los ojos del paciente. Lo malo es que con ello no se libra de la ceguera; en alguna medida la acentúa, pues al negarla no le da el tratamiento que precisa. Es decir, que al colocar nuestra sombra en otro no nos libramos de ella: nos mata igual. Sería, pues, mucho mejor aceptarla y, si es posible, transformarla, pero no parece fácil.

     Ahora mismo entre Occidente y el Islam hay un intercambio de sombras preocupante. Quizá Satán habita en las dos culturas, pero sólo lo vemos en la otra.






30 de junio de 2016

Kieslowski y la belleza.



Dijo Cervantes que la pluma es la lengua del alma. Aquel soldado no conoció el poder de la imagen y la música para crear belleza:







15 de mayo de 2016

De las tradiciones.



     Cuenta María Teresa León en su Memoria de la melancolía que, encontrándose una mañana en la ciudad de Panamá con unos amigos, escucharon un clamor que se iba acercando. Un automóvil avanzaba lentamente, frenado por la multitud. Dentro de él iba un indio con una hermosa cara triste, asombrada, feliz tal vez de sentirse mirado con tanta curiosidad por los hombres blancos que, desde generaciones y generaciones, no le habían mirado nunca, que únicamente le habían gritado para que se apartase. ¿Qué es lo que ha hecho?, preguntaron. Se ha comido a un ingeniero norteamericano, figúrese. ¡Qué maravilla! Es una forma nueva de hacer antiimperialismo. Un tiro en la noche sería la expresión de la justicia de los cultos, de los civilizados, de los lívidos blancos.

     Karajasalis, que así se llamaba el indio, murió posiblemente sin saber por qué. Podemos imaginar que en su conciencia no percibiera que su acto caníbal fuera punible, sino que más bien lo conceptuara como algo que los indios de las Bocas del Toro llevaran haciendo desde el comienzo del mundo. Como una parte ancestral de su cultura.

     Esta anécdota, macabra sin duda, nos sirve para comprender que la cultura, las costumbres de los pueblos, han de tener otra motivación más que sus atávicos orígenes, y que sin argumentos racionales, sin justificaciones éticas, no queda amparada su conservación.



     Y sin embargo, en nuestra actual sociedad, la de los cultos, los civilizados, los lívidos blancos, se mantienen aún tradiciones difíciles de respaldar. Muchas de ellas son injustificadamente crueles con los animales, pretenden que existe belleza y arte en la tortura; otras ocupan abusivamente el espacio público pretendiendo representar el sentir de todo un pueblo; la mayoría además son herederas de un concepto patriarcal y machista, y relegan a la mujer a un papel meramente testimonial o de simple perifollo.



    
      Cuando la única argumentación lógica para mantener una tradición es la vehemencia de sus seguidores, deja de tener sentido, se convierte en un lastre para el avance moral de la sociedad, y estará condenada a desaparecer lentamente. Porque no todas las costumbres pueden, ni merecen, formar parte de la cultura de un pueblo. 








30 de abril de 2016

El olvido de género.



     
     Hace unas semanas la Junta de Andalucía, a través de la Consejería de Educación, ha lanzado su II Plan de Igualdad de Género en Educación, con especial incidencia en la implantación de un uso no sexista del lenguaje. Habremos, por tanto, de decir: "los y las jóvenes", "los alumnos y las alumnas", o bien "el alumnado"; "los profesores y las profesoras", o en su lugar, "el profesorado". Y así una batería de recomendaciones para, supuestamente, conseguir un cambio cultural en la sociedad a largo plazo.

     Imagino semejante estupidez (la de forzar el uso de la lengua) como el fruto de la imaginación de algún tecnócrata de traje ajustado, zapatos estrechos y brillantes y gruesa corbata, que un día descubre en la moqueta de su despacho, justo al lado donde cuelgan sus carísimos masteres en dios-sabe-qué, una zarza ardiendo que le revela la solución al machismo que impera en la sociedad, y que se presenta ante el atribulado político con su manual tallado en piedra para presentarlo a la comunidad educativa, ese conjunto heterogénero e irregular de adoradores de becerros de oro con tendencia pronta al descarrío moral.



     Ando estos días leyendo, más bien recién comenzado, "Memoria de la melancolía", de María Teresa León Goyri. Si se busca información en la red acerca de esta escritora, enseguida se nos hará saber que fue esposa de Rafael Alberti, como si este hecho le diera más valor a su propia escritura. Quizá podamos imaginárnosla en las propias palabras del poeta: "Surgió ante mí, rubia, hermosa, sólida y levantada." María Teresa León fue, además, una de las mejores plumas de la Generación del 27. Como sus compañeros, sufrió la represión y el exilio:

     Estoy cansada de no saber dónde morirme. Ésa es la mayor tristeza del emigrado. ¿Qué tenemos nosotros que ver con los cementerios de los países donde vivimos? Habría que hacer tantas presentaciones de los otros muertos, que no acabaríamos nunca. Estoy cansada de hilarme hacia la muerte. Y sin embargo, ¿tenemos derecho a morir sin concluir la historia que empezamos? ¿Cuántas veces hemos repetido las mismas palabras, aceptando la esperanza, llamándola, suplicándola para que no nos abandonase?

     Porque todos los desterrados de España tenemos los ojos abiertos a los sueños. León Felipe aseguró que nos habíamos llevado la canción en los labios secos y fruncidos, callados y tristes. Yo creo que nos hemos llevado la ley que hace al hombre vivir en común, la ley de la vida diaria, hermosa verdad transitoria. Nos la llevamos sin saberlo, prendida en los trajes, en los hombros, entre los dedos de las manos...

