... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

29 de febrero de 2012

Reseña. Las aventuras de un libro vagabundo. Paul Desalmand.


 
   

       Traigo hoy a capilla un regalo que me fue hecho no recuerdo por qué, aunque si por quién, que es lo que verdaderamente importa. Siempre he pensado que un libro es un regalo de valor incalculable, un don, como los que otorgan las hadas de los cuentos al nacer los príncipes y princesas, pero también un libro puede, y debe, ser impredecible. A priori, no sabemos qué nos va a dar, o qué vamos a poder o saber tomar de él, si suerte, si felicidad, si amor, si cordura, o si todo lo contrario.

     Las aventuras de un libro vagabundo es un relato enternecedor, preciosista y culto, en el que en primera persona su protagonista, un libro, nos relata su historia, desde que es confeccionado pasando por diversas librerías, varios lectores y escapando, a veces por pura suerte, de la incineración o de la destrucción para reciclaje. Los libros toman vida, adquieren sentimientos, juzgan a sus lectores, y entre ellos conversan de noche en los estantes de las librerías.

     De los diversos lectores que se van sucediendo, el favorito es una lectora, la muñequita: 

   

  "Ya es hora de que sacie vuestra curiosidad por saber cómo se impregnaron mis páginas de crema Ambre Solaire. Muy sencillo. La muñequita se fue de viaje a Grecia para hacer nudismo y broncearse de cuerpo entero. Todos los días me colocaba sobre su sexo para evitar las miradas indiscretas. A veces, cuando estaba bocabajo, me ponía sobre sus nalgas, pero no me complacía tanto."

  

       En definitiva, es una lectura ligera, fabulada, pero para aquellos que amamos los libros, es un puro placer. Por cierto, gracias a él descubrí al leerlo que, contrariamente a lo que pensaba, no soy el único excéntrico que cuando tiene un libro en las manos lo primero que hace es abrirlo por la mitad y olerlo intensamente, con placer, metiendo la nariz hasta el fondo, como una sensual y sagrada comunión entre autor, lector y obra.

26 de febrero de 2012

Pulvis es et in pulverum reverteris.






     Esta semana los católicos han celebrado su "miércoles de ceniza", día que da inicio a un período de sacrificio, ayunos, abstinencias varias y preparación espiritual para la llegada de la semana en que se conmemora la pasión y crucifixión de Jesús de Nazaret (los católicos de verdad, los que creen en Dios, celebran también la Resurrección).

    Recuerdo sin nostalgia y con ninguna añoranza estos días tan señalados cuando siendo niño, en la década de los setenta del pasado siglo, se presentaba un cura en el colegio con disposición sumarísima a mancharnos la frente de ceniza, pronunciando la tremenda sentencia: "Polvo eres, y en polvo te convertirás", y con la previa advertencia espeluznante por parte de la profesora de religión, que iluminaba nuestra infantil imaginación con la certeza de la muerte y los insufribles tormentos que sufriríamos por toda la eternidad si ésta nos llegaba de noche y no encontraba nuestra alma limpia e inmaculada. Terrible y sibilina referencia al pecado del onanismo, del que todos seríamos víctimas pocos años después.




 
   Y es que en este país no habíamos pasado todavía del Concilio de Trento, se ignoraba  de forma consciente (¿desobediencia?) el Concilio Vaticano II, igual que se ignoraban las libertades de los paises democráticos, y muchas otras cosas más. Vivíamos en una moral de sacristía, que olía a alcanfor y a polvos de talco. Tenebrismo, tenebrismo rancio en el que se regodeaban curas y beatas bien alimentados y con la conciencia tranquila, sabedores de que pertenecían a una especie superior, más digna, a la que su dios se había dignado a indicarles el camino justo y los poderes políticos a garantizarles su disfrute.



