... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

19 de diciembre de 2013

Reseña. La Náusea. Jean-Paul Sartre.







La Náusea se ha quedado allá, en la luz amarilla. Soy feliz, este frío es tan puro, tan pura la noche; ¿no soy yo mismo una onda de aire helado? No tener ni sangre, ni linfa, ni carne. Deslizarse por este largo canal  hacia aquella palidez. Ser sólo frío.

... Ahora me deslizo despacito al fondo del agua, hacia el miedo.




Hay libros que nos dejan una especie de incómoda desazón, una sensación como de insuficiencia. Pareciera que sólo hubiéramos conseguido arañar su superficie y no llegar al corazón de la obra. Uno se consuela con el pensamiento de que, al menos, algo del conocimiento que intentan transmitir se nos haya adherido de alguna manera inconsciente, como se adhiere el polen a las alas y a las antenas de las abejas. La Náusea quizá sea uno de estos libros. 

Pesa en él la certidumbre de un conocimiento trágico del sentido de la existencia humana, del aburdo del destino de los hombres, y todo se configura lentamente, casi a escondidas, en un ambiente oscuro, extraño, a menudo marcadamente kafkiano. Sus personajes remiten continuamente nuestra memoria a aquellos que rodean al agrimensor en El Castillo.

Cuando en un momento dado Roquentin, el protagonista, decide abandonar el estudio histórico al que ha dedicado los últimos años de su vida, anota en su diario, desolado: "Martes. Nada. He existido". La existencia es vacío, existimos de la misma manera que existen las raíces de los árboles o los bancos de un parque. Existir no es ser, sino únicamente estar: "Quiero decir que, por definición, la existencia no es la necesidad. Existir es estar ahí, simplemente; los existentes aparecen, se dejan encontrar, pero nunca es posible deducirlos. Creo que hay quienes han comprendido esto. Sólo que han intentado superar esta contingencia inventando un ser necesario y causa de sí".

Efectivamente, Sartre advierte la necesidad de algunas personas de inventarse un ser capaz de justificar el sinsentido de la existencia. Alegóricamente dibuja una plaza con soportales. En el centro, la efigie de un gran prócer. Bajo los soportales, viejas mujeres vestidas de negro pasean sus perros y elevan su mirada hacia la estatua:

"No necesitan mirarlo largo rato para comprender que pensaba como ellas, exactamente como ellas sobre todos los asuntos. Ha puesto su autoridad y la inmensa erudición extraida de los infolios que aplasta con su mano pesada, al servicio de sus pequeñas ideas estrechas y sólidas. Las señoras de negro se sienten aliviadas, pueden entregarse tranquilamente a las preocupaciones de la casa, a pasear el perro; ya no tienen la responsabilidad de defender las santas ideas, las buenas ideas de sus padres; un hombre de bronce se ha erigido en defensor de ellas".

Desde el razonamiento sartriano esa dejación de la responsabilidad de pensar es inadmisible. El único destino válido del hombre es ser, saltar desde la existencia a la esencia, hacerse a sí mismo. Serse únicamente a través del pensamiento, que también es irrenunciable. No se puede dejar de ser porque no se puede dejar de pensar, incluso el querer dejar de pensar es ya un pensamiento. Es una inquietante concepción trinitaria del hombre: 

existencia     >     pensamiento     >     esencia


Pues la existencia no tiene valor alguno, nos configura como seres vacíos. No tenemos otra moral, otra ética ni otra forma de ser que la que nos construimos nosotros mismos. Con independencia del entorno social e histórico, o a pesar de él, la responsabilidad esencial es estrictamente individual: "Yo soy mi pensamiento".  

Sin embargo, hay otro aspecto menos trágico en La Náusea que no quisiera pasar por alto, a pesar de que Sartre lo trata aparentemente con ligereza. Ya comienza a formarse su concepción del hombre, y como principio rechaza aquellos humanismos que considera falsos o interesados: "El filósofo humanista, que se inclina hacia sus camaradas como un hermano mayor, y que conoce sus responsabilidades; el humanista que ama a los hombres tal como son, el que los ama tal como deberían ser, el que quiere salvarlos con su consentimiento y el que los salvará a pesar de ellos, el que quiere crear mitos nuevos y el que se conforma con los antiguos, el que ama en el hombre su muerte, el que ama en el hombre su vida, el humanista jocundo, que siempre tiene una chanza, el humanista sombrío, que se encuentra de preferencia en todos los velatorios. Todos se ignoran entre sí, en tanto que individuos, naturalmente, no en tanto que hombres."

La Náusea es la primera novela del pensador francés y se encuentra anegada de un pesimismo y de una desesperanza que irán evolucinando más positivamente en las obras posteriores de Sartre, hasta que configure su humanismo como una concepción más optimista de la existencia. Personalmente me quedo con las palabras sencillas de otro de los personajes, el Autodidacto:



"Señor -dice el Autodidacto bajando los párpados sobre sus pupilas inflamadas-, yo no creo en Dios; la ciencia desmiente su existencia. Pero en el campo de concentración aprendí a creer en los hombres."




23 de noviembre de 2013

La mujer y la religión.



     Durante siglos prohibieron que sus libros sagrados fueran traducidos porque, decían, podían ser malinterpretados, a pesar de que casi nadie sabia leer. Ocultaron siempre que la verdadera causa era justo la contraria, temían que pudieran ser entendidos y sometidos a diálogo.

     En 1563 el Concilio de Trento determinó, por un voto de diferencia, que las mujeres tenían alma. Este dato supuestamente histórico hay quien lo sitúa mil años antes, en el tercer Concilio de Nicea (585). Al parecer se trata de uno de esos bulos que circulan sobre hechos que no fueron tales. Lo que sí se discutió es si el término "homo" de las escrituras puede aplicarse únicamente al varón o también a la mujer. Según Gregorio de Tours, al final se dilucidó que "homo" además de al varón, se refería al ser humano en general. Si se piensa bien, el bulo del alma femenina, si no es cierto de forma estricta, puede ser acertado y conforme a lo discutido en Nicea, pues de no haber prosperado significaría que la Palabra y la Acción de Dios no estarían dirigidas a las mujeres, sino exclusivamente a los hombres. Digamos entonces que son dos formas de llamar a la misma cosa: una no ajustada a los hechos pero más comprensible, y la otra un mero eufemismo tan propio del mundo religioso.

     Las religiones de raiz semítica (el propio judaísmo, el cristianismo y el islam) beben en fuentes aún más antiguas y arcanas, en creencias ya olvidadas y desaparecidas pero extraídas de sociedades fuertemente patriarcales, y en sus gnosis llevan plantado el árbol de la misoginia de forma indeleble. Ya en el Génesis la mujer es creada a partir del hombre y sometida a él:

     Entonces Yahveh Elohim infundió un sopor sobre el hombre, que se durmió, y tomóle una de sus costillas, cerrando con carne su espacio. Luego Yahveh Elohim transformó en mujer la costilla que del hombre había tomado y la condujo al hombre. Génesis 2, 21-22.

     A la mujer dijo: "Multiplicaré sobremanera los sufrimientos de tu gravidez; con sufrimiento parirás hijos, y hacia tu marido será tu tendencia, y él te dominará". Y al hombre dijo: "Por cuanto escuchaste la voz de tu mujer y comiste del árbol acerca del cual te había dado órdenes diciendo: "¡No comerás de él!", maldito sea el suelo por tu causa; con fatiga te alimentarás de él todos los días de tu vida. Espinos y abrojos te germinará y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás pan, hasta que tornes al suelo, pues que de él fuíste tomado, por cuanto polvo eres y al polvo has de tornar". Génesis 3, 16-19.

