... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

9 de junio de 2012

El alumno maestro.



     No es inverosímil que esta historia no sea cierta. Reúne los dos requisitos fundamentales para cualquier ficción: no es increíble y no se puede constatar.

     Imaginamos un colegio en el humilde y marginal barrio porteño de Palermo, en los primeros años del siglo XX. Es una fría tarde del mes de julio. Los alumnos, cansados ya, intentan disimular el tedio cuando sienten que la mirada del profesor se fija en ellos. Éste, también hastiado, propone una discusión con el propósito de distraer el tiempo que resta para que termine la clase. Con letra preciosista dibuja, más que escribe, en la pizarra: ¿Cuál crees que es el invento o el descubrimiento más importante de la humanidad?

     Enseguida la clase se anima un poco. Con más timidez que desidia, algunos alumnos levantan la mano:

     - La rueda -dice uno.
     - El fuego -comenta otro.

     La rueda, el fuego, la Biblia, el descubrimiento de América, la escritura...  A poco, la discusión va decayendo, algunas respuestas se repiten y los silencios en el aula son cada vez más largos. Al final termina la clase, justo cuando el profesor comenzaba a constatar que su planteamiento se estaba agotando.

     Todos los chavales han participado en la discusión. Todos, menos uno. Es el más joven de todos, y el blanco preferido de sus burlas y crueles bromas. Con gafas y bien vestido, tímido y ligeramente tartamudo, su imagen de sabelotodo no es precisamente un buen pasaporte en aquel ambiente. Su principal preocupación por aquellos días consiste en pasar inadvertido, ser imperceptible. No habló, pero tenía su respuesta. Y esta respuesta la encontrarían los hombres en uno de los últimos libros que publicaría en su vida:

*EL PRINCIPIO.


Dos griegos están conversando: Sócrates acaso y Parménides. Conviene que no sepamos nunca sus nombres; la historia, así, erá más misteriosa y tranquila.

El tema del diálogo es abstracto. Aluden a veces a mitos, de los que ambos descreen.

Las razones que alegan pueden abundar en falacias y no dan con un fin. No polemizan. Y no quieren persuadir ni ser persuadidos, no piensan en ganar o en perder.

Están de acuerdo en una sola cosa; saben que la discusión es el no imposible camino para llegar a una verdad.

Libres del mito y de la metáfora, piensan o tratan de pensar. No sabremos nunca sus nombres.

Esta conversación de dos desconocidos en un lugar de Grecia es el hecho capital de la Historia.

Han olvidado la plegaria y la magia.
 J. L. Borges.


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