    Pero hubo más profesores. Gracias a ellos conocí la Teología de la Liberación. Dice Woody Allen que "inteligencia militar" es un término contradictorio en sí mismo. Teología y Libertad me parecen también incompatibles, pero aún así es un concepto que me interesó muchísimo en su día. También le interesó al Vaticano, que llegó a demonizarla, fundamentalmente por sus tendencias socialistas-marxistas. Existe un libro, recomendado por ese otro profesor a que hago mención, don Jesús Arpón, que se llama "La Cruz Invertida", de Marcos Aguinis (Premio Planeta 1970), y cuya lectura recomiendo desde este blog. Transcribo un párrafo a continuación:

"La cruz es el símbolo de la represión. Con ella impidió Roma que se liberaran sus esclavos. En la cruz fueron colgados millares de hombres, dando su vida por los otros y a ella eligió el Hijo de Dios para señalar con máxima evidencia su abierta complicidad con los oprimidos. Jesús crucificado es un reto a los explotadores y una acusación contra sus bestiales métodos de dominio. La cruz de tu sueño, trabada a  una bota en el fango de oro, no era una cruz; durante siglos los reyes y señores aprovecharon una ilusión óptica. Fíjate bien: esa cruz, en realidad, era una espada sostenida por el extremo de su hoja."


     Por suerte con el tiempo tuve otros conceptos de la religión católica, menos lúgubres. Y aún después, con más suerte todavía, y gracias a otro profesor (por cierto sacerdote), llegué a la Filosofía. Llegaron el Mitos y el Logos, llegaron Tomás de Aquino, Descartes, Kant, Hegel, Nietzche, llegó primero la duda, luego la incertumbre, después el descreimiento.

     Lo de la cruz lo tenemos claro todos, o casi todos. Lo que hay que pensar, para salir de ahí, es en la bota  y en el fango de oro, que es donde se clava la espada, y no la cruz. No es mala reflexión para la cuaresma.




19 de febrero de 2012

Reseña. Rayuela. Julio Cortázar. ( II )

- No, viejo, eso se hace más bien del otro lado del mar, que no conocés. Hace rato que no me acuesto con las palabras. Las sigo usando, como vos y como todos, pero las cepillo muchísimo antes de ponérmelas.

... Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impulso. Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada. Y no lo sabe, igualita a la golondrina. No necesita saber como yo, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la retenga. 

    Conforme avanzo en el libro, me convenzo más a cada página, casi a cada palabra, de que Cortázar únicamente podría haber sido argentino. Solo un argentino es capaz de hacerte un capítulo de una novela con una nota de sociedad de un periódico, y al siguiente disertarte de filosofía, y dos más allá mostrarte en apenas dos páginas la desolación, o la soledad, o la locura, o el amor... En definitiva, hacerte una novela que puedes leer en el orden que quieras, porque no es tal, es un todo en el que si entras te ves obligado a bucear o a abandonar. De no haber sido argentino, se hubiera roto, quebrado. Te podés quebrar para afuera. Entonces te conviertes en un inadaptado social, una mierda tirada en mitad de la calle, que todo el mundo evita pisar y nadie quiere limpiar. Pero también te podés romper para dentro. Entonces sos un paranoico, o un esquizofrénico. En realidad sos la misma mierda, pero estás encerrado en un sanatorio.

   Imagino un croupier que antes de nacer nos reparte a cada uno una carta, que determina en qué lugar vamos a venir al mundo. De qué leche vamos a mamar, en qué calles nos vamos a herir las rodillas, a pasar miedo, a enamorarnos. Esa primera es la única carta que nos viene dada. El resto las vamos pidiendo nosotros, tentamos la suerte como en el juego de las siete y media. Podemos pedir carta cuando queramos, plantarnos en cualquier momento o seguir arriesgándonos, sabiendo que si te pasas se acabó el juego. Y sabiendo, también, que la última mano siempre la gana la banca. Cada jugador cumple indefectiblemente una regla: siempre oculta a los demás una de sus cartas, cuyo valor solo él conoce.