   El mismo Yahveh determina, desde el momento de la creación, la distribución de los roles dentro de la sociedad. El trabajo es para el hombre mientras que la labor de la mujer es engendrar y parir hijos y ser dominada por su marido. Nótese también que la referencia de volver al polvo del que fue tomado abarca únicamente al hombre. La mujer para a ser, en la tradición semítica, un ser impuro:

     Yahveh habló a Moisés, diciendo: "Habla a los hijos de Israel para decir: Cuando una mujer concibe y da a luz un hijo, será impura durante siete días. Como en los días de su impureza menstrual será impura. Al octavo día será circuncidado en cuanto a la carne de su prepucio. Ella permanecerá treinta y tres días purificándose de su sangre; no tocará cosa alguna sagrada ni penetrará en el Santuario hasta que se cumplan los días de su purificación. Mas si da a luz una niña, será impura dos semanas, como en su menstruación, y permanecerá sesenta y seis días purificándose de su sangre". Levítico 12, 1-5.

     Este concepto de que la mujer es impura por naturaleza será posteriormente redimido por la figura de María, asociando la pureza a la virginidad. Maria es virgen antes, durante y después del parto, no conoce varón y por ello es pura. Indudablemente se está condenando el derecho a la sexualidad de la mujer en una especie de ablación mística.

     Esta es la imagen de la mujer que nuestra cultura judeo-cristiana ha heredado, y es la que el catolicismo dogmático defiende, por más que quiera ocultarlo sabiendo que no goza de gran aceptación en la sociedad, más moderna y avanzada. Las religiones a lo largo de la historia de la humanidad han ido desapareciendo, transformándose en otras religiones, fundamentalmente por su quietismo y su incapacidad de adaptación a los cambios sociales. Es algo indisoluble del propio concepto religioso. Una verdad absoluta no puede cambiarse, no puede estar sujeta a variación. Lo que es absoluto es a la vez invariable por definición.

     En ocasiones saltan a los medios de comunicación alarmantes declaraciones de líderes religiosos, como el libro recientemente publicado por el arzobispado de Granada, "Cásate y sé sumisa", o de algunos imanes como el de Fuengirola, con un alto grado de machismo y de misoginia. Son perfectamente conscientes de lo que dicen y de la expectación que causa su integrismo. No merecen que se les preste atención, lo hacen buscando la confrontación para tener su cuota de pantalla. A veces el pastor envia a sus perros para que ladrando y enseñando los dientes mantengan unido el rebaño. Pero cada vez son más las ovejas convencidas de que no necesitan ser pastoreadas.




9 de noviembre de 2013

Reseña. Música de cámara. Rosa Regàs.



    

"Aquí termina tu exilio, habría dicho mi padre si aquel día lluvioso de abril me hubiera acompañado a la estación".
Así comienza la historia de Arcadia, que en 1949 regresa a Barcelona después de haber perdido en accidente a sus padres, españoles exiliados en Toulouse.


     Para Arcadia, educada en un ambiente laico y en un país libre, la llegada a España, a casa de su tía Inés, supone un tremendo choque emocional: "la gente caminaba encogida, mal vestida, ojerosa y oscura". Su paso por el colegio forma su voluntad de no someterse al fundamentalismo católico que dominaba la sociedad española de aquellos años, su firme y secreta decisión de mantener ocultas pero vivas las enseñanzas de su padre. "Era un colegio de largos y oscuros pasillos (....) donde tuve que aprender no sólo geografías e historias que me eran ajenas sino sobre todo costumbres y preceptos morales que se me había enseñado a no aceptar jamás".

   Porque Música de Cámara es, por encima de sus personajes, una descripción de la vida en la España negra de los años 40 y 50, una sociedad sumida en un integrismo religioso en la que tras la máscara de la moral medran la avaricia y la corrupción en un sistema que deriva hasta nuestros días:

"La corrupción legalizada pasa de padres a hijos y de éstos pasará a los nietos y no tendrá fin porque no sólo no hay respuesta judicial y oficial a ello, sino que se ha constituido en una manera de sobrevivir, de medrar y de gobernar profundamente arraigada en el capitalismo, incluso en un capitalismo tan macarrónico como el de Franco. Su desarrollo hacia formas más sofisticadas que no podemos ni imaginar hoy, no lo dudes, llegará porque por años que pasen si no hay un cambio brusco y radical, que no lo habrá tal como van las cosas, ya nadie podrá arrancar de la sociedad esta permisividad con el delito económico".


    No suelo reseñar en el blog libros que no me hayan gustado. Musica de Cámara es un buen libro, está bien escrito y es fácil y agradable de leer. Lo que no me gusta de él es que Rosa Regàs a veces fuerza los diálogos en demasía para incluir en ellos un proselitismo que se hace evidente en exceso. Cierto es que España es un país que ha desatendido su historia a lo largo de los siglos, que ha pretendido construirse emocionalmente y nunca con la reflexión de la razón, que mira para otro lado cuando tiene que buscar las causas de sus problemas; pero en mi opinión, no se debe forzar una obra literaria para incluir un mensaje si no cabe en ella. Porque ese es el problema, que lo que la autora quiere transmitir, en un intento loable y digno, viene grande a la trama que plantea y, por tanto, debió omitirlo, o bien profundizar en ella para integrarlo con más naturalidad.

     A pesar de esto, Música de Cámara es, sobre todo, una historia de amor, una hermosa y bien narrada historia que nos cuenta hasta qué punto las desigualdades de clase y las injerencias externas pueden resultar terribles en una relación, y cómo con el razonamiento y la madurez se puede, sino vencer, al menos ser capaces de adoptar la decisión de seguir luchando. El final es el mismo que el principio, la sensación de que en el reencuentro es donde verdaderamente acaba el exilio.
     Magnífico es el poema que Regàs usa como introito para el último capítulo, y que con sutil trazo define el desenlace:


Ni en el llegar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se le siente,
desnudo, altísimo, temblando.

Pedro Salinas. Razón de amor.



 


4 de noviembre de 2013

Un paladín en la Luna.




     En su prólogo al libro "Crónicas marcianas", de Ray Bradbury, Jorge Luis Borges nos remite al Orlando de 1.516 con el siguiente texto: "a principios del siglo XVI, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos..."






     En verdad, dado que gratis es imaginar, soñar, qué magnífico hubiera sido que la carrera espacial no hubiera sido una carrera armamentística encubierta, que no nos viéramos obligados a buscar planetas que pudieran albergarnos cuando hayamos destruido éste en que habitamos. Miles de millones de dólares gastados para buscar agua o hielo en Marte, en la Luna. ¡Qué maravilla sería poder haberlos gastado en buscar los anhelos perdidos de Leonardo, de Francisco de Asís, de Augusto, de Alejandro el Magno; los suspiros ahogados de Teresa de Jesús, de Beethoven; el tiempo malgastado por Dostoievski; las lágrimas y los proyectos inútiles de tantos miles, millones de vidas humanas pasadas por el tamiz del olvido a lo largo de la historia.

