... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

26 de marzo de 2012

Sobre el perdón y la culpa.




     Abel y Caín se encontraron después de la muerte de Abel. Caminaban por el desierto y se reconocieron desde lejos, porque los dos eran muy altos. Los hermanos se sentaron en la tierra, hicieron un fuego y comieron. Guardaban silencio, a la manera de la gente cansada cuando declina el día. En el cielo asomaba alguna estrella, que aún no había recibido su nombre. A la luz de las llamas,  Caín advirtió en la frente de Abel la marca de la piedra y dejó caer el pan que estaba por llevarse a la boca  y pidió que le fuera perdonado su crimen.
     Abel contestó:
      - ¿Tú me has matado o yo te he matado? Ya no recuerdo; aquí estamos juntos como antes.
      - Ahora sé que en verdad me has perdonado -dijo Caín-, porque olvidar es perdonar. Yo trataré también de olvidar.
      Abel dijo despacio:
      - Así es. Mientras dura el remordimiento dura la culpa.
J.L.Borges. Leyenda.
Del libro Elogio de la sombra.






1.- Perdonar es un acto de soberbia. Pedir perdón es un acto de sometimiento.

2.- El perdón no es un acto consciente. Para perdonar hay que olvidar, y el olvido siempre es involuntario. Irremediablemente, cualquier cosa vendrá a nuestro recuerdo y memoria en el mismo instante de desear olvidarla.

3.- Quien ejerce el perdón se ensalza a sí mismo, en ese acto de piedad siempre ocupa el lado de la victoria. La humillación es para el perdonado, para el penitente.

4.- El remordimiento tampoco es un acto consciente. Es una herida que tiende a no cicatrizar con el tiempo. Incluso cuando ya está cerrada vuelve a doler a veces, en las largas noches de invierno, cuando el sueño juega con nosotros a que va y viene,a que nos abandona y acto seguido nos arropa en su dulce negrura.

5.- No es cierto que nacemos con culpa, no es cierto que tengamos que ser redimidos, no es cierto que tengamos que vivir mendigando perdón. Al mismo tiempo que el dios que nos perdona y nos redime se engrandece en su soberbia, los hombres nos hundimos en una culpa que nos ha sido impuesta.

6.- Quien infunda la culpa de manera intrínseca en los hombres y se otorgue el poder de ejercer el perdón dominará el mundo durante milenos, incluso depués de la muerte de dios. Esa fue la visión que cegó e hizo caer a Saulo del caballo en su camino a Damasco.


2 comentarios:

  1. La extensión del seis es inabarcable. Como los caminos del Señor. Borges no creía de modo tajante. Creía, a su manera, en la búsqueda de un ideal estética. Ojalá creyese, llegó a decir. En la travesía de ese conocimiento de la fe, de ese disfrute, entendió que la biblia era uno de los mejores libros, si no el mejor, de literatura fantástica. Que la fe es un acto enteramente metafórica. Que todo creyente es un lector de poesía. No un poeta, eso no.

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  2. Ninguno nacemos ateo, en el sentido social de nacer, no biológico por supuesto. En nuestro contexto judeo-cristiano se nos impone el pecado como algo innato, y a la vez se nos ofrece el perdón a cambio del arrepentimiento y la aquiescencia en mitad del rebaño. Pasar de eso al agnosticismo, y de ahí al ateísmo, es un gran esfuerzo intelectual. Es abandonar el calor y el abrigo de la manada y convertirse en un lobo estepario. Es renunciar al clavo ardiendo y ver el vacío de frente. En cierto modo, y lo digo sin ánimo de que nadie se ofenda, ser creyente es una cobardía. Comparto con Borges plenamente la afirmación de ojalá creyese, lo haría todo más fácil.
    Saludos, Emilio.

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