... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

31 de julio de 2012

Descubrimiento y colonización del Nuevo Mundo. Notas.




     He tenido en estos días ocasión de visitar el Puerto de Palos y el Monasterio de la Rábida, lugares ligados permanentemente al Descubrimiento. Y es que la caprichosa Historia marca determinados lugares dándoles fama universal, de manera que al pisar la misma arena y las mismas aguas de donde partieron las naves de Colón, el visitante cree sentirse en cierto modo partícipe con los protagonistas de la epopeya. 

     Efectivamente, de ese mismo lugar, el 3 de agosto de 1492 partió la expedición comandada por Cristóbal  Colón en busca de una ruta occidental hacia las Indias. Habrán de pasar más de cinco siglos para que un español realice una gesta semejante, que coloque a España en su lugar en el mundo: el gol de Iniesta ante Holanda en la final del mundial de Sudáfrica en 2010.

     Menos de un siglo después del primer viaje de Colón se diría que en España no se ponía el Sol. Aunque parezca impensable, hay personas que maliciosamente invierten el aforismo para decir que en España siempre era de noche, alimentando una leyenda negra y malintencionada, sin fundamento y tendenciosa:

     "Ninguna nación del mundo puede presentar una hoja de servicios tan limpia como la que España puede exhibir, referente a la conquista, civilización y evangelización de América. A pesar de ello, nuestros tradicionales e implacables enemigos nos acusan de crueles y de no haber hecho en el Nuevo Mundo nada que merezca la pena ser recordado.
     Tales acusaciones, injustas de todo punto, constituyen la famosa leyenda negra, que ciertos países extranjeros, apoyados por algunos malos españoles, han venido vertiendo sobre España a través de los siglos.
     (...) Pese a la leyenda negra, la obra de España en América está bien patente: sus naciones dan a nuestra Patria el cariñoso nombre de MADRE, y ello constituye la mayor prueba de su agradecimiento.
Enciclopedia Álvarez. Tercer Grado.
Miñón, S.A.. Valladolid, 1966.


     Efectivamente, España llevó al Nuevo Mundo la única y verdadera religión, la Católica. Se evangelizó y educó a los indígenas, salvajes e idólatras hasta entonces. Si en algún momento fueron sometidos a esclavitud o se abusó de ellos, no tardaron en tener su defensor ante Dios y ante el Rey de España: Fray Bartolomé de las Casas, quien viendo estos desaforos, con toda seguridad escasos y esporádicos, pidió a Carlos I que se prohibiera la esclavitud de los indios y fueran importados esclavos negros para sustituirlos en los trabajos más duros. 

     Como prueba de la generosidad y altruismo del pueblo español, llevamos también a América el caballo, sin el cual no hubieran podido rodarse después las películas del oeste, además de un elevado número de enfermedades contras las que el sistema inmunológico de los indios no tenía defensa y que en muchas ocasiones resultaban mortales.

     Pero hay que ser justos y reconocer que no fue el pueblo americano el único en beneficiarse del Descubrimiento, y que nosotros, los españoles, también obtuvimos algo a cambio. De nuevo vendrán voces contrarias al patriotismo español que falazmente nos hablarán del esquilmo de oro y plata. Nada más lejos de la realidad, pues en primer lugar los indígenas no hacían aprecio ni daban valor a los metales preciosos, y en segundo lugar, no contribuyó a llenar ninguna despensa ni a colmar la mesa de ningún español, sino a financiar campañas militares para defender el catolicismo de las distintas herejías en toda Europa, además de enriquecer a corsarios y piratas, fundamentalmente ingleses, y todo ello sin contar los galeones que se tragó el océano Atlántico.

     Entre las cosas que importamos de las Indias Occidentales citaremos el tomate, que vendría a dar color y a cristianizar nuestro salmorejo, hasta entonces blanco y más moro que cristiano; la patata, que salvaría a millones de personas de morir de hambre en Europa a través de los tiempos, y el tabaco, que conseguiría que millones de personas murieran antes de tiempo, como conviene al recto y eficaz gobierno de una república, además de incrementar las arcas públicas obligando a los adictos a pagar impuestos.


