... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

7 de febrero de 2012

De libros: lo que me dieron y lo que me dan.

    De infante me introduje en el mundo de la fantasía del Tebeo, en el de los cuentos de Andersen (por suerte antes de que Disney viniera a moldear de forma industrial, como los donuts y las fleptodomias anumeladas, la imaginación de los niños); de la mano de Saint-Exupéry visité planetas con una sola flor, lloré desconsolado la muerte de su Principito; con Juan Salvador Gaviota aprendí que el vuelo tenía otro sentido más allá de la mera supervivencia, que no era imprescindible la bandada, y aún que dentro de ella no era posible volar con libertad.

   Con Salgari navegué los mares de Malasia, y con Verne recorrí el planeta, tanto por aire como debajo del mar, y llegué al mismísimo núcleo de la Tierra. De la mano de Sinuhé conocí el gran imperio egipcio, el de los grandes faraones, y  aprendí a desconfiar  de las mujeres cuyo seno es más ardiente que el fuego.

   He pisado las calles de Córdoba con  Almanzor, el Cádiz de la Pepa, el Madrid de los Austrias y el del "No Pasarán", la Italia de los Médicis y la Inglaterra de Tomás Moro. Con Gala anduve, a las afueras de Dios, por dentro del alma femenina, hasta una profundidad inesperada, y conocí la pasión y la entrega sin condiciones, hasta casi la destrucción, en Estambul, entre dos continentes, en el Bósforo.

   He sido ejecutado y he sido verdugo, he mandado ejércitos y gobernado  imperios, he tramado conspiraciones y participado en revoluciones, he andado prófugo, he buscado sin descanso la piedra filosofal y la fuente de la eterna juventud, y después de encontrarla he vivido  cientos de años buscando su antídoto, hasta encontrarlo en la costa de Eritrea. De nuevo soy mortal, me repetí, de nuevo me parezco a todos los hombres. Esa noche dormí hasta el amanecer.

   Mis amantes han sido cientos, hombres y mujeres, de todas las razas y edades. He conocido el desengaño y la muerte, el enamoramiento absoluto, la fidelidad y la traición, la soledad de los ascetas y la de los bohemios.  He vivido todos los siglos, todas las civilizaciones, todas las edades. 




  El hombre no es de ninguna manera un ser firme y duradero, es más bien un ensayo y una transición, no es otra cosa sino el puente estrecho y peligroso entre la naturaleza y el espíritu. Hacia el espíritu, hacia Dios, lo impulsa la determinación más íntima; hacia la naturaleza en retorno a la madre, lo atrae el más íntimo deseo: entre ambos poderes vacila su vida temblando de miedo. Hermann Hesse.

   Ahora viajo menos. El dónde y el cuándo pierden valor con la madurez. Lo importante es que haya niebla, es indiferente si es en la Barcelona del cementerio de los libros olvidados, en la Babilonia londinense, en la Roma de Séneca o la de Adriano, o en el teatro mágico del tractar del lobo estepario (sólo para locos).

    Lo importante es que haya niebla, niebla blanca que empape la realidad y la disfrace, que la cubra como una suave gasa transparente, que con su humedad empape hasta los huesos el alma de los personajes y la desnude y la haga visible.

No hay comentarios:

Publicar un comentario