     Pero la tentación de soñar como hizo Ariosto es aún mayor. El paladín quizá ignoraba entonces que la Luna nos muestra siempre la misma cara, reservándose otra en el misterio. ¿Qué deseos, qué secretos perdidos, qué anhelos inconfesables nos oculta esta parte del mágico astro que se esconde a la mirada de los hombres? La Luna influye en las mareas, en los partos de las mujeres, en las cosechas. Juega su papel en el destino de los hombres, misteriosa, atrayente, es la feminidad de lo oculto, de lo misterioso. Ser capaces algún día de poner aquí un pie sí que sería verdaderamente un gran paso para la humanidad.




26 de octubre de 2013

Buscando a La Maga.







     Horacio y Lucía no se citan nunca, no quedan a hora alguna ni en sitio determinado. Cuando se quieren ver se buscan distraidamente por las calles de París, por los puentes y las orillas del Sena, hasta que se encuentran, siempre. Entonces, con una ingenuidad impropia de Oliveira, aunque no así de la Maga, celebran su encuentro con una botella de vino en cualquier vieja taberna de la ciudad. Como si el azar existiera en el amor, o en la vida. Como si algo en este mundo pudiera ser meramente casual.

   
     En su soberbia intelectual él, en su adorable indolencia ella, pasean por su amor sorteando la tragedia y la locura, esquivando un final inevitable. Como todos los amantes, como todos los  hombres, ignoran que llevan en el bolsillo aquello que andan buscando.




16 de octubre de 2013

La escuela dudante.






     Anoche pude ver en el canal de televisión Cinematk, en V.O.S., la película "Kerity, la casa de los cuentos". Aunque no deja de ser una película infantil, la verdad es que me supuso un gran placer y un buen rato de entretenimiento. Es la historia de un niño que tiene dificultades para aprender a leer, pero que ha de conseguirlo para que no desaparezcan los personajes de los cuentos. Y además es también, y sobre todo, un canto a la fantasía y a la necesidad que tiene el ser humano de la lectura, de los libros.

     No hace muchos días se hizo público un informe que alertaba del bajo nivel de comprensión lectora de los adultos españoles. Y es cierto. Por mi trabajo trato con muchas personas y puedo afirmar que gran cantidad de ellas, y no siempre personas de avanzada edad, sino también jovenes, tienen verdadera dificultad para comprender un escrito simple o para cumplimentar un impreso sencillo, fundamentalmente porque lo leen de forma mecánica, sin detenerse a entender su significado.

     En este país la escuela siempre ha tenido una consideración un tanto despectiva. Se entiende como un sitio donde "aparcar" a los niños, pensando que debe suplir las carencias educativas de la familia. Padres y profesores se consideran, a menudo y mutuamente, como contrarios, cuando debieran ser aliados. Conozco casas en las que no hay un solo libro. Conozco profesores que se esfuerzan en que los niños y niñas aprendan a leer, en su sentido más abierto, no únicamente la "técnica de lectura", sino a buscar en ella el placer y el entretenimiento. Pero en su casa no hay un solo libro, aunque seguramente sí tengan televisión en su dormitorio.
  
  
 
   
 
    La verdad es que la sociedad española es una sociedad muy dogmatizada. El jesuita Luis Coloma, que escribió para Alfonso XIII el cuento "Ratón Pérez", dice al comienzo del mismo: "Sembrad en los niños la idea, aunque no la entiendan: los años se encargarán de descifrarla en su entendimiento y hacerla florecer en su corazón". Y de esto mismo se trata hoy en día. La eliminación de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, la consideración dada a la asignatura de Religión (católica, por supuesto), son la plasmación de las palabras del padre Coloma y de la idea de educación que tienen aquellos que ostentan la facultad y el poder de legislar sobre ella. Estamos carentes de comprensión lectora porque interesa que sea así. Si de verdad la sociedad española fuera críticamente comprensiva elegiría políticos y gobernantes que la diginificaran.

    



     Urge sacar de la escuela las verdades absolutas, por definición contrarias a la razón. Si la verdad es única e incuestionable, ¿para qué realizarnos preguntas?. Por el contrario, el niño que es capaz de buscar la fantasía en los libros, buscará más adelante en ellos el conocimiento, y terminará encontrando únicamente interrogantes. Y entonces comprenderá que sólo en la duda se puede crecer como persona, que únicamente en la incertidumbre reside la libertad. Y las oligarquías dogmáticas que ostentan el poder no quieren ciudadanos que se hagan preguntas, que es en realidad dudar, sino acólitos que acepten sus normas sin cuestionarlas y sirvan a sus intereses.





7 de octubre de 2013

El vuelo y el equilibrio.








     Icario Dorado dormita sentado al lado de la estufa de leña que apenas si calienta el pequeño bar del pueblo, porque la puerta continuamente se abre y se cierra y, con los parroquianos que entran y salen, se aloja en la semioscuridad del local el frío de la calle. Nunca falta un bebedor que le ofrezca un par de cigarrillos o que le convide a medio jarro de vino, para que al acabar la tarde, en pequeña tertulia, pueda recordar en voz alta sus extraordinarias aventuras. Y es que Icario, desde muy joven, tuvo el don de volar. El hombre no sabe si le fue dado en un momento determinado o si ya nació con él y un día se le reveló, de repente. Como otras personas tienen el poder de la adivinación, o el de la sanación, o pueden conseguir que las vacas y las mujeres se preñen, o componer los huesos rotos, él podía volar. Así, viajó por todos los países y por todos los mares hasta donde no hay nada más allá y las aguas del océano caen al abismo, y pudo ver todas las maravillas que en el mundo son: monstruos y diablos, animales imposibles, árboles que se mueven y que los animales que se alimentan de sus hojas tienen que dar caza... . El tiempo y la edad fueron deteriorando sus alas, hasta que un día las perdió por completo.

     Y cuando el vino le hacía hablar y despertar de su adormecimiento relataba todas estas aventuras desde su sillón de la taberna, en voz baja, con lentitud, gustándose en las teatrales pausas que conscientemente alargaba. Y los hombres que allí se reunían lo escuchaban sin burla. Lo respetaban porque lo tenían por un hombre sabio, y porque era un anciano. Y porque ninguno de ellos había salido nunca del pueblo, como si de una ancestral caverna se tratara.

     En realidad todos tenemos el don de volar, nos es dado cuando nacemos y lo vamos desarrollando con mayor o menor habilidad, con mayor o menor esfuerzo. Aprendemos a volar cayendo, y llegamos tan lejos como somos capacer de soportar el dolor y la soledad. Quien se propone alturas mediocres tendrá en la mediocridad su medida de las cosas, pero quien se fija metas imposibles solo alcanzará la frustración. No es fácil ni es gratuito acertar, pero por fortuna los objetivos son mudables, pueden cambiarse hacia adelante o hacia atrás según la necesidad. Basta con tener la inteligencia suficiente para hacerlo o para asumir los errores y volverlo a intentar.


     Los días nublados alcanzaremos a ver el Sol sólo si volamos por encima de las nubes, pero a cambio perderemos de vista las copas de los árboles y el fresco lecho de los arroyos, que es donde reside nuestro alimento. Y si por desventura nos acercamos demasiado al Sol su luz y su calor fundirá nuestras alas y caeremos al mar, como Ícaro, que da nombre al viejo somnoliento y medio loco con que comenzó este relato.



29 de septiembre de 2013

El cielo raso de Álvaro Pombo.








"Y deseó que aquello durara siempre: hilo monótono de agua continua que escondido entre helechos deja que el oído y el olfato lo capturen con más relieve y más detenimiento corporal que los abstractos ojos".






