... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

23 de junio de 2012

El florido pensil y Vicentito González.




     Esta semana he tenido ocasión de acudir a una concentración en defensa de la escuela pública y contra los recortes en educación. Lamento decir que me defraudó un poco la escasa afluencia, pues dada la gravedad y la seriedad de la reivindicación que nos movía acudió menos público del que yo ingenuamente esperaba encontrar.

     Yo no soy docente. Fui alumno hace muchos años. Formo parte de la comunidad educativa como padre. Me siento en la obligación de luchar para que no nos impongan unos recortes injustos con el fin de ahorrar unos pocos euros que vengan a paliar los enormes agujeros provocados por personas con nombre y apellidos que van a salir indemnes de la crisis que ellos mismos han creado, y en algunos casos les ha enriquecido.

     Todas las leyes orgánicas de educación que he conocido han sido duramente criticadas por los distintos sectores educativos, todas fueron manifiestamente mejorables y han resultado incompletas, insuficientes. Pero con ellas, o a pesar de ellas, se ha ido avanzando poco a poco. La educación que han recibido mis hijos ha sido mucho mejor que la que yo recibí en su día. Hay que preguntarse si también lo será la que recibirán mis nietos.

     Hemos dejado el gallinero al cuidado de la zorra, y lo más triste es que la hemos dotado de legitimidad con un voto que yo considero irresponsable. La educación pública está en manos de quienes no creen en ella; el sistema de becas, en la de aquellos que no consideran necesario garantizar la igualdad de oportunidades. Desde el Ministerio de (des)Educación se critica una asignatura como fue "Educación para la ciudadanía" y se la acusa de adoctrinamiento, mientras con dinero público se financian escuelas con ideario católico. Es el súmmum del cinismo.



     Pero este blog toma su nombre de aquella buhardilla de París que dibujara Cortázar con una tiza en el suelo, como un juego infantil. En él residen Horacio y su soberbia, que le llevará a la locura; Lucía, La Maga, tan dulce; Gregorovius, su secreto enamorado. El calor de la grapa y el humo de los Galouises son virtuales, pero existen. Por eso no gusta de bajar hasta el grotesco mundo de la política, la más puta de todas las artes, y se prefieren siempre otros temas de discusión menos banales. Es por ello que voy a hacer referencia a dos libros que tienen relación con la educación, y cuya lectura es realmente placentera:



El florido pensil, de Andrés Sopeña Monsalve.

 


Los sábados por la mañana lo pasábamos estupendamente. Es que venía al colegio un sacerdote que nos leía unas historias preciosas que sacaba de un libro que se llamaba "A los niños Pláticas y Ejemplos". Que yo no sabía qué eran las pláticas, pero me enteré enseguida: que era cómo los curas llamaban a los capones; en latín, seguramente.

     Con fino humor e ironía, y muy bien documentado (refiere datos reales de material educativo de la época), Andrés Sopeña pretende desmentir que en el régimen franquista hubiera desinterés por la educación. Para desgracia de las generaciones que tuvieron que padecerlo, el sistema educativo no es que estuviera desatendido o se considerara poco importante, sino todo lo contrario. Se le daba la importancia que tenía y se hacía un enorme esfuerzo para que los alumnos no se convirtieran en futuros ciudadanos críticos.


Escuela y prisiones de Vicentito González, de Juan Eslava Galán.

 



     Igualmente humorístico y crítico, como se caracteriza el estilo de este historiador, conocemos cómo era la vida en los primeros años de franquismo para un colegial. En él aparece una figura a la que tengo obligadamente que hacer mención. Me refiero a aquellos maestros depurados por el régimen que perdieron su trabajo y tuvieron que subsistir dando clase a domicilio, a menudo por vocación y siempre mal pagadas, a niños y niñas a quienes la vida había alejado del colegio. Esta depuración, que llevó a muchos otros al exilio e incluso al paredón, fue administrada por el injustamente insigne José María Pemán, conocido también como "el Poeta Alférez".



    

    De estos dos libros obtendremos, estoy seguro, momentos de placer y de buen humor. Servirán para recordar o conocer nuestro pasado, para juzgarlo y criticarlo, pero fundamentalmente han de servir para valorar nuestro presente. Entenderlo, sobre todo en materia educativa; considerarlo siempre mejorable; cuestionarlo, pero jamás permitir ni consentir un paso atrás.



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