... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

8 de julio de 2012

Reseña. La Peste. Albert Camus.



     Orán, 194?.  Una ciudad ciertamente fea, sin árboles y desde la que no se puede ver el mar, según la define el autor. Una epidemia de peste causa estragos en la población. Las autoridades se ven obligadas a cerrar la ciudad y aislar a sus habitantes, que a partir de ese momento emprenderán una lucha por la supervivencia que generará en ellos todo tipo de comportamientos y de sentimientos, de los que seremos testigos. El relato pretende ser objetivo, casi aséptico. Hay un momento incierto, no concreto y seguramente distinto para cada lector, a partir del cual ya no lo consigue o deja de pretenderlo.

     Encontraremos un elemento constante, omnipresente en la historia: el viento. Como la banda sonora de una película, se va modelando a conveniencia: a veces es silencio para poder oir los diálogos de los personajes, a veces es atronador para resaltar alguna emoción. Húmedo o seco, cálido o gélido, huracanado o brisa leve, permanentemente soplando por igual el alma de todos los hombres.

     La elección de la fecha no es casual. En mi opinión, cuando Camus habla de la peste usa un símil, en realidad se refiere a la Segunda Guerra Mundial, recién terminada cuando se escribió esta novela (1947):

    << Negaban tranquilamente, contra toda evidencia, que hubiéramos conocido jamás aquel mundo insensato en el que el asesinato de un hombre era tan cotidiano como el de las moscas, aquel salvajismo bien definido, aquel delirio calculado, aquella esclavitud que llevaba consigo una horrible libertad respecto a todo lo que no era el presente, aquel olor de muerte que embrutecía a los que no mataba. Negaban, en fin, que hubiéramos sido aquel pueblo atontado del cual todos los días se evaporaba una parte en las fauces de un  horno, mientras la otra, cargada con las cadenas de la impotencia, esperaba su turno.>>

     Más todavía, la peste tiene un significado aún más transcendente. Representa "el absurdo", continuamente presente en la filosofía humanista de Camus:  << Había con certeza el bien o el mal. Había, por ejemplo, un mal aparentemente necesario y un mal aparentemente inútil. Don Juan hundido en los infiernos y la muerte de un niño>>. Es algo contra lo que el hombre tiene que levantarse continuamente, sabiendo que volverá a caer de una manera u otra,  que está condenado a la derrota, que es su inevitable destino y es la nada.

     Las autoridades restringen la libertad de los individuos usando la falacia de que lo hacen por su propio bien. Esto es inaceptable para el autor, tanto en lo que respecta a la autoridad moral o religiosa como a la civil o política. Respecto a la primera, se pone en evidencia cómo el cristianismo usa el sentido de culpa para imponer su miedo, ofreciendo el perdón a cambio del remordimiento. Camus nos ofrece un cristianismo bíblico, un Dios cruel que castiga a seres inocentes: 


     << Hermanos míos, habéis caído en desgracia; hermanos míos, lo habéis merecido. ...

.... Desde el principio de toda historia el azote de Dios pone a sus pies a los orgullosos y a los ciegos. Meditad en esto y caed de rodillas. ...

... He aquí por qué, cansado de esperar vuestra venida, (Dios) ha hecho que la plaga os visite como ha visitado a todas las ciudades de pecado desde que los hombres tienen historia.>>

     La autoridad civil también queda en entredicho, especialmente la pena de muerte, asunto capital a lo largo de toda la obra de este autor. Cualquier ejecución es un asesinato, cualquier condena a pena capital convierte en inocente a la víctima, con independencia del pecado o del delito cometido:

     << Naturalmente yo sabía que nosotros también pronunciábamos a veces grandes sentencias. Pero me aseguraban que esas muertes eran necesarias para llegar a un mundo donde no se matase a nadie. Esto era verdad en cierto modo y, después de todo, acaso yo no soy capaz de mantenerme en ese orden de verdades.

... Por eso me he decidido a rechazar, todo lo que, de cerca o de lejos, por buenas o por malas razones, haga morir o justifique que se haga morir. >>


     Es muy criticada, conforme a la teoría del absurdo, la indiferencia del ser humano cuando las circunstancias le superan. Basten algunos ejemplos:

      <<... se atuvieron a no pensar jamás en el término de su esclavitud, a no vivir vueltos hacia el porvenir, a conservar siempre, por decirlo así, los ojos bajos. Naturalmente, esta prudencia, esta astucia con el dolor, que consistía en cerrar la guardia para rehuir el combate, era mal recompensada. Evitaban sin duda ese derrumbamiento tan temido, pero se privaban de olvidar algunos momentos la peste con las imágenes de un venidero encuentro. Y así, encallados a mitad de camino entre esos abismos y esas costumbres, fluctuaban, más bien que vivían, abandonados a recuerdos estériles, durante días sin norte, sombras errantes que sólo hubieran podido tomar fuerzas decidiéndose a arraigar en la tierra su dolor.>>


<<... pero en el fondo lo acogían todo con esa indiferencia distraída que se supone en los combatientes de las grandres guerras, agotados por el esfuerzo, pendientes sólo de no desfallecer en su deber cotidiano, sin esperar ni la  operación decisiva ni el día del armisticio.>>

     Desvanecida la legitimidad de cualquier tipo de autoridad impuesta, excluída la oportunidad de usar la indiferencia como solución al problema de la existencia humana, queda éste, el  hombre, desnudo ante sí mismo y su destino, solo ante la nada, pero libre. La libertad como valor irrenunciable, y la solidaridad entre los hombres como única arma válida para luchar por conseguirla.





     <<- Es posible -respondió el doctor-, pero, sabe usted,  yo me siento más solidario con los vencidos que con los santos. No tengo afición al heroísmo ni a la santidad. Lo que me interesa es ser hombre.>>

     <<...sabía lo que estaba pensando en aquel momento el pobre viejo que lloraba, y también, como él, pensaba que este mundo sin amor es un mundo muerto, y que al fin llega un momento en que se cansa uno de la prisión, del trabajo y del valor, y no exige más que el rostro de un ser y el hechizo de la ternura en el corazón.>>


     Porque la peste, o la guerra, o la indiferencia que conduce a la rendición y a la muerte, en algún momento volverán. Habrá que recomenzar de nuevo la lucha por la supervivencia, contra el totalitarismo de la muerte, que no es otra que la lucha por la libertad. Habrá que aprender de nuevo. Así se nos da a conocer en las terribles últimas palabras del libro:

Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás,  que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.
  
   



     A modo de epílogo, no puedo sustraerme de advertir una invitación que se me ha presentado de nuevo. El azar, en cierto modo, dirige mis lecturas. El siguiente párrafo es de nuevo una invitación para ir hacia Kafka. No es casual que Camus ponga este diálogo en boca de un personaje de extraño comportamiento, uraño y reservado, llamado Cottard, y que terminará, como no puede ser de otra manera, vencido por la locura:


- No es ese mi caso, crea usted, pero estaba leyendo esa novela. Ahí tiene usted a un desgraciado a quien detienen, de pronto, una mañana. Estaban ocupándose de él y él no lo sabía. Estaban hablando de él en los despachos, inscribiendo su nombre en fichas. ¿Cree usted que esto es justo? ¿Cree usted que hay derecho a hacerle eso a un hombre?

















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