He comentado ya en otras ocasiones cómo la mayoría de las veces uno no busca los libros que va leyendo, sino que más bien parece que fueran ellos los que se hicieran los encontradizos, saliendo a nuestro paso en virtuosa ofrenda, como al azar. Y es ahí que pides a alguien que te saque de la biblioteca de su pueblo, porque en la del tuyo no está, el último libro de Pombo (Quédate con nosotros, señor, porque atardece), y te dice Pues yo tengo uno de Pombo que no he leído, si quieres te lo presto, y te encuentras con "El cielo raso" entre tus lecturas pendientes.

Muy anterior al Quédate con nosotros, es una novela mucho más pombiana, más fiel al estilo redundante y culto del autor, con más profundidad filosófica. En un primer golpe de vista a la solapa uno podría pensar en un libro que trata sobre la homosexualidad. Nada más lejos de la realidad y de la intención de Pombo. La homosexualidad es una constante en su obra, pero nunca es argumental sino todo lo contrario. Sencillamente es intrascendentemente transversal. 

El verdadero tema de esta obra es el amor. El amor como camino de vida, como esperanza de futuro. El amor no revelado, no impuesto ni circunstancial, sino ciertamente inventado, creado y moldeado, a caricias o a golpes. La única forma de alcanzar su perdurabilidad y dotarlo de sentido:

"Nadie elige un amor sólo a partir de lo que tiene ante los ojos: todos, en realidad, elegimos nuestros amores en términos del espacio futuro que nos creemos capaces de llenar con ellos. No elegimos nuestros amores a partir de realidades sino a partir de irrealidades y de esperanzas."


El cristianismo, o la visión que Pombo tiene de él, es también una constante en su obra. En El cielo raso se vislumbra el nacimiento y la asfixia de la Teología de la Liberación, pues parte de su argumento transcurre en El Salvador, una de las fuentes de esta corriente anatematizada por la Iglesia Católica. Se busca la justicia del Reino de Dios en la tierra, con unas connotaciones claramente marxistas. Es como una humanización del cristianismo hasta el punto de desproveerlo de cualquier cuestión metafísica, dejando la entrega a los demás simplemente, y no es poco, como una opción de vida: "... hay un abismo entre esta teología liberadora, o como quieran llamarla, y la teología ratonera de los pecados originales y las culpas y las culpabilizaciones del catolicismo de mi niñez y juventud", llegaría a decir el protagonista, Gabriel Arintero.

Las obras de Pombo, en su planteamiento, nos presentan habitualmente personajes íntegros, con gran peso intelectual, aparentemente inamovibles en sus profundas convicciones y razonamientos, como si estuvieran dotados de razón en toda circunstancia vital. Sin embargo, cuando se empieza a ahondar en los personajes, cuando se establecen entre ellos relaciones que siempre son de poder y de dominación, inevitablemente van a comenzar a derivar hacia el caos y hacia la destrucción. Los habitantes literarios de Pombo "deambulan desconcertados, persuadidos de que yendo y viniendo cumplen sus destinos y se salvan del general absurdo"

Es inútil resistirse al cambio, pero no a la degradación. La única forma de perdurabilidad es la adaptación, manteniendo firme la propia ética, las íntimas convicciones. Uno tiene que aceptar que su destino es único, aunque lo que haga pudiera hacerlo cualquier otra persona. En el universo pombiano la felicidad no se alcanza en la ignorancia ni en la indolencia. Estos seres son despreciados, desprovistos de humanidad. La única forma de alcanzarla es mediante la consciencia. La felicidad no consiste en la falta de dolor, sino en la carencia limpia y consciente de remordimiento.




23 de septiembre de 2013

Borgiana.



     J. L. Borges y Adolfo Bioy Casares incluyeron entre sus Cuentos breves y extraordinarios unos "argumentos anotados" de Nathaniel Hawthorne, novelista estadounidense que en párrafos breves y extraordinarios nos desvela, quizá, el falso sentido de la vida, de la existencia humana a la que damos tantas dosis de verosimilitud, acaso inmerecidas:

     "Dos personas esperan en la calle un acontecimiento y la aparición de los principales actores. El acontecimiento ya está ocurriendo y ellos son los actores".

     "Que un hombre escriba un cuento y compruebe que éste se desarrolla contra sus intenciones; que los personajes no obren como él quería; que ocurran hechos no previstos por él y que se acerque a una catástrofe, que él trate, en vano, de eludir. Este cuento podría prefigurar su propio destino y uno de los personajes sería él".

     ¿Acaso el lector de esta pobre bitácora no detecta en estos párrafos la definición de su propio deambulante y vital devenir? ¿No es cierto que somos los autores y a la vez los personajes de nuestra vida, los actores que no advertimos que los acontecimientos que nos definen y crean ya están ocurriendo, los que cuando los reconozcamos ya los habremos interpretado?


 

10 de septiembre de 2013

Reseña. Quédate con nosotros, Señor, porque atardece. Álvaro Pombo.












 La noche está avanzada,
el día se echa encima:
dejemos las actividades de
las tinieblas y pertrechémonos
con las armas de la luz.















     En un pequeño convento granadino ocurre un hecho imprevisto, trágico, incomprensible. Incomprensible para las conciencias católicas, acaso también para las simplemente conciencias humanas. Uno de los monjes se ha suicidado. Esta es la trama de la última novela de Álvaro Pombo.  A raiz de este hecho, iremos profundizando en la forma de afrontarlo de los miembros de la comunidad, en sus creencias y en su manera de entender la vida. Y es que posiblemente el monacato sea la parte de la iglesia más injustamente vilipendiada, por desconocida y oculta a los ojos del mundo.
 
     Sine tuo numine, nihil est innoxium (sin tu luz, nada es inocente). Debajo de la imagen argumental Pombo araña la trama para mostrarnos la lucha desnuda de unos hombres sencillos en busca de la luz, de su luz imaginada o imaginaria, real o no, según desde dónde dirijamos a ellos nuestra mirada. No son fáciles de entender ni justificar las motivaciones de una persona para renunciar a su individualidad, aceptar la singularidad del anonimato, provocar la anulación del yo en pro de un ejercicio común: distintas atenciones individuales se dirigen a un mismo objeto intencional. Atribuir todo lo bueno a Dios, y al mismo tiempo entender que el mal siempre es obra propia. Caminar a ciegas, emprendiendo la acción sin ver su significación, abrazarse al silencio como forma de interiorizar la sumisión: el silencio de las palabras acaba en el silencio del pensamiento.

     Pombo siempre es profundo. No son banales cuestiones las que plantea en unas pocas páginas. Entre ellas el sentido de la muerte, la que es autoprovocada de forma incomprensible, pero también la muerte agnóstica, la muerte seglar. Morir no es dejar de ser, es también, y sobre todo, no haber sido. 

     Esta concepción última de la muerte es la gran tragedia del ser humano, irresoluble si no es con la divinidad, con la existencia de dios o, al menos, con la "idea de dios". Aquellos que no aceptamos el báculo divino como consuelo, transitamos intentando afrontar el absurdo del ser, destinado a la nada intemporal. El paso siguiente al agnosticismo es la apostasía, y el apóstata no siempre encuentra con facilidad el silencio ni la soledad necesarios. Quizá ahí nazca esa especie de comprensión, incluso de atracción, hacia esas islas de espiritualidad como es el convento de La Gorgoracha, donde transcurre esta novela.

