... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

7 de abril de 2012

Reseña. La insoportable levedad del ser. Milan Kundera.





     Y es que las preguntas verdaderamente serias son aquellas que pueden ser formuladas hasta por un niño. Sólo las preguntas más ingenuas son verdaderamente serias. Son preguntas que no tienen respuesta. Una pregunta que no tiene respuesta es una barrera que no puede atravesarse. Dicho de otro modo: precisamente las preguntas que no tienen respuesta son las que determinan las posibilidades del ser humano, son las que trazan las fronteras de la existencia del hombre.


      Con el decorado al fondo de la invasión rusa de Checoslovaquia tras la "primavera de Praga" y los tanques soviéticos en las calles de la ciudad, se construye esta historia desasosegante, casi angustiosa, tremendamente atormentada, muy filosófica y con claros elementos freudianos. Sin embargo el escenario político no es más que eso, un decorado. La historia transcurre a pesar de él, perpendicular a él. Cuando Teresa fotografía la ciudad ocupada podría estar fotografiando cualquier otra ciudad, cualquier otra situación, y la trama sería la misma.

     Kundera no describe a los personajes, ni siquiera los escenarios en los que transcurre la acción. Por el contrario, sí los analiza, examina sus personalidades y su forma de ser y pensar como con un finísimo bisturí que llegara al rincón más remoto de la psicología de cada uno de ellos.


El exilio.

     El propio autor pasó gran parte de su vida y escribió parte de su obra exiliado en Francia. Se une al gran número de escritores europeos que en el siglo XX tuvieron que huir de su patria, lista que desgraciadamente inauguraron los escritores y poetas españoles. El personaje principal de la novela, Tomás, también se exilia en Zurich para poder continuar ejerciendo su pasión, la medicina. 

     Cuando el exilio está motivado por razones distintas del totalitarismo político, como pueden ser motivos sociales, laborales o económicos, lo rebajamos un escalón en nuestra escala de valores y lo llamamos emigración.



     El que está en el extranjero vive en un espacio vacío en lo alto, encima de la tierra, sin la red protectora que le otorga su propio país, donde tiene a su familia, sus compañeros, sus amigos y puede hacerse entender fácilmente en el idioma que habla desde la infancia.




El Kitsch.

     Término que se usa para referirse despectivamente a la vulgarización del arte por parte de la burguesía, o a aquellos objetos que son claramente de mal gusto. No obstante, el autor lo dota de un nuevo significado que estará presente a lo largo de toda la novela. El kitsch pasa a representar todo aquello que se oculta porque es feo o nos averguenza mostrar a los demás, es lo que se barre y se esconde bajo la alfombra. Sabina, una de las protagonistas femeninas, llegará a decir que no es contraria el comunismo, sino al kitsch del comunismo. La palabra cobra su máximo significado cuando se usa para "redimir" a alguien después de su muerte, como es el caso de la inscripción en la lápida de otro de los protagonistas, Franz. "Tras tanto andar errante, el regreso."

     Antes de que se nos olvide, seremos convertidos en kitsch. El kitsh es una estación de paso entre el ser y el olvido.


El amor.

     Es el verdadero protagonista de la obra. El autor lo plantea como una relación de fuerza entre dos seres antagónicos, contrarios en su forma de ser y en su concepción de las relaciones amorosas. El lector intuye con angustia, casi con dolor, que el antagonismo entre los actores y la desproporción entre sus fuerzas resultan imprescindibles, que una relación de amor necesita de un vencedor y de un vencido, que es una batalla cruenta e irrenunciable, para descubrir al final que el papel de la victoria y el de la derrota se intercambian constantemente entre los amantes.




     Nunca seremos capaces de establecer con seguridad en qué medida nuestras relaciones con los demás son producto de nuestros sentimientos, de nuestro amor, de nuestro desamor, bondad o maldad, y hasta qué punto son el resultado de la relación de fuerzas existentes entre ellos y nosotros.




     Tomás representa la fuerza. Divorciado, lleva una vida donjuanesca con numerosas amantes, y desde el principio se niega a renunciar a ellas. Teresa ejerce la debilidad. Tomás se enamora de ella por compasión: cuando hacen el amor por primera vez cae enferma con fiebre y tiene que cuidarla, decubriendo que para dormir tiene que hacerlo agarrada a su brazo. La entrega de ella es total, en renuncia de sus principios incluso consiente las infidelidades de Tomás.

