... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

19 de febrero de 2012

Reseña. Rayuela. Julio Cortázar. ( II )

- No, viejo, eso se hace más bien del otro lado del mar, que no conocés. Hace rato que no me acuesto con las palabras. Las sigo usando, como vos y como todos, pero las cepillo muchísimo antes de ponérmelas.

... Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impulso. Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada. Y no lo sabe, igualita a la golondrina. No necesita saber como yo, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la retenga. 

    Conforme avanzo en el libro, me convenzo más a cada página, casi a cada palabra, de que Cortázar únicamente podría haber sido argentino. Solo un argentino es capaz de hacerte un capítulo de una novela con una nota de sociedad de un periódico, y al siguiente disertarte de filosofía, y dos más allá mostrarte en apenas dos páginas la desolación, o la soledad, o la locura, o el amor... En definitiva, hacerte una novela que puedes leer en el orden que quieras, porque no es tal, es un todo en el que si entras te ves obligado a bucear o a abandonar. De no haber sido argentino, se hubiera roto, quebrado. Te podés quebrar para afuera. Entonces te conviertes en un inadaptado social, una mierda tirada en mitad de la calle, que todo el mundo evita pisar y nadie quiere limpiar. Pero también te podés romper para dentro. Entonces sos un paranoico, o un esquizofrénico. En realidad sos la misma mierda, pero estás encerrado en un sanatorio.

   Imagino un croupier que antes de nacer nos reparte a cada uno una carta, que determina en qué lugar vamos a venir al mundo. De qué leche vamos a mamar, en qué calles nos vamos a herir las rodillas, a pasar miedo, a enamorarnos. Esa primera es la única carta que nos viene dada. El resto las vamos pidiendo nosotros, tentamos la suerte como en el juego de las siete y media. Podemos pedir carta cuando queramos, plantarnos en cualquier momento o seguir arriesgándonos, sabiendo que si te pasas se acabó el juego. Y sabiendo, también, que la última mano siempre la gana la banca. Cada jugador cumple indefectiblemente una regla: siempre oculta a los demás una de sus cartas, cuyo valor solo él conoce.




... La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí al alcance del salto que no damos.
   La vida, un ballet sobre un tema histórico, una historia sobre un hecho vivido, un hecho vivido sobre un hecho real.
   La vida, fotografía del número, posesión en las tinieblas (¿mujer, monstruo?), la vida, proxeneta de la muerte, espléndida baraja, tarot de claves olvidadas que unas manos gotosas rebajan a un triste solitario.
.......
 Nos hace falta un Novum Organum de verdad, hay que abrir de par en par las ventanas y tirar todo a la calle, pero sobre todo hay que tirar también la ventana, y nosotros con ella. Es la muerte, o salir volando.




    Pienso que ciertamente es necesario tirar también la ventana. Hay quien se enriquece con lo que la gente, para poder sobrevivir, tira por la ventana. Habrá que tirar también la ventana, y saltar nosotros. Volar o morir, cambiarlo todo.

¿Cómo?

 No lo sé.


    

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