     Porque el camino del hombre no es sencillo ni es inocente, y únicamente es posible recorrerlo en una dirección:

     Hacia atrás no conduce, en suma, ninguna senda, ni hacia el lobo ni hacia el niño. En el principio de las cosas no hay sencillez ni inocencia; todo lo creado, hasta lo que parece más simple, es ya culpable, es ya complejo, ha sido arrojado al sucio torbellino del desarrollo y  no puede ya, no puede nunca más nadar contra corriente. El camino hacia la inocencia, hacia lo increado, hacia Dios, no va para atrás, sino hacia adelante; no hacia el lobo o el niño, sino cada vez más hacia la culpa, cada vez más hondamente dentro de la encarnación humana.

Hermann Hesse. El lobo estepario.






Sine tuo numine, nihil est innoxium.












10 de agosto de 2013

Haroldo Conti.





     

    



Recuerdo esos días, recuerdo el aire y la luz de esos días, porque fue la primera vez que sentí los mismos sintomas que mi padre, esa oscura ansiedad que me oprimía el pecho. Por primera vez, como mi padre, sentí la alegría y la tristeza de ser un hombre solitario, y ansié metas distantes y aguardé la mañana seguro de grandes acontecimientos, y por la noche me estremecí de imprecisos deseos, percibiendo voces y ruidos remotos suspendidos como esferitas en la laxitud de las sombras, desplazándose según el viento.

(Del cuento "Todos los veranos")






     Por Telma, amiga ultramarina, tan añorada como lejana, he tenido la oportunidad de conocer a Horaldo Conti. Lo he conocido en profundidad, a través de sus cuentos, de su escritura. Porque a Conti no se le puede conocer en el sentido vulgar del término. En Buenos Aires, una madrugada de otoño, allá por el año 1976, pasó a engrosar la lista de desaparecidos tras el golpe militar en Argentina. Una víctima más de aquellos cobardes, tan numerosos en la historia, que ocultan su miedo a la cultura y al pensamiento escondiéndose tras las armas, tras la patria, tras su dios.

     La escritura de Haroldo Conti resulta un tanto oscura, quizá por el frecuente uso de localismos que aquí nos extraña un poco. Desprovista de todo adorno innecesario, desnuda de ornato, dura en cierto sentido. Sus personajes son portadores de la heroicidad que las personas sencillas poseen en su monótona cotidianeidad, están provistos de una hermosa determinación que resulta estéril, porque no son dueños de su tiempo. Se destila una predisposición trágica (en el sentido griego del término), una incapacidad de modificar no ya el destino, sino tan siquiera el presente en el que perennemente habitan.

     A lo largo de estos cuentos encontramos factores que se repiten, que comunmente figuran de forma recurrente en todos o casi todos ellos:

     El sol, "que cada día le pega fuego al mundo por las cuatro puntas". Una pesada losa sobre las espaldas de los hombres, a la vez que una nula esperanza de cambio, de renacimiento del mundo de sus propias cenizas diarias. Y en contraposición, la tierra. La tierra sin alambradas, fértil y húmeda. La tierra que tiene pulso, que respira y huele, y de la que nacen y se suceden las estaciones. La vida, el frescor y el consuelo provienen de ella.

     Hay otros elementos que se repiten y determinan el transcurrir del tiempo, pero en un sentido de pasividad. Como si el tiempo transcurriera hacia nosotros, y no nosotros a través de él. Son las cosas, los aconteceres, y no los hombres, los que van y vienen; las cosas que el río, el tren o el camino polviento llevan y traen, irremediablemente de nuevo.

     También hay personajes que se reiteran en distintas historias, lo que me hace suponer que se trata de personajes que fueron reales en la vida del escritor, posiblemente familiares o conocidos. La figura paterna es comprendida y valorada únicamente ya en la madurez, hacia atrás en el tiempo. En tanto, el padre es considerado un personaje lejano y hostil. En contraposición, tengo que hacer referencia a la sencillez con que define a la madre. Únicamente una frase, unas humildes palabras, son capaces de describirla con tanta precisión, cariño y ternura, con tanta tristeza y realismo, como si hubiera escrito un libro entero dedicado a ella: "mi madre es esa sombra encorvada frente a la cocina".

     En definitiva, Conti ha sido para mí un gran descubrimiento, que ha traído algo novedoso y de valor contra el tedio de estas largas tardes de verano. Gracias, Telma.



3 de agosto de 2013

Tristeza.



"Por eso, no os desaniméis, si alguna vez cayereis, para dejar de procurar ir adelante; que aun de esa caída sacará Dios bien, como hace el que vende la triaca para probar si es buena, que bebe la ponzoña primero. Cuando no viésemos en otra cosa nuestra miseria y el gran daño que nos hace andar derramados, sino en esta batería que se pasa para tornarnos a recoger, bastaba. ¿Puede ser mayor mal que no nos hallemos en nuestra misma casa? ¿Qué esperanza podemos tener de hallar sosiego en otras cosas, pues en las propias no podemos sosegar?"


Teresa de Jesús. Las moradas.







     Hay días en que uno se levanta con el alma desarbolada. Pareciera que en la noche se nos hubiera caído y al recogerla en mitad del sueño la hubiéramos recompuesto mal, como si quedara cambiada y opaca, o vuelta del revés. En estos días suceden cambios repentinos y de gran calado anímico. Lo que en las mañanas de ayer fueran ilusiones hoy son dolorosas incertidumbres. Los sueños con los que nos arrullábamos cada noche en la soledad de la almohada se nos han tornado ajenos y ya no nos pertenecen. Nos acostamos agotados de no reconocernos, nos levantamos cansados de no poder soñarnos. Una pesada cortina nos cubre el ánimo y nos inmoviliza. Ya solo acertamos a invocar la más hermosa y la más trágica de las citas de Pessoa: "el corazón, si pudiese pensar, se pararía."

     Sé que una de las causas de este estado es la torturante calor del verano en esta tierra, que nunca he soportado con dignidad, pero no es la única. Hay otras, y no en todas me reconozco inocente. También sé que en su momento los caminos volverán a mojarse y el polvo que ahora atormenta el aire se trocará en barro, que el horizonte de nuevo se mostrará limpio y que el viento frío, como un reto, como un desafío, volverá a azotarnos el rostro. 

     Hoy el mástil que otrora soportara la fuerza y el empuje de las velas desplegadas flota a la deriva en el mar, sus aguas lo abrazan y con su meloso vaivén lo comienzan a pudrir por dentro. Lo tumbaron el viento y la sal, que arrastraban ecos de antiguas promesas y el vacío del tiempo perdido. Pero este mástil volverá a levantarse y a mirar el horizonte, a señalar hacia las estrellas, a fijar su propio rumbo y a navegar sin brújula inventando cada día su destino. Y también sé que cuando por última vez caiga se hundirá definitivamente en el océano, y las olas portarán su orgullo de no haber conocido ni alimentado nunca el fuego.



14 de julio de 2013

Ariadna.








     Barcos con velas negras arriban al puerto de Creta. Provienentes de Atenas, portan el precio de la verguenza, de la rendición, el pago anual a cambio de la paz: siete jóvenes y siete doncellas destinados a ser ofrecidos, uno por cada nueva luna, como sacrificio y alimento al Minotauro. Entre ellos se encuentra Teseo, hijo del Rey de Atenas, que ha partido como voluntario para intentar una azaña que se antoja imposible: dar muerte a la bestia y salir con vida del laberinto, liberando así a su pueblo del ignominioso tributo.

