... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

13 de octubre de 2012

In Hoc Signo vinces.

    

     Octubre, año 312. Constantino se propone emprender la batalla del Puente Milvio contra Majencio, que representa la tetrarquía que gobierna el Imperio. El día anterior a la batalla tiene una visión: una Cruz en el cielo y una voz en griego que le dice "bajo este signo, vencerás". A partir de ese momento, continúa la leyenda, Constantino incorporaría al escudo de sus soldados y al lábaro de su ejército el  Crismón, o anagrama de Cristo. Lo que nos dice la Historia es que el cristianismo debía estar ya muy inmerso en todas las clases sociales de Roma, desde esclavos hasta patricios, habiéndose convertido incluso la propia madre de Constantino, y que a cambio de su apoyo, éste promulgaría en el año 313, junto a Licinio, en representación del Imperio Oriental, el Edicto de Milán, que establecía la libertad de religión en el mundo romano y que vendría a completar el Edicto de Tolerancia de Nicomedia, del año 311. Apenas 70 años después, en el año 380, Teodosio I el Grande haría del cristianismo niceno la religión oficial del Imperio mediante la promulgación del Edicto de Tesalónica.

     En 390, Ambrosio de Milán se atrevió a excomulgar al emperador tras la Masacre de Tesalónica y, tras varios meses de penitencia, obligarle a postrarse ante él vestido únicamente con una túnica, desprovisto de cualquier símbolo de poder. Fue la más perfecta escenificación del hecho incuestionable de que la Iglesia se había situado ya por entonces por encima de los Estados, arrogándose el derecho a intervenir directamente en cuestiones de índole estrictamente político. Como ejemplo, tres años más tarde conseguiría que el propio Teodosio I  prohibiera los juegos olímpicos, que consideraba de carácter pagano.

     Aquella religión mistérica proveniente de judea que divinizaba a un condenado a muerte de cruz y cuyos seguidores habían sido perseguidos y martirizados cuando se negaron a acatar el carácter divino del Emperador, había conseguido doblegar a la mismísima Roma. Aquella religión había creado una estructura tan firme que sobreviviría a la caída del Imperio hasta nuestros días, manteniendo en todas las épocas históricas relaciones de dependencia mutua y de dominio con todas las civilizaciones y sociedades en las que consiguiera introducirse. Pero todo ello con una perversión del mensaje: tomando al pie de la letra la frase evangélica "no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha", se daba que mientras una mano proclamaba la igualdad de todos los hombres, la otra instaba a la resignación ante las injusticias sociales; mientras una mano exaltaba la pobreza y la humildad, la otra atesoraba riquezas con avaricia incuestionable; mientras se hablaba del Reino de los Cielos, se buscaba el poder absoluto en el terrenal. La víctima se había transformado en victimario, y tardaría muy poco en demostrarlo.

     Originario de la provincia romana de Gallaecia, Prisciliano se sintió tan imbuído en el cristianismo primitivo que fundó una especie de comuna ascética. En la Iglesia romana no había todavía tradición monástica, y la de Prisciliano parece estar inspirada en costumbres precristianas de origen celta. Sería tras la caída del Imperio Romano, en plena Hispania visigoda, cuando provenientes del norte de África llegaran las primeras comunidades de monjes. Además de estas costumbres no puramente acordes con la doctrina nicena, Prisciliano organizaba lecturas de textos sagrados a las que acudían mujeres, condenaba la esclavitud y censuraba la opulencia en que vivían los obispos. Fue detenido en Trévelis en el año 392, torturado hasta confesarse reo de herejía y brujo, y decapitado junto a otros seis seguidores suyos. La segunda víctima de la intolerancia católica fue cruelmente asesinada y descuartizada en  Alejandría, a manos de una furiosa turba soliviantada por el obispo Cirilo. Se trataba de Hipatia, una mujer erudita y muy crítica con los excesos impositivos del cristianismo.

