... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

13 de febrero de 2012

Reseña. Rayuela. Julio Cortázar. ( I )

  



    En uno de sus libros Morelli habla del napolitano que se pasó años sentado a la puerta de su casa mirando un tornillo en el suelo. Por la noche lo juntaba y lo ponía debajo del colchón. El tornillo fue primero risa, tomada de pelo, irritación comunal, junta de vecinos, signo de violación de los deberes cívicos, finalmente encogimiento de hombros, la paz, el tornillo fue la paz, nadie podía pasar por la calle sin mirar de reojo el tornillo y sentir que era la paz. El tipo murió de un síncope, y el tornillo desapareció apenas acudieron los vecinos. Uno de ellos lo guarda, quizá lo saca en secreto y lo mira, vuelve a guardarlo y se va a la fábrica sintiendo algo que no comprende, una oscura reprobación.


 



     Tambien hay ríos metafísicos. Ríos en los que cualquier suicida puede tirarse desde un puente cualquiera. A veces, en la noche, en el primer desvelo de la madrugada, nos regresa a la consciencia el rumor de sus aguas, dejándonos en ese duermevela que teme a la hora fatídica del radio-despertador. Es preciso ser prudente en estas aguas gélidas, en el río existen corrientes peligrosas que te arrastran y de las que es difícil salir. Por eso sólo hay que nadar un poco, siempre cercano a la orilla, donde se tenga la seguridad de hacer pie y poder regresar con facilidad al calor de la almohada, que es como la tierra firme. Basta con refrescarse brevemente, el buceo lo dejamos para los expertos.




   

     Morelli me da un concepto hasta ahora por mí desconocido, al menos innominado hasta este momento. Habla del lector-hembra, en el sentido de pasividad, el que se deja llevar por el narrador buscando únicamente el disfrute, sin cuestionarse y, sobre todo, sin participar en la construcción de la obra. Confieso que he pecado. 

     Muy atractivo el sustantivo, sobre el que sin más remedio tendré que reflexionar en cada libro que lea en el futuro, y que me parece extrapolable a otros conceptos más prosaicos. De esta manera, pienso que también existen espectadores-hembra, votantes-hembra, políticos y jueces-hembra. Quizá incluso vivamos en una sociedad-hembra, una democracia-hembra.







     Rocamadour ha muerto. La Maga prepara café, todavía no lo sabe.

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