     Ariadna, hija de Minos, al ver al joven ateniense se rinde a su belleza. Enamorada de él, le hace entrega de una espada mágica y de un ovillo de hilo dorado, elementos con los que Teseo conseguirá su objetivo. Libre al fin Atenas del deshonroso pacto con Creta, la princesa embarca en secreto con él. Pero una gran tormenta los obliga a atracar en la isla de Naxos. Calmado el mar, al embarcar de nuevo no consiguen encontrarla, por lo que se ven obligados a zarpar sin ella.

     Abandonada en la isla, Ariadna conoce a Dionisios, dios del vino, quien le ofrece la inmortalidad a cambio de matrimonio. Tiempo después uno de sus hijos, Enopión, quizá con la mediación de Ariadna, recibirá un regalo: el secreto de la elaboración del caldo divino. Será el primer hombre que podrá hacer vino en la Tierra.

     Siglos después, Jesús de Nazaret obrará su primer milagro en la ciudad hebrea de Canaán. A petición de su madre inmaculada, a ruego de María, convertirá el agua en vino, como un regalo de dios a los hombres. Ariadna, en griego antiguo, significa "la más pura, la más santa"

     Después, los cristianos, poseedores acaso del último de los mitos, convertirán el vino en la auténtica sangre de su dios, esperanzados en la creencia de que otorga la inmortalidad a quienes lo compartan en comunión.

      Perdidos para siempre aquellos tiempos, quizá felices, en que los dioses eran dueños de los destinos humanos.







8 de julio de 2013

Espera inacabada.




     En África empezó el viaje humano en el mundo. Desde allí emprendieron nuestros abuelos la conquista del planeta. Los diversos caminos fundaron los diversos destinos, y el sol se ocupó del reparto de los colores.

     ... nos resulta imposible creer que en aquellos tiempos remotos el mundo entero era nuestro reino, inmenso mapa sin fronteras, y nuestras piernas eran el único pasaporte exigido.

Eduardo Galeano.









     La mujer está sentada en la playa desde que se puso el sol. Sola, oscura, única. Su  mano tensa y sudorosa se aferra al teléfono móvil con tanta fuerza que ya no le duele. Hace cuatro días que sonó por última vez, cuatro días desde que su amado Ahmed la llamó para decirle que comenzaba su travesía por el Estrecho, que por fin partía de nuevo a su encuentro, para luchar junto a ella por una vida distinta, para que pudieran juntos soñar sus hijos y para que éstos tuvieran derecho a soñar en futuro.

     El mar tiende hacia la mujer derrumbada sus brazos negros de espuma blanca, la promesa de un arrullo, de aliviar su pena en su frío regazo. Para robarle a la arena sus lágrimas y llevarlas lejos, muy lejos, llevarlas a todas las costas, a todos los acantilados, a la desembocadura de todos los ríos. Como un trofeo, un nuevo botín en su interminable y antigua lucha por decidir el destino de los hombres.

     No habrá otra noche más. Únicamente las estrellas y la luna, blanca como la espuma del mar, saben que ya no habrá más espera. A la mañana, los primeros bañistas encontrarán un viejo teléfono móvil abandonado en la arena, mojado y roto. Indolentes, pensarán que alguien lo perdió, involuntariamente.





5 de julio de 2013

La niña de Velázquez.




     Ha sido un reencuentro inesperado, pero gozoso. Gozoso y feliz, intenso. Como un nuevo conocimiento. La ví por primera vez hace ahora doce años, a la entrada del museo hortera de Nueva York donde trabajaba. De pelo blanco, edad próxima a la jubilación,  "con aspecto general de abandono fumaba un cigarrillo, con esa actitud entre obstinada y furtiva de los fumadores americanos que han de salir a la intemperie para aspirar unas caladas, defendiéndose del frío junto a alguna columna o al abrigo de un ángulo del edificio, dando chupadas rápidas al cigarrillo y disimulándolo luego, temerosos de la censura de quienes pasan a su lado. Tan antigua que ni siquiera prescindió del hábito de fumar. "

     Aquel lejano día en que por vez primera la vi casi no me di cuenta de su presencia. Pasé por su lado indiferente, creo que lo único que advertí fue ese disimulo como culpable, esa ocultación del hecho de fumar tan extraña entonces para un español, pero por lo insignificante del encuentro solo pensé en la falsa y extraña moral de los norteamericanos, que proscriben a una señora por fumar y permiten que un adolescente lleve un arma de fuego. 

     La presencia de aquella mujer fue olvidada de inmediato, si es que llegó a ser advertida. Es como si todos los días al ir al trabajo viéramos una anciana parada en el portal de su casa. Nos resultaría tan nimia, tan insignificante, que abrigados todavía por el sueño y ya con la prisa hacia el trabajo no nos daríamos cuenta si un día dejara de estar. Pero quizá, si al cabo de un largo tiempo, de repente una mañana volviera a ocupar su lugar, percibiríamos entonces en un instante el vacío que habíamos ignorado, vibrando como un extraño remordimiento.

     Por eso el reencuentro me ha sido tan gozoso. No he vuelto al museo de Nueva York, donde nunca he estado. Mi antigua conocida vive en unas pocas líneas en una de las últimas páginas de un libro de más de quinientas. Nada más comenzar a leer las primeras palabras que a ella se referían he tenido la certeza de saber de quién se trataba, de rememorar el momento exacto en que la conocí por primera vez, de recordar que sus ojos negros eran mucho más jóvenes que ella. De alguna manera había quedado prendida en algún rincón de mi memoria, oculta siempre, para surgir ahora con la nitidez que no percibí la primera vez, para regalarme un motivo más para no dejar nunca de leer.

     Ahora sé que en sus aburridas jornadas de trabajo en el museo le gustaba especialmente un cuadro de Velázquez, "el retrato de esa niña morena, que nadie sabe quién fue, ni cómo se llamaba, ni por qué Velazquez la pintó".

     Si el paciente y castigado lector no ha reconocido el libro en el que habita esta mujer, me disculpará que no lo desvele, me permitirá mantenerlo oculto, quieto y dormido en la estantería tan desordenada. Como la desconocida identidad de la niña de Velázquez, con sus ojos tan negros. 








1 de julio de 2013

De crisis y de poesía.









      Con la mezquindad propia de quien carece de argumentos para defender un discurso, con la desvergonzada arrogancia de aquel que infantiliza su lenguaje para intentar convencer a quien pueda discrepar, con ese servilismo infame no visto en Europa quizá desde la Francia de Vichy, decía el Ministerio de Economía hace unos días que tenía en su poder una "carta física" que nadie ha visto pero que le han enviado de la Comisión Europea (debe ser como la Marca Negra en La Isla del Tesoro), en relación con el decreto antidesahucios aprobado recientemente por el parlamento andaluz, según la cual dicha norma puede desestabilizar el mercado inmobiliario español, provocar subidas en la prima de riesgo, hacer caer el interés de los inversores extranjeros por los activos inmobiliarios del país e interrumpir la reapertura del crédito bancario a empresas y particulares [sic]. (Diario Córdoba, 25-6-2013).


