... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

27 de diciembre de 2012

Rulfo. El escritor desprolífico.


     "Las nubes de la noche durmieron sobre el pueblo buscando el calor de la gente. Ahora está por salir el sol y la niebla se levanta despacio, enrollando su sábana, dejando hebras blancas encima de los tejados. Un vapor gris, apenas visible, sube de los árboles y de la tierra mojada atraído por las nubes; pero se desvanece enseguida. Y detrás de él aparece el  humo negro de las cocinas, oloroso a encino quemado, cubriendo el cielo de cenizas."





     A menudo un escritor no es más que un hábil contador de historias, un narrador capaz de crear argumentos y personajes, fantásticos o reales, con el objeto de transmitir aquello que quiere decir, lo que su alma desea gritar y no sabe hacer de otra manera.  Se me antoja que escribir debe ser tarea ardua, dolorosa incluso, extenuante. Pero en ocasiones el escritor, transfigurado en una especie de dios, crea mundos, universos propios y determinados. Es entonces cuando se produce un choque entre la obra y el lector, un enfrentamiento que expulsa a este último de su actitud pasiva y le obliga, al percibir las diferencias y similitudes entre el universo creado y el real, a dirigir una mirada crítica y analítica hacia su propia realidad. Es en estas ocasiones cuando la lectura más enriquece, cuando se hace más preciada y necesaria, cuando se justifica la literatura como imprescindible. 

     La producción literaria de Rulfo, prácticamente, se limita a dos pequeños libros: El Llano en Llamas (1953) y Pedro Páramo (1955). Toda la obra de un hombre condensada apenas en doscientas páginas. De Pedro Páramo escribiría Gabriel García Márquez, rememorando el día que lo leyó: "Nunca, desde la noche tremenda en que leí la Metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes en Bogotá -casi diez años atrás- había sufrido una conmoción semejante". De ambos libros, yo personalmente recomiendo leer en primer lugar El Llano en Llamas. Se trata de una colección de 17 pequeños cuentos en los que se va configurando ese universo particular del escritor, quizá uno de los primeros y más característicos del llamado realismo mágico:

     "Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Este es uno de esos pueblos, Susana."

     "Y es que allá el tiempo es muy largo. Nadie lleva las cuentas de las horas ni a nadie le preocupa cómo van amontonándose los años. Los días comienzan y se acaban. Luego viene la noche. Solamente el día y la noche hasta el día de la muerte, que para ellos es una esperanza."


     La realidad es únicamente un punto de partida, que poco a poco se irá desvaneciendo hasta hacerse innecesaria. El crimen, la violación, el incesto, el hambre, la muerte..., forman parte de un mundo, de una situación desesperada y sin salida en la que los personajes se ven envueltos inevitable e irremediablemente. Personajes que no siempre están vivos, a los que oímos cuando no hablan: "Porque las palabras que había oído hasta entonces, hasta entonces no lo supe, no tenían ningún sonido, no sonaban; se sentían, pero sin sonido, como las que se oyen durante los sueños".

     La prosa de Juan Rulfo es sencilla, a veces casi coloquial, pero no por ello está exenta de belleza y de sensualidad, tanto como de fuerza: 

     "¡Señor,  tú no existes! Te pedí tu protección para él. Que me lo cuidaras. Esto te pedí. Pero tú te ocupas nada más de las almas. Y lo que yo quiero de él es su cuerpo. Desnudo y caliente de amor; hirviendo de deseos; estrujando el temblor de mis senos y de mis brazos. Mi cuerpo transparente suspendido del suyo. Mi cuerpo liviano sostenido y suelto a sus fuerzas. ¿Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Que haré de mis doloridos labios?"


     Con Pedro Páramo el nexo narrativo se separa de la realidad, sorprendiendo al lector. Los personajes pasan a ser secundarios, el argumento se convierte en intrascendente, prescindible incluso, y en él únicamente toma valor el ambiente creado, los pies descalzos sobre la dura tierra destazada por el sol, el viento que destroza las mentes y permite oir el grito del silencio cuando cesa, las palabras de vivos o muertos que perviven untadas en las paredes de viejas casas de techos destartalados. El sueño y la locura. Comala:

     "Todas las madrugadas el pueblo tiembla con el paso de las carretas. Llegan de todas partes, copeteadas de salitre, de mazorcas, de  yerba de pará. Rechinan sus ruedas haciendo vibrar las ventanas, despertando a la gente. Es la misma hora en que se abren los hornos y huele a pan recién horneado. Y de pronto puede tronar el cielo. Caer la lluvia. Puede venir la primavera. Allá te acostumbrarás a los "derrepentes", mi hijo."

     Con esta descripción de la ciudad, de un tiempo que ya no existe, que quizá nunca existió, la madre de Juan Preciado lo envía a Comala a buscar a su padre, Pedro Páramo. Pero Comala es una ciudad muerta, yerma, estéril, donde sólo vagan los muertos y en la que no paran ni el viento ni la lluvia, donde no pasa nada. Quizá génesis de Macondo, la Comala que encuentra el lector es una ciudad en ruinas, abandonada por decisión de un cacique, Pedro Páramo, cuyo poder alcanza incluso a la destrucción de los pueblos. Habitada por fantasmas y sueños, muertos a quienes se les negó el perdón al morir que penan por el recuerdo y por la memoria de nadie, Comala es puro calor sin aire: "Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija."


     Y entre tanto, la desolación:

   

     "Este mundo, que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndonos en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre. ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué se nos ha podrido el alma?"





      Y entre tanto, la magia:

     "El primero fue el que me hizo soñar que había tenido un hijo. Y mientras viví, nunca dejé de creer que fuera cierto; porque lo sentí en mis brazos, tiernito, lleno de boca y de ojos y de manos; durante mucho tiempo conservé en mis dedos la impresión de sus ojos dormidos y el palpitar de su corazón. ¿Cómo no iba a pensar que aquello fuera verdad? Lo llevaba conmigo a dondequiera que iba, envuelto en mi rebozo, y de pronto lo perdí. En el cielo me dijeron que se habían equivocado conmigo. Que me habían dado un corazón de madre, pero un seno de una cualquiera."

No hay comentarios:

Publicar un comentario