... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

5 de febrero de 2012

Reseña. El cuaderno de Maya. Isabel Allende.



     No puedo ocultar que Isabel Allende no es una de mis escritoras hispanoamericanas favoritas, a pesar de que he frecuentado su obra con asiduidad. Su prosa es fácil, quizá demasiado, su estilo es limpio, pulcro, pero al leerla se tiene la sensación de que le falta dar un salto de calidad. Quizá es que se la vea como la sombra de Gabriel García Márquez, monstruo, inalcanzable.

    El Cuaderno de Maya es una obra sencilla, que no plantea dificultades ni complicaciones al lector, pero no por ello deja de ser pulcra, bien escrita y cuenta con las características propias de la literatura hispanoamericana que tanto me gusta. Hay en la novela una oposición constante entre el mundo moderno, el tecnológico, y la superstición propia de los pueblos menos desarrollados:

   “Les conté que había crecido con mi abuelo, un astrónomo racionalista y agnóstico, y mi abuela, entusiasta del tarot, aspirante a astróloga, lectora del aura y de la energía, intérprete de sueños, coleccionista de amuletos, cristales y piedras sagradas, por no mencionar amiga de los espíritus que la rondan.”

    El libro recoge la historia, narrada en primera persona, de una adolescente que vuelve a la vida en una pequeña aldea del sur de Chile, donde se recupera de su paso por el alcoholismo, la drogadicción y la delincuencia.

   “Mientras estuve bajo la tierra, como una semilla o un tubérculo, otra Maya Vidal pujaba por emerger; me salieron delgados filamentos buscando humedad, luego raíces como dedos buscando alimento, y finalmente un tallo tenaz y hojas buscando la luz. Ahora debo de estar floreciendo, por eso puedo reconocer el amor. Aquí, al sur del mundo, la lluvia todo lo vuelve fértil.”

    El desarraigo familiar en la infancia, el abandono por parte de sus padres y una educación consentida por parte de sus abuelos se denotan como causantes de la caída, si bien la autora no parece querer profundizar mucho en este sentido.

   “A mi Nini siempre le ha molestado el artificio de un final feliz en los cuentos infantiles; cree que en la vida no hay finales sino umbrales, se deambula por aquí y por allá, tropezando  y perdiéndose….      …mi  Popo nunca permitió que los cortaran, decía que los árboles sufren cuando los mutilan y también sufre la vegetación en mil metros a la redonda, porque todo está conectado en el subsuelo”. 


 
 
    Es en la narración de la vida en la isla donde el relato adquiere sus características más bellas, donde aparece ese don que los expertos han dado en llamar realismo mágico:


   “Doña Lucinda es tan anciana que ya nadie recuerda a qué familia pertenece y la cuidan por turnos; es la tatarabuela de la isla y sigue activa, romanceando las papas y vendiendo lana”.

    En esta parte del relato es donde Allende muestra, si bien casi al trasluz, su feminismo y su militancia, presentes en toda su obra. El primero, novelando un abuso sexual por parte de un padre alcohólico hacia su propia hija, y cómo es algo que en el pueblo “todo el mundo sabe y nadie denuncia”, cómo es una situación considerada cuasi normal y consentida; el segundo, colocando a Manuel, uno de mis personajes preferidos, como víctima de la represión durante la dictadura de Pinochet.

   En resumen, el libro no está nada mal, lo recomendaría sobre todo a personas que quieran iniciarse en el placer de la lectura. Como digo es hermoso, está bien escrito y es fácil de seguir, aunque mi opinión es que podría haber dado mucho más de sí.

2 comentarios:

  1. El salto es el asunto. Escasos como andamos de tiempo, no puede uno andarse con medianías. Para medianías tenemos ya la realidad, que nos atiborra de pastillitas fáciles de digerir y de efecto inmediato. Cuando yo cojo un libro, últimamente más que nunca, soy extremadamente exigente. Antes, Manolo, no solía dejar un libro. Ahora lo dejo a poco que me canse. Y cansan muchos, ya sabes. Leí hace años a Allende. Eva Luna y después Inés del alma mía. En todo atinas. Fácil, émula de García Márquez, hermoso en trozos, cansino en otros. Me deja como si no hubiese leído nada. Se me olvida al día de haber caído ya la última línea de texto. Macondo dura para siempre. Un abrazo.

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    1. Gracias, Emilio, por tus comentarios, siempre acertados. Yo antes pensaba que era por causa de la edad el ser cada día más exigente, pero ahora sinceramente dudo que sea así, al menos como causa única. Lo cierto es que desde que comento los libros que leo, reconozco que con demasiado atrevimiento para mi escaso entender en la materia, cojo las páginas con mucha más atención, ya no devoro la lectura, la intento analizar, y por eso me doy cuenta de que todo no te llena por igual.
      De nuevo, gracias. Un saludo.

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