... La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí al alcance del salto que no damos.
   La vida, un ballet sobre un tema histórico, una historia sobre un hecho vivido, un hecho vivido sobre un hecho real.
   La vida, fotografía del número, posesión en las tinieblas (¿mujer, monstruo?), la vida, proxeneta de la muerte, espléndida baraja, tarot de claves olvidadas que unas manos gotosas rebajan a un triste solitario.
.......
 Nos hace falta un Novum Organum de verdad, hay que abrir de par en par las ventanas y tirar todo a la calle, pero sobre todo hay que tirar también la ventana, y nosotros con ella. Es la muerte, o salir volando.




    Pienso que ciertamente es necesario tirar también la ventana. Hay quien se enriquece con lo que la gente, para poder sobrevivir, tira por la ventana. Habrá que tirar también la ventana, y saltar nosotros. Volar o morir, cambiarlo todo.

¿Cómo?

 No lo sé.


    

17 de febrero de 2012

Lilith, la primera mujer.




Génesis 1, 27: Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó.

Génesis 2, 21-23: Entonces el Señor Dios hizo caer sobre el hombre un sueño profundo, y mientras dormía le quitó una de sus costillas, poniendo carne en su lugar. De la costilla tomada del hombre, el Señor Dios formó a la mujer y se la presentó al hombre, el cual exclamó: "Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada hembra porque ha sido tomada del hombre".





     Existe una contradicción entre estos versículos. ¿Dios creó al hombre y a la mujer al mismo tiempo, iguales, a su imagen y semejanza? ¿O creó primero al hombre y posteriormente, de una costilla suya, se sacó a la mujer? Hay una hermosa teoría en la tradición hebrea, de origen mesopotámico, que nos cuenta que hubo una mujer anterior a Eva. Su nombre es Lilith.

     Esa tradición talmúdica nos dice que, efectivamente, Dios creó conjuntamente al hombre y a la mujer, iguales: Adán y Lilith. Lilith, quejosa de tener que adoptar la posición inferior cuando hacían el amor, discutió con Adán y abandonó el Paraíso. Fue entonces después cuando se crea la nueva mujer, procedente de la costilla del hombre, más sumisa y acorde con la tradición cultural judeocristiana. Aún así, esta nueva mujer, Eva, es la que llevaría a Adán a "pecar", quien lo tentaría a comer el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, y provocaría la expulsión del Edén. Se piensa que la serpiente que, a su vez, tentó a Eva, fue la misma Lilith.

     Varias cuestiones misóginas. Además de la obvia de crear a la mujer "a partir del hombre", ésta asume la culpa del pecado original que arrastrará la humanidad al nacer hasta el fin de los siglos; el castigo divino es diferente para uno y otro sexo: el hombre es condenado a ganarse el pan con el sudor de su frente, en cambio la condena para la mujer consiste en que  parirá con dolor a sus hijos.

     Volvamos a Lilith. La leyenda la sitúa en las orillas del Mar Rojo, donde adquiere su forma diabólica. Se convierte en una devoradora de niños, en una adoradora del semen masculino, concupiscente del propio Ángel Caído. En realidad se intenta destruir la imagen de mujer independiente, en todos los sentidos, incluso en el sexual, que pone en peligro el státus masculinizador de las sociedades occidentales. Y es aquí donde adquiere la fama que la ha traído hasta nuestros días. Paradigma de la Femme Fatale, la encontramos en su papel de seductora peligrosa, de vampiresa, de prostituta, pero también de mujer libre, independiente, sin prejuicios, que incluso en ocasiones ha sido postulada por movimientos feministas como su modelo de mujer. Olvidada en la historia, borrada del libro sagrado; pero aún las madres cuelgan escapularios en las cunas de los niños recién nacidos, para protegerlos de ella, sin saberlo.

     Yo quisiera, aparte de ese toque malvado y peligroso, y por tanto seductor, destacar un valor de Lilith: su independencia. Independencia no únicamente del hombre, sino del mismísimo Dios Creador; Lilith es insobornable, por mucho paraíso que tenga a su disposición lo abandona sin dudar, exige igualdad con el hombre en todos los sentidos. Quizá por ello su nombre únicamente se menciona una vez en la Biblia, y en una cita no muy amable precisamente:

Isaías, 34, 14: Gatos salvajes y hienas se darán allí cita, y los sátiros se reunirán; también allí se tumbará Lilit, y encontrará su lugar de reposo.

