... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

19 de mayo de 2012

La felicidad del zapatero.

    

  

     Cuando Lucas soltó el remendón hacía ya varias horas que había anochecido, y la zapatería era el único establecimiento que permanecía abierto todavía. Abrochado el abrigo, se caló la gorra para proteger su ya desnuda calva del frío del mes de febrero y cerró el negocio, heredado de su padre al igual que el oficio. 

     Como todas las noches, caminó con lentitud hacia el bar. En realidad Lucas no recordaba haber tenido prisa nunca en toda su vida. Nada más verlo entrar, el camarero colocó un vaso de vino en la esquina de la barra que acostumbraba a ocupar todas las noches. Poco después, con un leve gesto de la mano, pidió un segundo vaso que bebió despacio, notando cómo el pálido y perfumado líquido se infiltraba en sus venas, llevando un tenue y agradable calor por todo su cuerpo. Puso unas monedas en la barra y se despidió deseando buenas noches a los pocos hombres que, adoquinados contra el mostrador, terminaban la jornada de trabajo o demoraban conscientemente el regreso a sus hogares.

     Ya en casa cenó su sopa caliente, la misma sopa de casi todas las noches. Después vio un poco de algún programa frívolo de televisión sin prestarle mucha atención y se metió en la cama. Antes de dormirse pensó que dentro de dos días sería sábado, y tendría que lavarse. Lentamente, como lo hacía todo, fue quedándose dormido, pensando que seguramente era feliz. 

     Todavía ignoraba que la felicidad basada en la indolencia es el refugio de los necios.



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