... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

17 de octubre de 2012

De fronteras y debates. Trazos.




     "El meu desig és que entre el meu Madrid i la meva Barcelona no hi hagi més que una línia imaginària que és el meridià de Greenwitch"
 "Que las líneas divisorias que haya entre Madrid, mi ciudad natal, y Barcelona, también mi ciudad, no sean más que ese meridiano de Greenwitch, que no es más que una línea imaginaria, que no necesitan pasaportes para cruzarla".

Lorenzo Silva. Premio Planeta 2012.


     Hay que felicitarse. Lo digo sinceramente. Hay que felicitarse porque únicamente muy de vez en cuando se escucha una frase inteligente en un informativo de televisión. Y la dijo recientemente Lorenzo Silva en la ceremonia de entrega del Premio Planeta de Novela 2012, lustrando e ilustrando así a los descerebrados que había entre el público, que por increible que pueda parecer, los había. Aunque no estoy muy seguro que se dieran por aludidos, pendientes como debían estar de satisfacer sus respectivos egos políticos, tarea que se me antoja ardua, inacabable y absurda, como la de Sísifo.

     No creo en la idiosincrasia de los pueblos, no admito que una forma de ser, de sentir o de vivir pueda aplicársele a una comunidad heterogénea como si se tratara de un rasgo genético. Admito que cuando nacemos vivimos junto a una serie de factores dados en función de las costumbres o usos del lugar, que condicionan nuestra forma de ser y de actuar. Es lo que denominamos cultura. Y admito que todos los individuos que en un tiempo determinado viven en un sitio más o menos próximo adquieren esa misma cultura y suelen presentar rasgos de comportamiento o de personalidad comunes. Pero de ahí a determinar un carácter propio de la colectividad hay un discurso que excede, a mi juicio, de la indispensable racionalidad.

     No obstante, hay un rasgo que sí cabría admitir como válido para determinar la existencia de una entidad propia como comunidad: el idioma. Un idioma propio supone un rasgo cultural indiscutible, y el pueblo que lo posea tiene el derecho, y sobre todo la obligación, de usarlo, pulirlo y presentarlo como elemento distintivo y diferenciador, pero nunca excluyente.

     Las fronteras, al igual que los meridianos, son líneas imaginarias trazadas por el hombre. Pero a diferencia de estos últimos, sí tienen influencia en la vida de las personas. Las fronteras, que fijan siempre los vencedores, tienen doble misión: dificultar la entrada del que quiere venir, y entorpecer la salida del que quiere irse. En definitiva, siempre pretenden hacer de mejor derecho a quien tiene la suerte de nacer en un lado u otro de la linea. Si tomamos la suficiente perspectiva para mirar y ver con amplitud, son como caprichosos muros de la vergüenza trazados a lápiz sobre el mapa de la especie humana.

     Probablemente el fenómeno de la globalización y los grandes movimientos migratorios que comenzaron a finales del siglo pasado, que son imparables porque los mueve el hambre, conseguirán diluirlas. Con toda seguridad no desaparecerán completamente, pero se harán más finas y permeables. Es un fenómeno de ósmosis en el que todo el mundo se enriquece y se creará una nueva forma de cultura, más amplia y diversa. Esta nueva cultura necesitará de sociedades más abiertas y tolerantes, que habrán de estar mejor gobernadas y representadas. A mi juicio es un cambio de civilización en toda regla, que por su trascendencia histórica necesitará de bastantes generaciones para completarse. Es posible que nosotros únicamente estemos viviendo el comienzo, pero puede que nuestros descendientes vivan en un mundo menos dividido, que su cultura tenga un carácter más supranacional y, en consecuencia, la figura humana tenga más peso en su escala de valores.

     Existen muchos nacionalismos. Unos afectan a una región determinada, otros al país entero. Todos comparten su carácter excluyente e insolidario. De una u otra manera, pretenden un mayor nivel de derechos para unos seres humanos que para otros. No puedo compartir ninguno. Pero el que más me duele, el que menos puedo entender, es el llamado "nacionalismo de izquierda". Cuando Engels y Marx dan forma al socialismo, lo hacen como una unidad de clase que está por encima de las nacionalidades: "¡Proletarios de todos los países, uníos!". Si los distintos socialismos omiten la premisa de unidad de clase social y hacen distinción entre los trabajadores según su origen, pervierten su carga ideológica y dejan la "izquierda" tan sólo en las siglas de sus partidos políticos. No puedo entender el término "izquierda nacionalista", me resulta contradictorio en sí mismo.

     Es posible que actualmente la sociedad española padezca debates que están sobrevalorados y cargados de tópicos poco razonados y frecuentemente injustos, además de anacrónicos. Es posible que quienes alientan estos debates (que escucharon en directo a Lorenzo Silva) pretendan recuperar el apoyo perdido por su incompetencia recurriendo a conceptos más viscerales. En todo caso alimentar el debate sobre la secesión de España supone una cortina de humo que deriva la indignación hacia otro lado, o eso pretende al menos. Pero la indignación está en la calle, está en los centros de trabajo, en las universidades, en los colegios, y sobre todo está en la mentalidad de los ciudadanos que se sienten estafados, y eso también es imparable, porque la mueve la necesidad de justicia social.  

     Nuestros representantes electos apelan a su condición de tal únicamente cuando se sienten amenazados, precisamente por aquellos a quienes dicen representar. Pero el sentimiento global es que después de una estafa electoral sin precedentes, se ha roto el nexo de representatividad. El hecho es incuestionablemente grave y precisaría de un auténtico debate social. Pero en lugar de ello se alientan viejos fantasmas mientras el Parlamento, sede de la soberanía, se convierte en un búnker. No es una actitud inteligente.





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