    
     
     Concluyo: particularmente yo me quedo con Nietzche:

 "El hombre, en su orgullo, creó a Dios a su imagen y semejanza." 







13 de febrero de 2012

Reseña. Rayuela. Julio Cortázar. ( I )

  



    En uno de sus libros Morelli habla del napolitano que se pasó años sentado a la puerta de su casa mirando un tornillo en el suelo. Por la noche lo juntaba y lo ponía debajo del colchón. El tornillo fue primero risa, tomada de pelo, irritación comunal, junta de vecinos, signo de violación de los deberes cívicos, finalmente encogimiento de hombros, la paz, el tornillo fue la paz, nadie podía pasar por la calle sin mirar de reojo el tornillo y sentir que era la paz. El tipo murió de un síncope, y el tornillo desapareció apenas acudieron los vecinos. Uno de ellos lo guarda, quizá lo saca en secreto y lo mira, vuelve a guardarlo y se va a la fábrica sintiendo algo que no comprende, una oscura reprobación.


 



     Tambien hay ríos metafísicos. Ríos en los que cualquier suicida puede tirarse desde un puente cualquiera. A veces, en la noche, en el primer desvelo de la madrugada, nos regresa a la consciencia el rumor de sus aguas, dejándonos en ese duermevela que teme a la hora fatídica del radio-despertador. Es preciso ser prudente en estas aguas gélidas, en el río existen corrientes peligrosas que te arrastran y de las que es difícil salir. Por eso sólo hay que nadar un poco, siempre cercano a la orilla, donde se tenga la seguridad de hacer pie y poder regresar con facilidad al calor de la almohada, que es como la tierra firme. Basta con refrescarse brevemente, el buceo lo dejamos para los expertos.




   

     Morelli me da un concepto hasta ahora por mí desconocido, al menos innominado hasta este momento. Habla del lector-hembra, en el sentido de pasividad, el que se deja llevar por el narrador buscando únicamente el disfrute, sin cuestionarse y, sobre todo, sin participar en la construcción de la obra. Confieso que he pecado. 

     Muy atractivo el sustantivo, sobre el que sin más remedio tendré que reflexionar en cada libro que lea en el futuro, y que me parece extrapolable a otros conceptos más prosaicos. De esta manera, pienso que también existen espectadores-hembra, votantes-hembra, políticos y jueces-hembra. Quizá incluso vivamos en una sociedad-hembra, una democracia-hembra.







     Rocamadour ha muerto. La Maga prepara café, todavía no lo sabe.

¿Mienten todos los boleros?






11 de febrero de 2012

La monja de Lisboa.




    María de Meneses nació en Lisboa en 1551. Huérfana de padre y madre, a los once años ingresa como novicia en el Monasterio de la Anunciada, profesando en 1567 como sor María de la Visitación de Nuestra Señora, aunque sería después más conocida como la Monja de Lisboa. Fue una mujer profundamente religiosa y respetuosa con los valores y normas establecidos por la Iglesia, y que adoptó a pies juntillas el modelo de santidad del Concilio de Trento.

    Tremendamente influenciada por la mística medieval imperante en su tiempo (Ángela de Foligno, Catalina de Siena y Teresa de Jesús, entre otras muchas), desde el mismo momento de su profesión religiosa comienza a tener visiones y locuciones extáticas, basadas siempre en la figura de Cristo, que acompaña con intensas mortificaciones corporales, tales como ayunos, cilicios y azotes. La historia de este misticismo, y su posterior estigmatización nos la cuenta su biógrafo, Fray Luis de Granada, de quien dicen algunos murió en 1588, “amargado por el gran error que cometió dando validez a las locuras de la llamada monja de las llagas”.