     Pero volvamos a Prisciliano. De nuevo la leyenda viene a nuestro encuentro y nos dice que después de ejecutado, sus seguidores llevaron ocultamente su cuerpo hasta su Gallaecia natal y lo enterraron en secreto. De esta manera, hay quien opina que el cuerpo encontrado en Iria Flavia no sería el del apóstol Santiago, sino el del mismísimo Prisciliano, por lo que durante siglos la cristiandad entera podría haber estado adorando y  peregrinando a la tumba del primer hereje condenado y ejecutado por la Iglesia Católica. Curioso, al menos. No creo que la Iglesia se atreva a datar los restos óseos que descansan en la Catedral de Santiago, máxime después de lo que ocurrió en 1988 con la investigación sobre la Sábana Santa.

     Ya a finales del siglo VII el X Concilio de Toledo (656) se vio obligado a intervenir para poner remedio a la situación planteada por el abad-obispo de Dumia (hoy Portugal) Ricimiro, quien dispuso en su testamento que las recaudaciones de los tributos y el precio de los frutos fuera entregado anualmente a los pobres, a los que dio igualmente cuanto él había conseguido durante su ministerio y lo que había hallado en la Iglesia en el momento de ser nombrado para el cargo. Por último, Ricimiro vendió algunos bienes a precios ruinosos y liberó a más de quinientos esclavos entre los que se contaban algunos pertenecientes, por herencia, al propio Ricimiro, aunque la mayoría eran propiedad de la Iglesia.

     Atendiendo a que los pobres no estaban aquejados de graves necesidades y a que el obispo Ricimiro no había dado nada en compensación por su liberalidades, los padres conciliares declararon nulo, en parte, el testamento y dispusieron que los frutos y las rentas dejados a los pobres pasarían a poder de la iglesia de Dumio hasta que ésta se hubiera resarcido de las pérdidas ocasionadas por las donaciones y las ventas ruinosas; y sólo después podrían dedicarse a remediar las necesidades de los pobres. En cuanto a la suerte de los libertos y de los bienes que habían recibido, el concilio la dejó a la discreción de Fructuoso, sucesor de Ricimiro al frente de la iglesia de Dumio. 

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     Traigo a este Club de la Serpiente estos datos históricos, reconozco que intencionadamente seleccionados, con la idea de reflexionar sobre la justificación racional de los movimientos laicistas, tan injustamente calificados de intolerantes por quienes ven en ellos un peligro para el mantenimiento de su estatus social y económico, pues en el fondo conocen que su posición de dominio descansa sobre el vacío, la superstición y la ignorancia. He obviado por conocidos datos más recientes históricamente, como pudiera ser el catolicismo imperial español, la Santa Inquisición o el propiamente denominado nacional-catolicismo. He preferido centrarme en hechos correspondientes a los primeros siglos de vida de la Iglesia Católica, porque considero que están en algún modo falsamente mitificados en el conocimiento histórico colectivo. Hoy en día, consolidadas las democracias occidentales y la idea de soberanía popular, en la que el poder ya no reside en la figura de un emperador, de un rey o de un dictador, sino en el pueblo, en la masa social, es inviable que ninguna religión pretenda siquiera condicionar decisiones de carácter legislativo, político o civil de parlamentos elegidos libremente. Se hace preciso, indispensable, restringir la religión al ámbito estrictamente personal. A ningún pueblo, a ninguna sociedad ni estamento se les puede atribuir creencias de ningún tipo. Quienes practican (o no), quienes creen (o no), no son los pueblos, sino los individuos que los forman, de forma íntima y personal. Por eso, cuando un alcalde de cualquier ciudad, en su condición de tal, acude a un acto religioso (por más "oficialidad" de la que se quiera revestir), está adoptando la misma postura que el emperador Teodosio ante San Ambrosio, pero con una diferencia notable: el poder que somete a la jerarquía eclesiástica no lo ostenta él, únicamente lo ejerce en representación y no le es lícito postrarse en su nombre ante ninguna creencia religiosa.

     Y es que quizá habría que reflexionar junto a San Agustín, quien decía que Dios era más íntimo a cada cual que incluso el propio yo. Si de verdad se intentara restringir a Dios (o a la ausencia de Dios) al ámbito de la intimidad personal, seguramente viviríamos una sociedad más justa y tolerante, con menos fantasmas púrpuras vigilantes de la moral, centinelas de alcobas ajenas desde sus célibes tronos, sin sus negros lacayos tejedores de sutiles telas de araña en instituciones sociales básicas como la familia o la escuela, o sin sus mercaderes convenientemente infiltrados en los resortes económicos de la sociedad.





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