... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

26 de mayo de 2012

La Biblioteca de Babel.





Paréceme que andáis perdido y descaminado, y por apreciar vuestra persona y por estimaros más candoroso que pecador, me siento obligada a advertiros que es harta osadía e impiedad y que es ofensivo glosar al Maestro, ahondar con la afilada daga de la pluma en sus palabras, y hacerlo como lo haceis vos, con las manos sucias, la capa roída por la mugre que añora otro agua que no sea el de la lluvia, y vuestro aspecto desatendido y menesteroso.
Anónima, s. XIVII                   





Con toda seguridad, este breve relato de Jorge Luis Borges contituye una de las mejores y más bellas metáforas que he podido, afortunadamente, encontrar en mi tortuoso camino de lector aficionado. Profunda y hermosa, nos deja la inquietud de saber que aquellas palabras aparentemente tan simples que acabamos de leer encierran un significado oculto, que nos hablan del origen del hombre en sí, de su capacidad para cuestionarse la existencia y su significado, y de la osadía de pretender conocer el sentido último del universo. El autor no se esconde, es honrado ya desde la primera línea: "El universo (que otros llaman la Biblioteca)...". Es el lector el que, todavía desconociendo la profundidad del texto en el que se va a sumergir, ignora estas palabras inconscientemente, para entrever después que aquella deducción a la que le ha llevado la lectura estaba ya explícita en las primeras dos palabras del texto.

      Borges imagina una Biblioteca total, que contiene todos los libros posibles, escritos con todas las combinaciones de los signos de escritura en todos los idiomas y dialectos. Formada por interminables salas hexagonales e innumerables pisos inferiores y superiores, para él es infinita: “La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.”             

 
La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo corolario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios.”


El número de libros, sin embargo, no es infinito, aunque sí tan vasto que resulta inconcebible. Todo libro posible se haya contenido en la Biblioteca, tenga o no significado: “Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aún la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira”. “… por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias.

Toda destrucción de libros de origen humano resulta infinitesimal, insignificante. Por cada ejemplar, único e irreemplazable, existen cientos de miles de facsímiles imperfectos que no difieren de él salvo en una coma, un carácter o un espacio.

Es inmediato pensar que tiene que existir un libro que contenga a todos los libros, "análogo a un dios", un libro "que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás". Es el cénit de la metáfora: si la Biblioteca remite al Universo, el libro total es Dios. El lector incauto quizá olvide que con anterioridad ha sido advertido por el autor de "una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros, y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano".

Sin embargo, si este libro ha de contener todos los libros posibles, debe por fuerza contenerse a sí mismo, lo que resulta irrealizable. La existencia del Libro total (de dios) es, por tanto, imposible. Pero por esa misma incapacidad de existir podemos deducir que hablamos de Dios: esa existencia únicamente sería viable para un ser omnipotente. He aquí la ambigüedad teológica por excelencia. Dios, ser indemostrable e incognoscible, de existencia contraria a la razón, si existe es porque es inconcebible; si es, es porque no puede ser.

Al final del relato, a pie de página, Borges nos deja una nota inquietante, en la que en realidad nos está adelantando otro hermosísimo cuento, "El libro de arena":

        "Letizia Álvarez de Toledo ha observado que la vasta Biblioteca es inútil; en rigor, bastaría un solo volumen, de formato común, impreso en cuerpo nueve o en cuerpo diez, que constara de un número infinito de hojas infinitamente delgadas (Cavalieri a principios del siglo XVII, dijo que todo cuerpo sólido es la superposición de un número infinito de planos.) El manejo de ese vademecum sedoso no sería cómodo: cada hoja-aparente se desdoblaría en otras análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés."

           ¿El Universo y Dios la misma cosa, idéntica sustancia? De nuevo la incertidumbre. Dejo al paciente lector de esta entrada los enlaces a ambos cuentos de J.L.Borges en desagravio por estas líneas y agradecimiento por su paciencia y, por supuesto, para su disfrute y reflexión.
                          

23 de mayo de 2012

Sentidos. Recuerdos.





