... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

4 de noviembre de 2012

Tarde de lluvia.



     Las tardes de lluvia los libros descansan, no pasean, no interrogan las calles de la ciudad. Las luces de los coches eclipsan el brillo en la mirada de los lectores. En las tardes de lluvia es fácil encontrarlos, huérfanos y desorientados, en los cafés. Vagan desesperados, tristes y meditabundos, sin saberlo. Hacen que la lluvia caiga más despacio. Convierten cualquier tarde en preludio de la normalidad, en víspera de entresemana. Son faltos de la luz de las páginas, del brillo de las palabras, del cielo raso y azul de la razón.

     A escondidas, el adicto a la letra impresa roba el último rayo de claridad a la tarde y, bajo la ventana, se atreve a abrir al azar alguno de los libros que aparentemente descansan en cualquier estantería, porque no tienen paraquas bajo el que pasear la lluviosa tarde de domingo. 

      Seguramente ignora en qué desconocido y profundo mundo se está introduciendo, hasta dónde y hasta quién le puede llevar una decisión provocada por la melancolía de la lluvia. Probablemente también ignore cuán afortunado es en ese momento.


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