... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

26 de febrero de 2012

Pulvis es et in pulverum reverteris.






     Esta semana los católicos han celebrado su "miércoles de ceniza", día que da inicio a un período de sacrificio, ayunos, abstinencias varias y preparación espiritual para la llegada de la semana en que se conmemora la pasión y crucifixión de Jesús de Nazaret (los católicos de verdad, los que creen en Dios, celebran también la Resurrección).

    Recuerdo sin nostalgia y con ninguna añoranza estos días tan señalados cuando siendo niño, en la década de los setenta del pasado siglo, se presentaba un cura en el colegio con disposición sumarísima a mancharnos la frente de ceniza, pronunciando la tremenda sentencia: "Polvo eres, y en polvo te convertirás", y con la previa advertencia espeluznante por parte de la profesora de religión, que iluminaba nuestra infantil imaginación con la certeza de la muerte y los insufribles tormentos que sufriríamos por toda la eternidad si ésta nos llegaba de noche y no encontraba nuestra alma limpia e inmaculada. Terrible y sibilina referencia al pecado del onanismo, del que todos seríamos víctimas pocos años después.




 
   Y es que en este país no habíamos pasado todavía del Concilio de Trento, se ignoraba  de forma consciente (¿desobediencia?) el Concilio Vaticano II, igual que se ignoraban las libertades de los paises democráticos, y muchas otras cosas más. Vivíamos en una moral de sacristía, que olía a alcanfor y a polvos de talco. Tenebrismo, tenebrismo rancio en el que se regodeaban curas y beatas bien alimentados y con la conciencia tranquila, sabedores de que pertenecían a una especie superior, más digna, a la que su dios se había dignado a indicarles el camino justo y los poderes políticos a garantizarles su disfrute.



    Pero hubo más profesores. Gracias a ellos conocí la Teología de la Liberación. Dice Woody Allen que "inteligencia militar" es un término contradictorio en sí mismo. Teología y Libertad me parecen también incompatibles, pero aún así es un concepto que me interesó muchísimo en su día. También le interesó al Vaticano, que llegó a demonizarla, fundamentalmente por sus tendencias socialistas-marxistas. Existe un libro, recomendado por ese otro profesor a que hago mención, don Jesús Arpón, que se llama "La Cruz Invertida", de Marcos Aguinis (Premio Planeta 1970), y cuya lectura recomiendo desde este blog. Transcribo un párrafo a continuación:

"La cruz es el símbolo de la represión. Con ella impidió Roma que se liberaran sus esclavos. En la cruz fueron colgados millares de hombres, dando su vida por los otros y a ella eligió el Hijo de Dios para señalar con máxima evidencia su abierta complicidad con los oprimidos. Jesús crucificado es un reto a los explotadores y una acusación contra sus bestiales métodos de dominio. La cruz de tu sueño, trabada a  una bota en el fango de oro, no era una cruz; durante siglos los reyes y señores aprovecharon una ilusión óptica. Fíjate bien: esa cruz, en realidad, era una espada sostenida por el extremo de su hoja."


     Por suerte con el tiempo tuve otros conceptos de la religión católica, menos lúgubres. Y aún después, con más suerte todavía, y gracias a otro profesor (por cierto sacerdote), llegué a la Filosofía. Llegaron el Mitos y el Logos, llegaron Tomás de Aquino, Descartes, Kant, Hegel, Nietzche, llegó primero la duda, luego la incertumbre, después el descreimiento.

     Lo de la cruz lo tenemos claro todos, o casi todos. Lo que hay que pensar, para salir de ahí, es en la bota  y en el fango de oro, que es donde se clava la espada, y no la cruz. No es mala reflexión para la cuaresma.




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