     Sistemáticamente, sin darnos cuenta, vamos recorriendo la vida, acumulando recuerdos. Paso a paso, hora a hora, llenamos nuestra mente de datos como un enorme ordenador, o como un gitantesco álbum de fotos. Algunos de esos recuerdos son temporales, breves; otros permanecen, pero se diluyen, se cubren de niebla y se vuelven borrosos, pierden color, se difuminan y endulzan como si nunca hubieran formado parte de un contexto y una situación real. Otros se prostituyen y beben de la imaginación, confudiendo lo que en su día fue con el deseo de lo que pudo ser. Los más se pierden, o quedan escondidos en un rincón y, con suerte, algún hecho casual los saca a la luz de repente, como un flash, desempolvándolos de golpe.

     He observado que los recuerdos que más permanecen, y sobre todo, los que con más fuerza se nos presentan al evocarlos, son aquellos que asociamos a un olor. Quién no recuerda la ropa recién planchada, o el patio recién regado en verano, o el ramito de jazmín en la mesita de noche, al lado de la cama. Yo recuerdo vivamente, como una experiencia presente, intensa y real, el tacto de su vestido verde de lana, el calor de su mejilla ruborizada y el olor de su pelo. De ese olor, de ese recuerdo, no podré desprenderme nunca.


19 de mayo de 2012

La felicidad del zapatero.

    

  

     Cuando Lucas soltó el remendón hacía ya varias horas que había anochecido, y la zapatería era el único establecimiento que permanecía abierto todavía. Abrochado el abrigo, se caló la gorra para proteger su ya desnuda calva del frío del mes de febrero y cerró el negocio, heredado de su padre al igual que el oficio. 

     Como todas las noches, caminó con lentitud hacia el bar. En realidad Lucas no recordaba haber tenido prisa nunca en toda su vida. Nada más verlo entrar, el camarero colocó un vaso de vino en la esquina de la barra que acostumbraba a ocupar todas las noches. Poco después, con un leve gesto de la mano, pidió un segundo vaso que bebió despacio, notando cómo el pálido y perfumado líquido se infiltraba en sus venas, llevando un tenue y agradable calor por todo su cuerpo. Puso unas monedas en la barra y se despidió deseando buenas noches a los pocos hombres que, adoquinados contra el mostrador, terminaban la jornada de trabajo o demoraban conscientemente el regreso a sus hogares.

     Ya en casa cenó su sopa caliente, la misma sopa de casi todas las noches. Después vio un poco de algún programa frívolo de televisión sin prestarle mucha atención y se metió en la cama. Antes de dormirse pensó que dentro de dos días sería sábado, y tendría que lavarse. Lentamente, como lo hacía todo, fue quedándose dormido, pensando que seguramente era feliz. 

     Todavía ignoraba que la felicidad basada en la indolencia es el refugio de los necios.



12 de mayo de 2012

Reseña. El lector de Julio Verne. Almudena Grandes.











Nada es lo mismo. Nada
permanece.
Menos
la Historia y la morcilla de mi tierra:
se hacen las dos con sangre, se repiten.
ÁNGEL GONZÁLEZ, "Glosas a Heráclito".
  


     
     Con estas palabras a modo de preámbulo, que claramente son toda una declaración de intenciones, se nos invita a penetrar en la segunda entrega de la serie "Episodios de una Guerra Interminable", con la que Almudena Grandes pretende homenajear a Galdós e intentar arrancar de una sombra de décadas aspectos de nuestra historia reciente que andan escondidos, tapados de la luz, cubiertos con un paño apolillado, sucio y manchado de sangre.

"… la regla de oro consistía en acatar la voluntad del terror, reducir la vida al mínimo y no hacer nada, no saber nada, no decir nada, mirar sin ver, escuchar sin oir, y no comprender."

     La Guerra Civil española no terminó en 1939, al menos no en toda España. En las zonas más montañosas se prolongó, durante más de una década, en una desigual lucha de guerrillas que condicionó la vida en el campo, en cuyos senderos se aplicaba sin piedad la famosa Ley de Fugas; en los pueblos, llenando sus calles de miedo, de terror, pero también de actos de valentía, de grandes y también de pequeños pero a la vez más grandes signos de insumisión que son un valor en sí mismos, y que la escritora destapa para nuestro deleite y, sobre todo, nuestro asombro.