     Obvio, natural, razonable. Con un ejemplo estará más claro: quien no ve el terrible peligro que para la economía del país supone evitar que quede en la calle abandonada a su suerte una anciana octogenaria por tener en su día la temeridad de avalar la hipoteca de su hijo es porque no quiere, o porque es igual de temerario e inconsciente. Tras la estupefacción y la ira de esta nueva estupidez institucional, me vienen a la mente las palabras de don Quijote a su escudero: "ladran, Sancho, señal que cabalgamos", pero que en realidad  parecen mal atribuídas al Caballero de la Triste Figura y provenir de un poema de Goethe: 

Pero sus estridentes ladridos
sólo son señal de que cabalgamos.


     Efectivamente, ladran. Y lo hacen porque la primera medida no económica sino política que un parlamento democrático, en representación legítima de los ciudadanos, adopta para luchar contra esta enorme estafa ha ido a poner el dedo en la llaga, a cuestionar la legitimidad de anteponer intereses financieros o económicos por encima de los derechos de las personas. 

  Estudiantes, funcionarios, trabajadores, desempleados, pensionistas..., hemos sido designados culpables (si el amable lector no pertenece a algunos de estos grupos, no debe preocuparse. También vendrán a por él). Como Josef K., nos movemos de un lado a otro intentando probar nuestra inocencia sin saber de qué se nos acusa ni cómo defendernos. Desesperados, acabaremos como el personaje de Kafka, ofreciendo con alivio nuestro desnudo cuello al cuchillo del verdugo, dejándonos arrastrar hacia una nueva diáspora social, caminando en silencio y llevando con nosotros únicamente lo que podamos cargar en nuestros hombros, dejando atrás los derechos conquistados con tanto esfuerzo y tanta sangre a lo largo de la historia.

     Porque efectivamente las revoluciones burguesas que hicieron vibrar a toda Europa en el siglo XIX, los movimientos obreros que consiguieron consolidarse a pesar de tanta represión, de tanta oposición no siempre únicamente terrenal, han quedado olvidados en polvorientos libros de historia que ya nadie consulta. Por muchas razones, hoy en día no sería factible volver a tomar la Bastilla, no es posible una gran revolución en el sentido tradicional como solución al perverso status dominante. La única respuesta está en la oposición frontal ante la evidente injusticia y ante el clamoroso absurdo, la oposición que imperceptiblemente va sumando pequeños gestos, solo aparentemente inútiles, millones de pequeñas primaveras, de verdores imprevistos, minúsculos e insignificantes. Sin dejarnos arrastrar por la desesperación o el abatimiento, sin caer en el desánimo ni en la desesperanza ni abandonar nunca la plaza, usando la poesía como barricada, siempre:

     No es en los anchos campos o en los jardines grandes donde veo llegar la primavera. Es en los pocos árboles pobres de una plazuela de la ciudad.
Allí, el verdor destaca como una dádiva y es alegre como una tristeza buena.
Fernando Pessoa.
Libro del desasosiego.






22 de junio de 2013

De las transformaciones de la memoria.






     "Sólo quienes nos hemos ido sabemos cómo era nuestra ciudad y advertimos hasta qué punto ha cambiado: son los que se quedaron los que no la recuerdan, los que al verla día a día la han ido perdiendo y dejando que se desfigure, aunque piensen que son ellos los que se mantuvieron fieles, y nosotros, en cierta medida, los desertores."

Sefarad. Antonio Muñoz Molina.




     

     Extraño mundo el de la memoria, el de los recuerdos de las cosas que vivimos en nuestra infancia, en nuestra juventud. Inocentes, pensamos que las imágenes que conservamos son fieles al momento que  nos evocan, fieles a nosotros, a nuestra forma de ser y de pensar. Y es que la ingenuidad no se abandona nunca del todo.

     Cuando una persona ha sufrido una vivencia traumática, o se encuentra asustada, o histérica, se le ofrece un vaso de agua para tranquilizarla. Parece que se trata de una reminiscencia de cuando vivíamos en los árboles, una especie de recuerdo casi pre-humano. Cuando un animal salvaje bebe agua en un río, se ha cerciorado antes de bajar la cabeza de que no existe ningún depredador cerca. Alguna parte desconocida de nuestra memoria, instintivamente, asocia el hecho de beber a la ausencia de peligro y por eso resulta un acto tranquilizador, pero sin ninguna experiencia individual que lo pueda justificar. Es un recuerdo que viene impreso de alguna manera en nuestro cerebro, como parte de nuestro "sistema operativo".

     Sabemos ya que nuestro cerebro no viene en blanco. Sin una serie de instintos básicos para la supervivencia, sin la capacidad de aprendizaje por imitación, no tendríamos posibilidad alguna de sobrevivir. Pero desde el mismo momento en que nacemos, quizá antes, vamos acumulando experiencias sensoriales que irán formando como una especie de memoteca o archivo de recuerdos. Pero en contra de lo que solemos pensar, no se trata de un almacén de fotografías escondidas en nuestra mente a las que podemos acudir cuando queramos. Biológicamente, un recuerdo no es más que una determinada combinación de elementos químicos e impulsos eléctricos. Sensorialmente, es una construcción hacia atrás.

     Efectivamente, el recuerdo no es algo que se recupera intacto tal y como fue en su momento, sino que se construye en nuestra mente ahora, en este instante, hacia atrás y además de forma distinta cada vez, aún sin que seamos conscientes de esas diferencias. Y es por ello por lo que cuando nos vemos de repente en una fotografía antigua no nos reconocemos a nosotros mismos, ni a nuestros amigos, porque los recordamos como son ahora. Aunque tengamos memoria del momento, de la situación recreada, nos resultarán extraños nuestros rostros, nuestros peinados o vestidos, las señales de la juventud en los rostros. Y es porque acudimos al pasado con parámetros actuales, y no únicamente parámetros estéticos, sino incluso éticos o morales. Es posible que aquí esté una de las numerosas claves de los conflictos generacionales. ¿Cuántos reproches dejaríamos de hacer a nuestros hijos si pudiéramos recordarnos a nosotros con su misma edad tal y como fuimos entonces en realidad, con la medida de las cosas que teníamos en aquellos tiempos, en lugar de usar las de ahora?

     Recordar, por tanto, no es un hecho objetivo, como casi nada lo es en realidad. Tampoco es un acto pacífico, puede provocar contradicciones con nuestro propio sentido de las cosas. Es suficiente observar un texto escrito por uno mismo hace unos años. Lo primero que no reconoceremos es la letra, tan cambiada sin que nos hayamos dado cuenta. Y por supuesto, nos será extraño el contenido, tendremos la seguridad de que lo podríamos haber hecho mejor. No es cierto, simplemento ocurre que, al igual que nuestra letra, ha cambiado nuestra forma de escribir al mismo tiempo que nuestra manera de pensar y de sentir. 

     Es necesario, por tanto, que exista un elemento distorsionador de la memoria, un "descodificador" que cada vez que se construya una situación pasada la adapte al momento actual para hacerla soportable. Sin este elemento no sabríamos vivir. ¿Qué sería de nosotros sin la capacidad de olvidar?








15 de junio de 2013

Reseña. Tiempo de Silencio. Luís Martín-Santos.






 



     "De este modo podemos llegar a comprender que un hombre es la imagen de una ciudad y una ciudad las vísceras puestas al revés de un hombre, que un hombre encuentra en su ciudad no sólo su determinación como persona y su razón de ser, sino también los impedimentos múltiples y los obstáculos invencibles que le impiden llegar a ser, que un hombre y una ciudad tienen relaciones que no se explican por las personas a las que el hombre ama, ni por las personas a las que el hombre hace sufrir". 







