... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

9 de febrero de 2013

La huida.








     La pesada puerta de hierro y cristal cede, no sin esfuerzo. Decidido, traspasa la entrada del portal en penumbra. En la mano izquierda, sudorosa, aprieta el arrugado papel donde figura la dirección tan largamente buscada y encontrada de forma inesperada, en uno de esos extraños giros que el azar fabrica para confundirse con el destino. Dentro, las viejas y fatigadas bombillas cuelgan tan altas que apenas prestan luz suficiente para distinguir un tenue brillo que señala los horizontales contornos de los desgastados peldaños, y en un débil reflejo oblicuo se adivina la mugrienta barandilla de madera que alguna vez debió conocer pulimento y barniz. Nada más comenzar a subir la escalera, los antiguos e inolvidables olores de una ignota cocina se filtran por las rendijas de las puertas, por los agujeros de las mirillas y por entre las paredes desvencijadas y los mohosos rincones, y como un relámpago evocan un intenso recuerdo que rechaza con firmeza porque es ya irremediablemente lejano.

     Hundido en su propio desasosiego ha subido ya hasta el cuarto piso. En el descansillo se concede un tiempo para recuperar una respiración que se aproxime a la normalidad y, por fin, acerca su mano al timbre de la puerta. En un último e infinitesimal instante le abandona todo el aplomo inicial, el arrojo desaparece. La incertidumbre y el temor le aprietan tanto y con tanta desmesura, que en un gesto indecidido se gira y comienza a bajar todo lo rápido que le es posible, buscando ávidamente la salida a la calle como busca el submarinista que asciende de las oscuras aguas la bocanada de aire que inunde de nuevo sus pulmones, sintiendo sobre sí la triste y desconsoladora liviandad que imprime la huida en el corazón de los cobardes.

     Detrás de él se ha abierto una puerta. No se ha detenido. Ha cerrado los ojos para no oir si gritan su nombre. Por fin, la anónima acera, la ciudad.




No hay comentarios:

Publicar un comentario