     "El papel de la reparación (de la venganza y del perdón) lo lleva a cabo el olvido. Nadie reparará las injusticias que se cometieron, pero todas las injusticias serán olvidadas". Esta terrible sentencia la encontramos en la recientemente reseñada "La Broma", de Milan Kundera. Pero en su contra Almudena Grandes aporta una reparación histórica a aquellos hombres y mujeres que padecieron la represión y lucharon contra ella, intentando evitar el olvido.


     "Lo que quiero explicarte es que la verdad es toda la verdad, y no sólo una parte. La verdad es lo que nos gusta que haya sucedido y, además, lo que ha sucedido aunque nos guste tan poco que daríamos cualquier cosa por haberlo podido evitar. …., hasta las personas más valientes, las más justas, las más honradas, interpretan la realidad de acuerdo con sus propias ideas sobre lo que es bueno y lo que es malo, lo que desean, lo que temen, lo que creen, lo que detestan. Y al hacerlo, fabrican su propia verdad."

      El lector de Julio Verne contiene todas las características de la literatura de Almudena Grandes: está escrita con una prosa intensa, rápida, que a veces hay casi que perseguir para que no se escape, y que provoca que lleguemos al final de cada capítulo exhaustos. Argumentalmente es casi lineal, y su única complejidad estriba en el gran número de personajes. A lo largo de ella se destila una gran pena, no sé si por la sensación de inutilidad de tanta lucha, de tanto esfuerzo, para que al final una huída al exilio sea lo único que podamos considerar una victoria, conscientes de que en realidad es una rendición por agotamiento.


     "Así, la leyenda de Cencerro se escurrió sin remedio, para lo bueno y para lo malo, por el canalillo del escote de Isabel, un esplendor que al menos devolvió una efímera malicia a las sonrisas apagadas de quienes no tenían más remedio que conformarse con una paz que no era más que otra derrota, un fracaso menor y sin embargo más cruel tal vez que el primero, porque era el último, el definitivo."


     Pero además del sentido histórico, político, del argumento, hay otro transfondo en esta obra que me interesa destacar. Es el papel de la cultura, de la lectura, y su necesidad para la formación de la persona como tal. El protagonista, un niño de 9 años que vive en un cuartel de la Guardia Civil en un pequeño pueblo de Jaén, se aficiona a las novelas de aventuras y esta afición condicionará su vida respecto a lo que se esperaba de él.


     "Me enseñó poemas y romances, canciones y letrillas, refranes y adivinanzas, y muchas palabras en muchos idiomas distintos pero, sobre todo, me enseñó un camino, un destino, una forma de mirar el mundo, y que las preguntas verdaderamente importantes son siempre más importantes que cualquiera de sus respuestas."

     Sin embargo este tema no transciende del todo la trama política de la obra. En cierto sentido se reivindica un papel más importante de la cultura en el bando republicano que en el rebelde. Para ello, la autora refiere una pequeña e insulsa novela rosa, Cristina Guzmán, profesora de idiomas, de la falangista Carmen de Icaza, una obra que alcanzó una enorme popularidad y difusión en las trincheras del ejército rebelde, mientras en las trincheras de enfrente, el Ejército Popular de la República Española repartía entre sus soldados ediciones de bolsillo de, precisamente, los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós.


     En mi opinión esto es cierto, pero no del todo. Efectivamente siempre se le ha adjudicado una cierta cultura a la izquierda política, pero hay que aceptar que otras opciones democráticas, como las liberales o las de derecha, no carecen tampoco de sostento intelectual. Incluso el nazismo alemán tuvo importantes aportes ideológicos de gran fundamento. No fue así, sin embargo, con el fascismo español, carente de cualquier status mental, creado en el ardor de las salas de bandera de los cuarteles, con una gran tradición golpista, y con el único apoyo escrito de los misales en latín, que con toda seguridad nadie entendía.