... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

12 de agosto de 2011

La promesa


Octubre, 1990. Santiago de Compostela. Dos jóvenes, posiblemente cogidos de la mano, asoman por la Plaza de Platerías hasta desembocar en la del Obradoiro. Boquiabiertos, asisten a un espectáculo de piedra que impresiona el corazón y encoge el alma. Apenas han comenzado a vivir un proyecto nuevo de convivencia. En su mente se agolpan la incertidumbre y el coraje, el temor y la esperanza, pero, sobre todo, una tremenda ilusión. El destino, o el apóstol, les juegan una mala pasada. Por un error, el carrete de fotografía está velado y no les queda recuerdo de aquellos días, primeros que conviven juntos. Prometen repetir el viaje algún día.

 Julio, 2011. Han pasado casi veintiún años. De nuevo, igual de sorprendidos y de boquiabiertos, aparecen por Platerías aquellos dos ya no tan jóvenes, pero todavía con los mismos sentimientos en el pecho, y acompañados de sus dos hijos, que pronto comenzarán su propio proyecto de vida.  La promesa se había cumplido. Habíamos vuelto a Compostela.

Ahora percibo la vida como una peregrinación, como un camino que hay que recorrer siempre hacia adelante, que no permite volver atrás ni siquiera un solo paso. Ese camino a veces es llano y liso, pero en otras ocasiones, a menudo, empinado e incluso pedregoso. No lleva a ningún sitio. Quiero decir que no hay una meta que alcanzar que no sea sino recorrerlo. No aguarda recompensa al final. El premio es el propio camino, y con quién uno decida recorrerlo.

La joven de la fotografía es la persona que yo elegí como compañera. A día de hoy lo sigue siendo, y estoy seguro que lo seguirá hasta el final, igual que sé que fue la mejor elección de mi vida.

El primer amanecer en Santiago me reserva una sorpresa, no sé si del apóstol o del destino. Al subir la persiana de la habitación, descubro que está lloviendo, leve y mansamente. A lo lejos se ven, entre las nubes y la niebla, como borrosos, los pinos del bosque cercano. No puedo sino recordar a don Camilo: "...y la raya del monte lleva ya mucho tiempo borrada". Caminando hacia la panadería, un viento frío, húmedo, y  finas gotas de lluvia me golpean la cara con suavidad. A veces la felicidad no hay que buscarla, se la encuentra uno de frente, a la vuelta de cualquier callejón, o detrás de una palabra, o de una mirada. En un recuerdo, o en una promesa.