     Somos hombres y mujeres obedientes a otra ley y a otra justicia que nada tenemos que ver con lo que vino y se enseñoreó de nuestro solar, de nuestros ríos, de nuestra tierra, de nuestras ciudades. No sé si se dan cuenta los que quedaron por allá, o nacieron después, de quiénes somos los desterrados de España. Nosotros somos ellos, lo que ellos serán cuando se restablezca la verdad de la libertad. Nosotros somos la aurora que están esperando.

     Un día se asombrarán de que lleguemos, de que regresemos con nuestras ideas altas como palmas para el domingo de los ramos alegres. Nosotros, los del paraíso perdido.

     ¿No comprendéis? Nosotros somos aquello que miraron sus pensamientos uno por uno durante treinta años. Durante treinta años suspiramos por nuestro paraíso perdido, un paraíso nuestro, único, especial. Un paraíso de casas rotas y techos desplomados. Un paraíso de calles deshechas, de muertos sin enterrar. Un paraíso de muros derruídos, de torres caídas y campos desvastados. Un paraíso donde quedó la muchacha, el muchacho, la sonrisa, la canción, la flor, el amor, la juventud, los ojos, los labios tensos para besar, la mano amiga en la mano, los dedos entre el pelo, la gracia, la palabra, la camaradería, la promesa, el gesto, el aliento, todo, todo, todo... Nada tenemos que ver nosotros con las imágenes que nos muestran de España ni el cuento nuevo que nos cuentan. Podéis quedaros con todo lo que pusisteis encima. Nosotros somos los desterrados de España, los que buscamos la sombra, la silueta, el ruido de los pasos del silencio, las voces perdidas. Nuestro paraíso no es de árboles ni de flores permanentemente coloreadas. Dejadnos las ruinas. Debemos comenzar desde las ruinas. Llegaremos. Regresaremos con la ley, os enseñaremos las palabras enterradas bajo los edificios demasiado grandes de las ciudades que ya no son las nuestras.



     Después del destierro, vendría el olvido. No el olvido previsible en la España oscura, imperio de los uniformes y las negras sotanas, sino en la España libre, la democrática España, la de los manuales por la igualdad y del despotismo de los tecnócratas. Además de descargar un Pdf de internet y exhibirlo como si del mismísimo bálsamo de Fierabrás se tratase, hay muchas cosas que hacer si de verdad se quiere luchar por la igualdad entre hombres y mujeres. Tengo al lado del ordenador el libro de Lengua y Literatura de 2º de bachillerato de Editorial Anaya, que he pedido prestado a mi hijo. En el tema relativo a la Generación del 27 se menciona a Luis Cernuda, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Rafael Alberti, Miguel Hernández y Federico García Lorca. ¿Dónde están Concha Méndez, Ernestina de Champourcín, Zenobia Camprubi, Josefina de la Torre, Rosa Chacel, Cristina de Arteaga, María Zambrano y, por supuesto,  la propia María Teresa León? ¿Ni una sola de ellas merece ser estudiada en las aulas de nuestros colegios e institutos?

     Estas mujeres compartieron el destierro y la represión con sus compañeros de la Generación del 27. Pero además, y por su condición de mujeres, han sido también condenadas al silencio y al olvido, aún en la actualidad. Y como el destino a veces gusta de mostrarse cruel con los seres humanos, María Teresa León padecería en sus últimos años la enfermedad de Alzheimer, por lo que con toda seguridad tuvo que sufrir incluso su propio olvido, la pérdida del recuerdo de sí misma. En su lápida, un único verso de su amado Rafael: 



"Hoy, amor, tenemos veinte años." 







31 de marzo de 2016

La mujer de pie. Chantal Maillard. Extractos.







Nada de lo que sé me pertenece.
Nada de lo que soy me constituye.






Y si el árbol del conocimiento pertenecía a los dioses, habremos de suponer que éstos no eran tan perfectamente felices como nos cuentan sino, antes bien, perfectamente desgraciados. Quién sabe si la famosa prohibición de Jehová no sería más bien un consejo, una generosa advertencia: Cuidaos de comer del árbol del conocimiento, pues seréis como dioses.








El universo, tejido de causas y causas de sus causas, zozobra. Todos zozobramos. Nada hay que nos sostenga, ni los hombros de un Atlas, ni la mano de un Dios, ni la tortuga Visnu. Considere cuánto daño hicieron las iglesias, cuánto la necesidad de creer, cuánto el miedo, y cuánto la avaricia. Cuánto dolor causa nuestra ignorancia. Considere. Iniciemos el duelo.







 
Detrás de un arbusto, le pareció entrever un objeto pálido. Ha pasado de largo. Del camino, o del texto. Se detiene. Quiere volver atrás. Hace el ademán de volverse. No lo haga, siga adelante. No lo sepa, no. Deje, siempre que pueda, algo sin saber, algo sin ver del todo, algo sin entender. No se vuelva. Deje que la ignorancia acuda a la conciencia y realice en usted el milagro de la humildad.







15 de marzo de 2016

Blas de Otero. Sobre esta piedra edificaré. (Poema)



Testigo soy de ti, tierra en los ojos,
patria aprendida, línea de mis párpados,
lóbrega letra que le entró con sangre
a la caligrafía de mis labios.


Y digo el gesto tuyo, doy detalles
del rostro, los regalo
amargamente al viento en estas hojas.
Oh piedra hendida. Tú. Piedra de escándalo.


Retrocedida España,
agua sin vaso, cuando hay agua; vaso
sin agua, cuando hay sed. "Dios, qué buen
vassallo,
si oviesse buen ..."


                                            Silencio.