    
 Todos tendemos a considerar la fuerza como culpable y la debilidad como víctima inocente. ... Su debilidad era agresiva y le obligaba a constantes rendiciones, hasta que por fin dejó de ser fuerte y se convirtió en un conejito en su regazo.


     Sin embargo, el amor de Teresa hará que Tomás renuncie a su bien más preciado: ejercer la medicina. Regresará a Praga del exilio por ella, a sabiendas que el régimen comunista no le iba a permitir trabajar de médico; renunciará a sus amantes y a la vida en la ciudad para buscar el anonimato en la soledad de la vida rural. Contra toda lógica, ha sido al final el polo más débil el que ha conseguido atraer hacia sí al más fuerte. En el amor pleno únicamente es válida la rendición sin condiciones si quien se entrega es aquel que tiene el poder y la fuerza para vencer.



El ser.

     Toda la obra está imbuida de un existencialismo desesperanzador, atormentado:

     No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni siquiera boceto es la  palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro. ......  Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.

     El protagonista, Tomás, nace de pie junto a la ventana de su piso, mirando a través del patio hacia la pared del edificio de enfrente, sin saber qué debe hacer. La vida se compone de miles, de decenas de miles de encrucijadas y en cada una de ellas tenemos que tomar una decisión, que condiciona la siguiente, y ésta a otra, y así se va conformando, amorfa e impredecible. Las decisiones se toman sin experiencia, con la única intuición del vértigo vital, de la atracción del abismo y del oculto deseo de caer. Jamás sabremos qué decisión fue acertada, siempre sospecharemos con desencanto que otros caminos hubieran podido suponer un desenlace mejor.

     En contraposición a esta teoría se esboza al principio de la novela la de Nietzsche sobre el eterno retorno, que presupone que cada instante se repetirá en un momento determinado. Aún más descorazonadora, pues si esto es así, las decisiones que se toman no condicionan nuestro presente, ni tan siquiera nuestro futuro, pues ha de repetirse tal cual vaya a suceder de forma indefinida. Es entonces una renuncia al libre albedrío. Como dijo Borges, "La puerta es la que elige, no el hombre". En la obra del autor argentino las teorías del tiempo y la eternidad son casi obsesivas.

     Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesuscristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad.




     Personalmente prefiero la concepción lineal de la existencia, su fugacidad e indeterminación. Cada acto irrepetible de nuestra vida condiciona el siguiente, pero no somos capaces de determinar en qué manera hubiera resultado de adoptar cualquier otra decisión, por nimia que pudiera ser, en un momento pasado. Estamos, acaso, perdidos en un devenir de infinitas casualidades que condicionan nuestro ser.



2 comentarios:

  1. Buen post, Manolo.
    A mí no me gustó. Reconozco que la leí hace mucho tiempo, demasiado tal vez como para tener un criterio ajustado ahora, pero Kundera me "jarta" más que otra cosa. Una escritura que se gusta a sí misma, pensada para oírse, para no salir de sí misma. Me gusta de Kundera que la cantidad de palos que toca. Está todo ahí, el amor, la fe, la soledad, la política, el sexo, pero nada está afinado, pero te digo que quizá necesite otra lectura, que igual no le doy. Hay tanto por leer. Los lectores somos ríos. Leemos en un lugar y al volver a encontrar el libro ya estamos en otro sitio. Un saludo afectuoso...

    ResponderEliminar
  2. Gracias por disentir. Es posible que se toquen demasiados palos para una novela no demasiado extensa, y por tanto no en suficiente profundidad. Pero sí es cierto que en "La insoportable levedad del ser" el autor consigue sembrar en el lector la semilla del desconcierto. El arte, la literatura en este caso, tiene que conmover de alguna manera, tiene que conseguir que tengamos que detener la lectura de un párrafo para pensar un poco, absortos o desorientados, o asombrados. Quizá sobre Kundera planee la sombra de Kafka, demasiado grande. No se.

    Comparto contigo que los lectores somos ríos, pero somos como el río de Heráclito. No leerás dos veces el mismo libro. Aunque no varie ni una sola coma, tú no serás el mismo lector.

    ResponderEliminar