... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

11 de febrero de 2012

La monja de Lisboa.




    María de Meneses nació en Lisboa en 1551. Huérfana de padre y madre, a los once años ingresa como novicia en el Monasterio de la Anunciada, profesando en 1567 como sor María de la Visitación de Nuestra Señora, aunque sería después más conocida como la Monja de Lisboa. Fue una mujer profundamente religiosa y respetuosa con los valores y normas establecidos por la Iglesia, y que adoptó a pies juntillas el modelo de santidad del Concilio de Trento.

    Tremendamente influenciada por la mística medieval imperante en su tiempo (Ángela de Foligno, Catalina de Siena y Teresa de Jesús, entre otras muchas), desde el mismo momento de su profesión religiosa comienza a tener visiones y locuciones extáticas, basadas siempre en la figura de Cristo, que acompaña con intensas mortificaciones corporales, tales como ayunos, cilicios y azotes. La historia de este misticismo, y su posterior estigmatización nos la cuenta su biógrafo, Fray Luis de Granada, de quien dicen algunos murió en 1588, “amargado por el gran error que cometió dando validez a las locuras de la llamada monja de las llagas”.

    
   Efectivamente, a partir de 1575 sor María comienza un proceso en el que presenta sangrantes las heridas de Cristo en la Cruz. Nos cuenta el beato Fray Luis cómo "se le apareció el Esposo todo bañado en sangre, se quitó la corona de espinas de su cabeza y la colocó en la de ella, apretándola con las manos. Las señales de las espinas quedaron en la cabeza y manchada de sangre la cofia que en aquel momento llevaba". A estos estigmas seguiría la llaga en el costado, y posteriormente las heridas en manos y pies. A mediados de 1583 fue elegida priora del Monasterio, con treinta y dos años, a pesar de que el Concilio de Trento prohibía ejercer dicho cargo hasta al menos los cuarenta años de edad. Pronto, su fama superó los muros del convento e incluso la ciudad de Lisboa, y se le comenzaron a atribuir milagros y sanaciones.

    Temerosa del fraude, sobre todo ante la ofensiva protestante contra el culto a los Santos, la Iglesia Católica ordenó investigar la veracidad de los prodigios de la monja. Insignes teólogos, y el mismísimo general de la Orden de Predicadores, Sixto Fabri, además del ya mencionado Fray Luis de Granada, dieron veracidad y certificaron la autenticidad de las llagas (Fabri llegaría a examinarlas hasta en tres ocasiones, como medida extrema de precaución), y fomentaron la veneración de la monja. Tras el beneplácito eclesiástico llegaría el de las autoridades civiles, encabezado por el cardenal Alberto, archiduque de Austria y virrey de Portugal, e incluso el de la Inquisición. Tal fue su fama y poder, que Sor María llegó a bendecir a la Armada Invencible antes de zarpar a su triste y conocido destino contra los elementos.

    En 1580, Felipe II toma por la fuerza la Corona de Portugal. Sor María comete el mayor error de su vida, involucrándose políticamente contra el rey español, llegando a afirmar públicamente que “el reino de Portugal no pertenece a Felipe II, rey de España, sino a la familia de Braganza. Si el rey de España no restituye el trono que injustamente ha usurpado, Dios le castigará severamente”.

    
   Cuando Felipe tuvo noticia de tales pronunciamientos, ordenó el procesamiento por parte de la Inquisición para desenmascarar a la religiosa. Astuto, no abordó el problema desde sus implicaciones políticas, sino desde un prisma estrictamente religioso, para que no se relacionara con la postura patriótica de Sor María. Esta actitud cuadra a la perfección con la personalidad política del monarca español, que llevó la Cruz y la hoguera por toda Europa y la América conocida.

    En 1588 se celebra el proceso, con la orden de desenmascarar a la monja a cualquier precio. En contra de lo que cabía esperar, no resultó muy difícil; bastó con lavar con jabón y restregar con tela gruesa las llagas para que éstas desaparecieran sin dejar rastro.

    Sor María fue condenada a pérdida de voz activa y pasiva de por vida, a ser siempre la última de la comunidad y a cárcel perpetua en un monasterio de la orden, fuera de la ciudad de Lisboa. No recibiría cartas ni visitas, y únicamente abandonaría su celda para oír misa, y los miércoles y viernes de cada semana para recibir en capítulo una disciplina y ayunar a pan y agua en el refectorio comiendo en el suelo. Estando postrada, todas las religiosas pasarían por encima de ella al entrar y salir de la estancia.

    Años después, a petición de las religiosas del convento, sorprendidas por la humildad y resignación con que llevaba su condena, el inquisidor general Aleixandre le concedería el perdón total.

  


  No es mi interés juzgar a la religiosa Sor María de la Visitación, como tampoco lo es absolverla de culpa. Los hechos históricos han de valorarse con objetividad, dentro de un contexto social y cultural determinado, y conforme a la medida propicia para cada etapa histórica. Coincido con Antonio Fernández Luzón, de quien he obtenido la historia, en que su pseudomisticismo nacía de una profunda convicción religiosa, y que la humildad, paciencia y decoro con que se sometió a la condena son determinantes de una cierta santidad.

    Cuán fácil resultaba manejar a las almas en la España del siglo XVI, con su religiosidad basada en patrañas, en supersticiones, en el miedo a la herejía y, sobre todo, en el temor a salirse fuera del camino de ortodoxia por las consecuencias fatales que podía acarrear, no tan solo en el otro mundo, sino también en este.

    Por  último, destaco cómo hay elementos en todo proceso histórico que son comunes en todas la épocas y a todos los siglos, a todas las religiones y a todas las civilizaciones. En este que se narra, destaca el pecado y el error que es enfrentarse al poderoso. Si la monja de Lisboa no se hubiera opuesto a los deseos de conquista de Felipe II, quizá hoy estaría en los altares de nuestras iglesias. Esta caída, digna por cierto, de quien se atreve a oponerse al opresor, es transversal en la Historia, y todavía hoy nos la encontramos cada mañana cuando abrimos el periódico.

2 comentarios:

  1. Curioso caso la historia de la monja de Lisboa, aunque no por ello sorprendente dada la trayectoria sectaria y criminalista de esa mal llamada religión.

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    1. Sí que es curioso, Pilar, sí. Pero no es la monja lo que más me asombra, sino cómo se le consiente, incluso se le fomenta, su ascensión casi al santoral, hasta que resulta molesta al poder establecido, y con qué facilidad la anulan, de un plumazo se deshacen de ella. Eso es la enseñanza que saco de esta historia, y la que he intentado transmitir al narrarla en mi blog, que te agradezco visites y comentes. Un saludo.

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