 
   En puridad, el intercambio entre ambas civilizaciones fue mucho más allá. Aquellos rudos marineros, acostumbrados a la mujer española que, al menos en apariencia, estaba sujeta por una estricta moral, seguramente pondrían cara de sorpresa al desembarcar y encontrar que los indios, y las indias, iban desnudos como sus madres los trajeran al mundo, y mucho más al comprobar que las mujeres eran especialmente dóciles y no negaban aquello que se les pedía:



     Es dudoso que los conquistadores fueran a América impulsados por el noble ideal de ganar almas para la verdadera fe y tierras para el rey de España. Nos parece más humano que se embarcaran en la aventura atraídos por halagüeñas promesas de ganancias y placer. El que escuchara los relatos de los exploradores no lo pensaría dos veces. Escribe Colón: «Hay muy lindos cuerpos de mujeres (...) van desnudos todos, hombres y mujeres, como sus madres los parieron. Verdad es que las mujeres traen una cosa de algodón solamente tan grande que le cobija su natura y no más y son ellas de muy buen acatamiento, ni muy negras, salvo menos que las canarias»; o Pedro Hernández: «Las indias de costumbre no son escasas de sus personas y tienen por gran afrenta negarlo a nadie que se lo pida y dicen que para qué se lo dieron sino para aquello»; en el relato de Orellana: «las indias son lujuriosísimas»; Gonzalo Fernández de Oviedo: «Son tan estrechas mujeres que con pena de los varones consuman sus apetitos y las que no han parido están casi que parecen vírgenes», ingieren abortivos «para no preñarse para que no pariendo no se les aflojen las tetas, de las cuales mucho se precian y las tienen muy buenas»; o el de López de Gomara, «si el novio es cacique, todos los caciques convidados prueban la novia antes que él; si mercader, los mercaderes y si labrador, el señor o algún sacerdote. Cuando todos la han catado antes de la boda, la novia queda por muy esforzada (...) pero al regusto de las bodas disponen de sus personas como quieren o porque son los maridos sodomíticos».
Si éstos son los textos de autores serios y presumiblemente veraces, hay que imaginarse cómo serían los hiperbólicos embustes que circularon en España sobre la permisividad de las indias y las posibilidades de medro en aquellas tierras empedradas de metales preciosos. O, por decirlo en palabras de Francisco Roldán, natural de Torredonjimeno (Jaén), uno de los que acompañaron a Colón: «Es más grato acariciar cuerpos de indias que no manceras de arado ni empuñaduras de espadas, que para eso están los que se quedaron en Castilla y en Flandes.» Las indígenas, que hasta entonces habían vivido en un estado de relativa inocencia, se sintieron muy halagadas y divertidas por el ímpetu con que aquellos rijosos garañones de piel blanca llegaban de Europa a cebarse en sus morenos cuerpos alardeando de grandes hambres atrasadas. Ellas se les entregaban de buena gana, pero a pesar de ello, como la avaricia rompe el saco, desde el comienzo se suscitaron problemas. La colonia que dejó Colón en su primera expedición desapareció totalmente, probablemente por reyertas sobre el usufructo de las indias, pues, aunque había para todos, algunos intentaron acaparar a las más atractivas para su uso personal y como los otros no aceptaron tamaña arbitrariedad, fatalmente salieron a relucir las navajas.
La intensa actividad genésica de los españoles produjo millones de mulatos, lo que explica el mestizaje que hoy observamos en aquellas tierras. Paraguay fue conocido como «el paraíso de Mahoma» por los lucidos harenes que disfrutaban sus colonos.
En lo tocante al pecado nefando, los conquistadores se mostraron menos transigentes. «Hemos sabido —informa Hernán Cortés— que todos son de cierto sodomitas y usan del abominable pecado.» Las prácticas sodomíticas estaban muy arraigadas en las antiguas culturas americanas, así como la felación, la poligamia y todas las demás licencias corporales que constituían pecado en la puritana Europa judeocristiana. La autoridad arremetió contra los homosexuales con mayor rigor si cabe que en España. En las crónicas abundan espeluznantes descripciones. Los mochicas fueron exterminados «gracias a los exemplares escarmientos de los cristianísimos capitanes Pacheco y Olmos»; Vasco Núñez de Balboa «aperreó a cincuenta putos que halló y luego quemólos». Aperrear consiste en azuzar al perro dogo alemán, una fiera entrenada para la guerra.
Historia secreta del sexo en España.
Juan Eslava Galán.



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