     Una ciudad. Una época difícil, las primeras décadas de la dictadura. Una historia, un argumento lineal, sencillo. Contada con un lenguaje culto, a veces excesivamente barroco en mi opinión. Aparentemente una novela más, hermosa, bien contada. Pero hay mucho más dentro de ella.

     La ciudad devora y excreta a los hombres como un monstruo, configura a unos personajes  a los que "hacía tal como sin remedio eran (como ellos creían que eran gracias a su propio esfuerzo)". Personajes, hombres y mujeres, que con un cierto poso cervantino no perciben la bajeza de sus vidas sino que elevan su propia miseria a la categoría de mérito. Pero no como consecuencia de la locura, sino por una percepción voluntariamente falsa de su propia conciencia.

     Tiempo de Silencio es una imagen lúcida de una sociedad moralmente putrefacta. No es que carezca de valores éticos (todas las generaciones han apreciado una pérdida de valores en la siguiente), sino que éstos conforman una farsa, una doble y viciada moral de escaparate, que sustenta un decorado de cartón donde nada es como parece, y en el que al mirar detrás de las lujosas fachadas humanas encontráramos solares estériles, abandonados y repletos de basura y podredumbre. 

     Esta falsa conciencia, esta perversión ética, son la parte visible de la sociedad. Asimilada metafóricamente a la luz del sol, al día y a la mentira. Es en la oscuridad, en las tinieblas de la sucia intimidad, donde puede encontrarse la verdad de las cosas, la verdadera conciencia oculta incluso a sus propios poseedores. En algunos aspectos, pareciera que Martín Santos diera réplica con esta novela a La Comena de Cela, escrita una década antes, y en una especie de rivalidad literaria, contrapone dos escenarios típicos de la primera y los dibuja con características antagónicas entre ambas obras:

     - El prostíbulo, que a diferencia del que supone un refugio y ofrece seguridad al protagonista de La Colmena, en Tiempo de Silencio es sórdido, sucio, infernal. En él los clientes se cruzan en los pasillos sin mirarse a la cara porque se sienten avergonzados, y grotescamente la más vieja de las prostitutas es elevada por uno de los personajes a la categoría de dama, al estilo de las damas del castillo que viera Don Quijote en las prostitutas de la posada.

     - El café literario, donde se ofrece una burla de unos falsos intelectuales que no son más que pretenciosos ignorantes que se inventan en eruditos personajes. De ellos dirá Martín Santos que ninguno es reconocido como maestro por los demás ni tampoco se tiene a sí mismo como discípulo, en una evidente acusación de falsa de modestia y de mérito.








  

27 de mayo de 2013

La infancia recuperada.




     A veces pienso cuánto me gustaría viajar a través de un cerebro infantil. Por lo que recuerdo de mi propia niñez, creo que debe de tener cierto parecido con la paleta de un pintor loco; un caótico país de abigarrados e indisciplinados colores, donde caben infinidad de islas brilantes, lagunas rojas, costas con perfil humano, oscuros acantilados donde se estrella el mar en una sinfonía siempre evocadora, nunca desacorde con la imaginación...
Ana María Matute. Los niños buenos.


     Cuando mis hijos eran pequeños, solía contarles que su madre y yo habíamos ido a por ellos al "País de los Bebés", un lugar fantástico repleto de niños y niñas recién nacidos, donde los futuros papás elegían su preferido. El cuento más o menos era siempre el mismo. "En cuanto te vimos supimos que te escogeríamos a tí", "eras el más guapo", "mamá se quedó prendada de cómo te reías", y multitud de variaciones que siempre eran distintas pero venían a influenciar su pequeño ego infantil, todavía sin asentar en el mundo.

     Puedo recordar perfectamente sus caritas embobadas (curiosa la etimología de esta palabra) y su manera de hacer preguntas para hacer más larga la historia, o simplemente pedir con insistencia su repetición. Y lo recuerdo con una suave punzada de nostalgia que, como todos los padres conocen, a veces llega también a doler.

     Entonces me maravillaba yo de dos cosas. Por un lado, no les importaba volver a escuchar una y otra vez una historia que ya era conocida, se sumergían en ella y la disfrutaban con la misma sorpresa, con el mismo interés que la primera vez que pudieron oirla. Por otro, cómo eran capaces de superponer la realidad y la fantasía, recurriendo a una u otra según les fuera conveniente. Ellos conocían su nacimiento biológico, sabían que habían nacido "de la barriga de mamá", pero aceptaban igualmente la existencia del "País de los Bebés" como si ambas cosas fueran la explicación del mismo hecho en dos mundos distintos. ¡Qué maravillosa la mente infantil -pensaba yo entonces-, que es capaz de no renunciar a la fantasía, a la imaginación, a lo que hace el mundo minúsculo de los niños tan maravilloso!

     Y es que tendemos a una visión de la infancia como un  mundo en el que la fantasía está permitida y así, por exclusión, nos la prohibimos de adultos. El niño pierde la infancia cuando abandona la imaginación y entra, derrotado, en el mundo real, el mundo de las personas mayores, donde la imaginación no está permitida o, al menos, tiene unos determinados límites que la mantienen sujeta a una distancia conveniente de la cordura.

     Pero quizá estemos equivocados. Puede que el niño no sea simplemente un proyecto de hombre, que la infancia no consista únicamente en una etapa de adaptación y crecimiento, de preparación. Al contrario, como decía Ana María Matute, pudiera ser que el adulto sea lo que quede del niño, y que aquello que hayamos podido conservar de inocencia, de embobamiento y de fantasía, sea lo que nos forma como personas adultas. ¿Emergemos de la candidez infantil o nos sumergimos en el mundo inseguro de la madurez? ¿De dónde tomamos la última bocanada de aire?

     No podemos, por tanto, renunciar a los cuentos, desertar de nuestro mundo imaginario, aquel que nos abriga y  nos releva por unos instantes de la cotidianeidad, al que recurrimos cada noche al cerrar los ojos como método más seguro de convocar al sueño. Y es posible que, cuando contamos un cuento a un niño, al escucharnos a nosotros mismos, tengamos que rendirnos y, como él, abrir los ojos a un mundo nuevo que solo es real en nuestra imaginación pero que podemos hacer tan válido como otro cualquiera, y que debamos reconocer como necesario para alcanzar un grado soportable de felicidad.




  

   Saint-Exupéry pedía perdón en la dedicatoria de su "Principito" por haber dedicado el libro a una persona mayor. No debemos de confundir siempre con un sombrero a la serpiente boa que se ha tragado un elefante, deberíamos atemorizarnos de ese dibujo, como un niño. Y no cesar nunca de buscar pedacitos de cristal y guardarlos como auténticas y valiosísimas joyas, aguantar los cortes de la vida sin renunciar a ese tesoro oculto donde podamos encontrar el refugio que pensamos que un día abandonamos para siempre, y que podemos recuperar sin que exista cosa alguna capaz de sustituirlo:

     La niña tenía nueve años y coleccionaba pedacitos de espejo roto. Iba buscando siempre entre los desperdicios y las hierbas de los solares, y en cuanto algo brillaba lo cogía y lo guardaba en aquel bolsillo con visera y botón que llevaba a un lado del vestido. Alguna vez se cortaba los dedos, pero no lloraba nunca, y volvía a su tarea.
Fausto. Ana María Matute.