    
   Efectivamente, a partir de 1575 sor María comienza un proceso en el que presenta sangrantes las heridas de Cristo en la Cruz. Nos cuenta el beato Fray Luis cómo "se le apareció el Esposo todo bañado en sangre, se quitó la corona de espinas de su cabeza y la colocó en la de ella, apretándola con las manos. Las señales de las espinas quedaron en la cabeza y manchada de sangre la cofia que en aquel momento llevaba". A estos estigmas seguiría la llaga en el costado, y posteriormente las heridas en manos y pies. A mediados de 1583 fue elegida priora del Monasterio, con treinta y dos años, a pesar de que el Concilio de Trento prohibía ejercer dicho cargo hasta al menos los cuarenta años de edad. Pronto, su fama superó los muros del convento e incluso la ciudad de Lisboa, y se le comenzaron a atribuir milagros y sanaciones.

    Temerosa del fraude, sobre todo ante la ofensiva protestante contra el culto a los Santos, la Iglesia Católica ordenó investigar la veracidad de los prodigios de la monja. Insignes teólogos, y el mismísimo general de la Orden de Predicadores, Sixto Fabri, además del ya mencionado Fray Luis de Granada, dieron veracidad y certificaron la autenticidad de las llagas (Fabri llegaría a examinarlas hasta en tres ocasiones, como medida extrema de precaución), y fomentaron la veneración de la monja. Tras el beneplácito eclesiástico llegaría el de las autoridades civiles, encabezado por el cardenal Alberto, archiduque de Austria y virrey de Portugal, e incluso el de la Inquisición. Tal fue su fama y poder, que Sor María llegó a bendecir a la Armada Invencible antes de zarpar a su triste y conocido destino contra los elementos.

    En 1580, Felipe II toma por la fuerza la Corona de Portugal. Sor María comete el mayor error de su vida, involucrándose políticamente contra el rey español, llegando a afirmar públicamente que “el reino de Portugal no pertenece a Felipe II, rey de España, sino a la familia de Braganza. Si el rey de España no restituye el trono que injustamente ha usurpado, Dios le castigará severamente”.

    
   Cuando Felipe tuvo noticia de tales pronunciamientos, ordenó el procesamiento por parte de la Inquisición para desenmascarar a la religiosa. Astuto, no abordó el problema desde sus implicaciones políticas, sino desde un prisma estrictamente religioso, para que no se relacionara con la postura patriótica de Sor María. Esta actitud cuadra a la perfección con la personalidad política del monarca español, que llevó la Cruz y la hoguera por toda Europa y la América conocida.

    En 1588 se celebra el proceso, con la orden de desenmascarar a la monja a cualquier precio. En contra de lo que cabía esperar, no resultó muy difícil; bastó con lavar con jabón y restregar con tela gruesa las llagas para que éstas desaparecieran sin dejar rastro.

    Sor María fue condenada a pérdida de voz activa y pasiva de por vida, a ser siempre la última de la comunidad y a cárcel perpetua en un monasterio de la orden, fuera de la ciudad de Lisboa. No recibiría cartas ni visitas, y únicamente abandonaría su celda para oír misa, y los miércoles y viernes de cada semana para recibir en capítulo una disciplina y ayunar a pan y agua en el refectorio comiendo en el suelo. Estando postrada, todas las religiosas pasarían por encima de ella al entrar y salir de la estancia.

    Años después, a petición de las religiosas del convento, sorprendidas por la humildad y resignación con que llevaba su condena, el inquisidor general Aleixandre le concedería el perdón total.

  


  No es mi interés juzgar a la religiosa Sor María de la Visitación, como tampoco lo es absolverla de culpa. Los hechos históricos han de valorarse con objetividad, dentro de un contexto social y cultural determinado, y conforme a la medida propicia para cada etapa histórica. Coincido con Antonio Fernández Luzón, de quien he obtenido la historia, en que su pseudomisticismo nacía de una profunda convicción religiosa, y que la humildad, paciencia y decoro con que se sometió a la condena son determinantes de una cierta santidad.

    Cuán fácil resultaba manejar a las almas en la España del siglo XVI, con su religiosidad basada en patrañas, en supersticiones, en el miedo a la herejía y, sobre todo, en el temor a salirse fuera del camino de ortodoxia por las consecuencias fatales que podía acarrear, no tan solo en el otro mundo, sino también en este.

