... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

18 de agosto de 2012

La hija de la Canela.





"Se puso el sol. Tras el breve crepúsculo vino tranquila y oscura la noche, en cuyo negro seno murieron poco a poco los últimos rumores de la tierra soñolienta, y el viajero siguió adelante en su camino, apresurando su paso a medida que avanzaba la noche."





     Con estas hermosas frases da comienzo Marianela, obra sin duda secundaria dentro de la extensa producción literaria de Benito Pérez Galdós, pero no por ello exenta de valor y de belleza. Es novela breve, de ligera lectura y emotivo argumento. También es una fotografía en la que el fondo, difuminado, merece la atención casi tanto como los protagonistas de la imagen; como un tapiz bordado con hilo grueso, que nos deja entrever, de forma deliberadamente oculta y desenfocada, el universo, la sociedad en que los nítidos protagonistas viven su tragedia.

     En Galdós siempre encontramos un transfondo histórico. El convulso siglo XIX trajo a España, más tarde que pronto, las ideas liberales de la Ilustración, perennemente enfrentadas a las facciosas y reaccionarias, encarnadas fundamentalmente en el movimiento carlista y en el catolicismo de la época.  En el epitafio de la tumba de Marianela data los hechos en 1.86... . No debe ser casual que sea contemporánea de la revolución liberal nominada como "La Gloriosa", o Septembrina, que triunfaba en España con décadas de retraso respecto al resto de países europeos.

     A mi modo de ver, dos son los ejes que dan valor y hacen actual a esta pequeña novela: la necesidad de una verdadera justicia social, y la del acceso a algún grado de formación para toda la población.

"El día en que semejante ser tuviera una idea propia, se cambiaría el orden admirable de todas las cosas por el cual ninguna piedra puede pensar."    ....    "En sus cortos alcances, la Señana no comprendía aquella aspiración diabólica a dejar de ser piedra."

     Efectivamente. Los hombres y mujeres que viven en la novela no son tales. Galdós los dibuja como hombres y mujeres de barro, sin humanidad, resaltando la necesidad de un profundo cambio social, en oposición a la costumbre cristiana de la caridad, que nada trae sino perpetuar la injusticia:

 "Todo eso sólo me prueba las singulares costumbres de una sociedad que no sabe ser caritativa, sino bailando, toreando y jugando a la loteria...Pero tú y tus amigas rara vez os acercáis a un pobre para saber de su misma boca la causa de su miseria..., ni para observar qué clase de miseria le aqueja, pues hay algunas tan extraordinarias que no se alivian con la fácil limosna del ochavo..., ni tampoco con el mendrugo de pan...".
     "Para esto no basta vestir a una persona, ni sentarla delante de una mesa donde haya sopa y carne. Es preciso ofrecerle también aquella limosna que vale más que todos los mendrugos y que todos los trapos imaginables, y es la consideración, la dignidad, el nombre."

     Justicia en lugar de caridad, educación en lugar de ignorancia, que es el pozo donde se cultivan las desigualdades sociales, y que es consentida, cuando no fomentada, por aquellas élites que obtienen provecho de ello:


"... Refiérome al miserable desesperado que reúne a todas las miserias la miseria mayor, que es la ignorancia."
     "... todo le demostraba su semejanza con un canto rodado, el cual ni siquiera tiene forma propia, sino aquella que le dan las aguas que lo arrastran y el puntapié del hombre que lo desprecia."


     Erraríamos grandemente, y con graves consecuencias, si pensáramos en estas ideas como pasadas, si diéramos por superados los logros que propone. A poco que reflexionemos mínimamente, veremos que las mismas reivindicaciones, las mismas necesidades, siguen hoy plenamente en vigor; que todavía debemos pretender que los hombres no sean de barro, y que es necesario, y responsabilidad de cada cual, formarse y cultivarse como persona crítica, aun cuando en ocasiones nos resulte más fácil y más cómodo asemejarnos al canto rodado. Porque si simplemente nos dejamos arrastrar, perderemos nuestra forma y únicamente seremos merecedores de desprecio.


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