... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

22 de octubre de 2012

Reseña. El temblor del héroe. Álvaro Pombo.






"   ... filosofar es un ejercicio de dejación de la vida personal, un desahucio del  yo individual que conduce, con suerte, al borde de la conciencia transindividual, a la clarividencia y al sosiego."






       Me es forzoso reconocer que este ha sido mi primer acercamiento a Álvaro Pombo, personaje sin duda singular que hasta ahora conocía más por su actividad política y por su imagen televisiva que por su faceta literaria. Y ha sido sin duda una experiencia sorprendente y satisfactoria, que deberá tener continuidad puesto que es mi intención futura entrar más a fondo en su obra.

      Lo primero que sorprende es su prosa culta, erudita, profunda y de gran calado, con frecuentes citas de carácter filosófico que ahondan en el sentido de la existencia, en las emociones y en las causas del comportamiento de los personajes. Pombo sitúa al lector en cada momento en el lugar en que debe estar.

     Argumentalmente la obra no es compleja, de hecho la trama resulta incluso mundana, convencional. Román, un profesor universitario jubilado, es el protagonista intelectual. Los demás personajes, con su peso propio cada uno, orbitan en su derredor. Presenta, además, un personaje desestabilizador, transversal a las relaciones entre los otros, como un extraño asteroide que viniera a perturbar las órbitas marcadas por la aceptada normalidad. Un taimado charlatán que fácilmente puede confundirse con un conversador culto llamado Bernardo y que, como diría Joaquín Sabina, sería "un experto en el difícil arte de no mojarse bajo un chaparrón". 


     No en vano Bernardo es patinador. Y es que el autor cita en varias ocasiones en esta novela la ambigua frase de Sartre "deslizaos, mortales, no os apoyéis", en clara referencia a estos personajes que pasan la vida como patinando, esquivando obstáculos, sin ahondar nunca el surco que marca su camino, pero influyendo en los caminos que esforzadamente siguen los demás.  

     Para Pombo la pureza no existe, o al menos es inalcanzable, es algo que se nos derretiría entre las manos en el instante justamente previo a llegar a tocarla, como un copo de nieve: "lo peculiar de la pureza estriba en que no puede ser pretendida ni realizada. Se la puede perder cuando se la tiene, pero no ganar cuando no se la tiene. Es un estado originario del carácter anterior al conflicto, anterior a la vida propiamente dicha, anterior a la experiencia y a la culpa." Si volvemos a Sartre, podremos decir que únicamente un ser es puro cuando todavía no es, cuando únicamente es existencia, sin llegar a ser nada, sin la posterior esencia aún (la existencia precede a la esencia). De esa falta de pureza sustancial al ser humano nacen la culpa y el arrepentimiento, en un sentido plenamente teosófico y sustancial, una dualidad inseparable como forma exclusiva de alcanzar algo parecido a la felicidad.  

     El amor tampoco existe, el amor simplemente es. No se encuentra, se busca y se pelea y se aprende, pero tampoco es ajeno al mercantilismo social del intelecto: "La gente cree que el gran acontecimiento, el acontecimiento de dos personas que se conocen y se gustan llega cuando se acuestan. La gente cree eso porque enfocan las relaciones como artículos de consumo. Una relación se adquiere mediante el trato y se consuma, por lo menos a ciertas edades, en el amor. Pero las cosas no son así. El interés aparece tan pronto como en una relación aparece lo irreversible; aquello que una vez efectuado no puede desefectuarse, aquello que una vez comprado no puede descambiarse. Lo que no se puede abortar sin peligro de muerte." 



      Pienso que la novela de Pombo merece una segunda lectura transcurrido un tiempo prudente. Su profundidad requiere mayor sosiego y reflexión. No es obra para deslizarse sobre ella, al contrario. Solicita sin duda acometerla con la suficiente calma como para apoyarse en sus párrafos y descansar entre ellos de la banalidad de la vida cotidiana. Los personajes que la sustancian no son del todo transparentes. El lector accede a sus palabras, a sus pensamientos, incluso a su lenguaje no verbal, pero como si fueran esencia de la realidad, mantienen oculta una parte de sí mismos, inaccesible al voyeur que los lee tanto como al resto de personajes, quizá al mismo autor incluso.

     Es, en cierto sentido, la imagen del esfuerzo por mantener roto el nexo con la soledad y la justificación de la propia senda existencial de cada uno, una lucha para que en esa titánica y cotidiana tarea no se filtren el engaño, la mentira y la fatuidad. Y tal como se desarrolla la novela, puede que el esfuerzo resulte vacuo e inútil. 

     Habrá que reflexionar sobre esto.  Serenamente. 

     

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