    Por  último, destaco cómo hay elementos en todo proceso histórico que son comunes en todas la épocas y a todos los siglos, a todas las religiones y a todas las civilizaciones. En este que se narra, destaca el pecado y el error que es enfrentarse al poderoso. Si la monja de Lisboa no se hubiera opuesto a los deseos de conquista de Felipe II, quizá hoy estaría en los altares de nuestras iglesias. Esta caída, digna por cierto, de quien se atreve a oponerse al opresor, es transversal en la Historia, y todavía hoy nos la encontramos cada mañana cuando abrimos el periódico.

7 de febrero de 2012

De libros: lo que me dieron y lo que me dan.

    De infante me introduje en el mundo de la fantasía del Tebeo, en el de los cuentos de Andersen (por suerte antes de que Disney viniera a moldear de forma industrial, como los donuts y las fleptodomias anumeladas, la imaginación de los niños); de la mano de Saint-Exupéry visité planetas con una sola flor, lloré desconsolado la muerte de su Principito; con Juan Salvador Gaviota aprendí que el vuelo tenía otro sentido más allá de la mera supervivencia, que no era imprescindible la bandada, y aún que dentro de ella no era posible volar con libertad.

   Con Salgari navegué los mares de Malasia, y con Verne recorrí el planeta, tanto por aire como debajo del mar, y llegué al mismísimo núcleo de la Tierra. De la mano de Sinuhé conocí el gran imperio egipcio, el de los grandes faraones, y  aprendí a desconfiar  de las mujeres cuyo seno es más ardiente que el fuego.

   He pisado las calles de Córdoba con  Almanzor, el Cádiz de la Pepa, el Madrid de los Austrias y el del "No Pasarán", la Italia de los Médicis y la Inglaterra de Tomás Moro. Con Gala anduve, a las afueras de Dios, por dentro del alma femenina, hasta una profundidad inesperada, y conocí la pasión y la entrega sin condiciones, hasta casi la destrucción, en Estambul, entre dos continentes, en el Bósforo.

   He sido ejecutado y he sido verdugo, he mandado ejércitos y gobernado  imperios, he tramado conspiraciones y participado en revoluciones, he andado prófugo, he buscado sin descanso la piedra filosofal y la fuente de la eterna juventud, y después de encontrarla he vivido  cientos de años buscando su antídoto, hasta encontrarlo en la costa de Eritrea. De nuevo soy mortal, me repetí, de nuevo me parezco a todos los hombres. Esa noche dormí hasta el amanecer.

   Mis amantes han sido cientos, hombres y mujeres, de todas las razas y edades. He conocido el desengaño y la muerte, el enamoramiento absoluto, la fidelidad y la traición, la soledad de los ascetas y la de los bohemios.  He vivido todos los siglos, todas las civilizaciones, todas las edades. 




  El hombre no es de ninguna manera un ser firme y duradero, es más bien un ensayo y una transición, no es otra cosa sino el puente estrecho y peligroso entre la naturaleza y el espíritu. Hacia el espíritu, hacia Dios, lo impulsa la determinación más íntima; hacia la naturaleza en retorno a la madre, lo atrae el más íntimo deseo: entre ambos poderes vacila su vida temblando de miedo. Hermann Hesse.

   Ahora viajo menos. El dónde y el cuándo pierden valor con la madurez. Lo importante es que haya niebla, es indiferente si es en la Barcelona del cementerio de los libros olvidados, en la Babilonia londinense, en la Roma de Séneca o la de Adriano, o en el teatro mágico del tractar del lobo estepario (sólo para locos).

    Lo importante es que haya niebla, niebla blanca que empape la realidad y la disfrace, que la cubra como una suave gasa transparente, que con su humedad empape hasta los huesos el alma de los personajes y la desnude y la haga visible.

5 de febrero de 2012

Reseña. El cuaderno de Maya. Isabel Allende.



