... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

16 de febrero de 2013

Los deseos.







     ¿A dónde se lanzan los deseos? Al aire -pensó el anciano. Sí, seguramente se lanzan al aire limpio y flotan invisibles, transparentes, por encima de los hombres. Y el viento, el viento incansable que mueve el mar, los transporta de aquí para allá, incesantemente. En los días en que el viento es cálido, ese viento cálido y violento que precede a las tormentas, los deseos se mezclan unos con otros y se hacen patentes, se pueden sentir, se adivinan a veces. Así, acaso alcancen hasta nosotros ajenas avaricias, o extraños imposibles, incluso algún requiebro de amor ignorado por alguien que siempre nos será desconocido. Quizá por eso se dice que el viento, cuando sopla con fuerza, hace enloquecer a las personas.

     Solo los niños, con esa falsa ingenuidad, están a salvo del viento. Ellos anhelan con tan impaciente vehemencia que no llegan a lanzar el deseo, lo atesoran y lo guardan en su pequeño corazón hasta que un día lo ignoran y desaparece. Como desaparecerá la infancia tras vivirla como una constante insatisfacción. La única parte de nuestra vida de la que tenemos consciencia de haber perdido en lugar de haber vivido, evolucionado. Aquella donde nosotros, sin saber cómo, somos anteriores a nuestra propia memoria.

     Por eso, cuando su nieta le preguntó que dónde se lanzaban los deseos, no supo qué contestar y, con esa habilidad que dan los muchos años, con una sonrisa, le ofreció un helado para forzar su olvido.




No hay comentarios:

Publicar un comentario