     No puedo ocultar que Isabel Allende no es una de mis escritoras hispanoamericanas favoritas, a pesar de que he frecuentado su obra con asiduidad. Su prosa es fácil, quizá demasiado, su estilo es limpio, pulcro, pero al leerla se tiene la sensación de que le falta dar un salto de calidad. Quizá es que se la vea como la sombra de Gabriel García Márquez, monstruo, inalcanzable.

    El Cuaderno de Maya es una obra sencilla, que no plantea dificultades ni complicaciones al lector, pero no por ello deja de ser pulcra, bien escrita y cuenta con las características propias de la literatura hispanoamericana que tanto me gusta. Hay en la novela una oposición constante entre el mundo moderno, el tecnológico, y la superstición propia de los pueblos menos desarrollados:

   “Les conté que había crecido con mi abuelo, un astrónomo racionalista y agnóstico, y mi abuela, entusiasta del tarot, aspirante a astróloga, lectora del aura y de la energía, intérprete de sueños, coleccionista de amuletos, cristales y piedras sagradas, por no mencionar amiga de los espíritus que la rondan.”

    El libro recoge la historia, narrada en primera persona, de una adolescente que vuelve a la vida en una pequeña aldea del sur de Chile, donde se recupera de su paso por el alcoholismo, la drogadicción y la delincuencia.

   “Mientras estuve bajo la tierra, como una semilla o un tubérculo, otra Maya Vidal pujaba por emerger; me salieron delgados filamentos buscando humedad, luego raíces como dedos buscando alimento, y finalmente un tallo tenaz y hojas buscando la luz. Ahora debo de estar floreciendo, por eso puedo reconocer el amor. Aquí, al sur del mundo, la lluvia todo lo vuelve fértil.”

    El desarraigo familiar en la infancia, el abandono por parte de sus padres y una educación consentida por parte de sus abuelos se denotan como causantes de la caída, si bien la autora no parece querer profundizar mucho en este sentido.

   “A mi Nini siempre le ha molestado el artificio de un final feliz en los cuentos infantiles; cree que en la vida no hay finales sino umbrales, se deambula por aquí y por allá, tropezando  y perdiéndose….      …mi  Popo nunca permitió que los cortaran, decía que los árboles sufren cuando los mutilan y también sufre la vegetación en mil metros a la redonda, porque todo está conectado en el subsuelo”. 


 
 
    Es en la narración de la vida en la isla donde el relato adquiere sus características más bellas, donde aparece ese don que los expertos han dado en llamar realismo mágico:


   “Doña Lucinda es tan anciana que ya nadie recuerda a qué familia pertenece y la cuidan por turnos; es la tatarabuela de la isla y sigue activa, romanceando las papas y vendiendo lana”.

    En esta parte del relato es donde Allende muestra, si bien casi al trasluz, su feminismo y su militancia, presentes en toda su obra. El primero, novelando un abuso sexual por parte de un padre alcohólico hacia su propia hija, y cómo es algo que en el pueblo “todo el mundo sabe y nadie denuncia”, cómo es una situación considerada cuasi normal y consentida; el segundo, colocando a Manuel, uno de mis personajes preferidos, como víctima de la represión durante la dictadura de Pinochet.

   En resumen, el libro no está nada mal, lo recomendaría sobre todo a personas que quieran iniciarse en el placer de la lectura. Como digo es hermoso, está bien escrito y es fácil de seguir, aunque mi opinión es que podría haber dado mucho más de sí.

1 de febrero de 2012

Me acerco a Cortázar. Supongo que hago bien.



  Basta mirar un momento con los ojos de todos los días el comportamiento de un gato o de una mosca para sentir que esa nueva visión a que tiende la ciencia, esa des-antropomorfización que proponen  urgentemente los biólogos y los físicos como única posibilidad de enlace con hechos tales como el instinto o la vida vegetal, no es otra cosa que la remota, aislada, insistente voz con que ciertas líneas del budismo, del vedanta, del sufismo, de la mística occidental, nos instan a renunciar de una ver por todas a la mortalidad.

(Rayuela, cap. 151)


   ¿Cómo convencerá el asesinado a su asesino de que no ha de aparecérsele?

(Rayuela, cap. 118)