... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

19 de febrero de 2013

Reseña. Pequeño teatro. Ana María Matute.









  El corazón, que era un inocente muñeco de papel, se quedó arrinconado, preso por el  viento, en una callecita sin salida.






     ¿Son los libros los que escogen a los lectores o es, acaso, al contrario?. Pudiera ser de cualquiera de las dos maneras. Hace poco, repasando casualmente una lista de los ganadores del Premio Planeta, se resaltó en ella este antiguo relato de Ana María Matute: "Pequeño teatro". El título me resultó sugerente, y conociendo a la autora de "Olvidado Rey Gudú", me sentí señalado, elegido. Bastaron apenas unos minutos y algún click de ratón y tenía el libro en mi portátil. Leído el prólogo y los primeros párrafos, decidí buscarlo y escogí la biblioteca pública. Y fue entonces cuando obtuve mi premio. Una edición de 1954, en pequeño formato, de tapa dura y color algo parecido al verde agua.

     Un libro viejo es un privilegio, un adorno para la imaginación, como una flor en un altar. Posee su olor viejo, su olor particular, como a polvo. Sus hojas finas, oscurecidas por el tiempo, las palabras que a veces se han casi desvanecido, nos llaman desde el silencio de oscuros estantes, guardan celosamente el secreto de desconocidos lectores, las añoranzas de viejas bibliotecas, y esconden las emociones que han conseguido arrancar, quién sabe cuántas veces. Un libro viejo es un objeto frágil y valioso, un objeto que hay que tratar con esmero, con desmesurado cariño, como una frágil filigrana de plata que pudiera deshacerse en nuestras manos. El lector enamorado podrá advertir, al abrirlo, una levísima vibración en la yema de sus dedos cuidadosos. Podrá escuchar un lejano susurro como traído por el viento, casi inaudible. Ambos provienen de nuestra imaginación, pero también de la algarabía de los personajes que, nerviosos, se prestan a ocupar sus correspondientes posiciones en el escenario de la trama que van a representar, íntimamente, para un único espectador. Agradecidos. Un libro, viejo o no, tiene siempre algo de magia.

     La forma de narrar de Ana María Matute es tan dulce que encandila, que seduce los sentidos. Su estilo narrativo es propio e incomparable. Ella no escribe historias, más bien las cuenta. Pero no se puede caer en el error. Dentro de esa dulzura, de esos adornos sencillos y fantásticos, no se esconde un cuento infantil, sino una historia y unos personajes complejos, no exentos de crueldad. En "Pequeño teatro" la vida transcurre en una pequeña población, Oiquixia, y su protagonista es un joven, Ilé Eroriak, que "era de cortos alcances, tardo en hablar, y había quien hallaba estúpida su sonrisa. Sus escasas palabras a menudo resultaban incoherentes y poca gente se molestaba en comprender lo que decía. Sin embargo, había un rayo de luz, fuerte y hermosa luz, que atravesaba el enramado de sus confusos pensamientos y le hería dulcemente el corazón. Su grande, su extraordinaria imaginación le salvaba milagrosamente de la vida".

     Ilé tiene un único amigo, Anderea, dueño de un pequeño teatro de marionetas, donde a veces pasa las noches: "podía entonces dormir en un estante empotrado en la pared, junto a los muñecos rotos. Así llegó a familiarizarse con aquellos cuerpecillos desarticulados, con aquellas fantásticas cabezas de madera heridas por sonrisas que se habían convertido, con el tiempo, en muecas llenas de melancolía".

     Matute nos presenta una historia sencilla, una historia de amor, como son todas las historias. Planea por encima de las amarillentas páginas una duda. ¿Son los personajes títeres de un teatro?.  ¿Qué diferencia a Zazu, la joven que huye del amor, y a Marco, el cruel seductor venido quién sabe de dónde, de Colombina y Arlequín, dos títeres que a veces prestan su voz e incluso sus hilos a los personajes? La incertidumbre la alimenta el propio protagonista: "Pero yo no soy un pobre muñeco inútil. Ni siquiera un muñeco olvidado, ni siquiera un muñeco viejo y roto. Yo soy un muñeco que salió mal".

     ¿Somos, acaso, marionetas? ¿Mueven nuestros hilos extraños dramaturgos, ajenos a nosotros, crueles y torpes faranduleros que deciden, despreocupada y cruelmente, nuestro destino:


     "He aquí lo que he observado: creáis hombres de madera, y luego os reís de ellos. Los obligáis a amarse,  os burláis de su amor. No creéis en sus tragedias, y los sacrificáis a ellas. ¡Ah, Dios mío! Bien claro he visto que hacéis de su corazón una caricatura, del mismo modo que sutituís la vida por un trozo de madera."


     Y dentro de esa dualidad formada por la indeterminación realidad-fantasía, encontramos dos elementos imprescincibles y transversales en el relato: la lluvia y el mar.

     La lluvia, constante durante toda la novela, imprescindible. La lluvia que empapa y moja por igual a todos los personajes, y simboliza esa borrosa e indeterminada línea que separa, sin claridad, la realidad de la fantasía, lo que es porque es y lo que es porque lo hemos hecho ser, porque lo hemos creado. La persona y la marioneta. La esclavitud y despreocupación del brazo que es guiado por el hilo y la pesada responsabilidad y la expontaneidad del brazo que vuela libre. Y en esa dualidad, en ese juego cruel, la constante e incansable lluvia actúa como un distorsionante que confunde tanto al actor como al espectador, como una niebla que nos impide distinguir con claridad el horizonte.

      El mar es el destino, es la esperanza, y también es la tragedia. Todas las calles de Oiquixia dan al mar, todos los personajes se dirigen en algún momento a él. Del mar viene todo, incluso lo inesperado. En él, con la ignorancia de él, buscamos la aventura y el futuro, el cambio y, de alguna manera, la felicidad. Pero sólo los locos temen, porque pueden ver más allá de la lluvia y pueden ver las amenazantes, las blancas, plateadas y brillantes crines de fantásticos animales que son las olas y que se convierten en espuma al llegar a la playa. El mar que incansablemente, eternamente, lame las rocas y la arena, borrando las huellas de los hombres desde siempre, para siempre, y que cuando nos hayamos ido, cuando haya terminado la función, no permitirá que quede rastro de nuestro paso. Al igual que una vez barrido el escenario del pequeño teatro no quedará sobre sus tablas de madera señal alguna del espectáculo que se acaba de representar en él. Tan solo el silencio de los títeres, arrumbados en el cajón, sujetos unos a otros por sus hilos enredados entre sí.






4 comentarios:

  1. No pude con "Olvidado rey Gudú". Me gustó la idea pero me pareció soporífero, lo siento. Prefiero la A.M. Matute de otra época, la que escribió historias maravillosas e íntimas como "Primera memoria", "Pequeño teatro" y tantas otras. Se ha olvidado esa faceta de su literatura siendo la mejor, con mucho.

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  2. Sin desmerecer lo anterior, te aconsejaría insistir más adelante en el Gudú. A mí me encantó. De todas formas, para gustos colores. Gracias por participar en este sitio, y un saludo.

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  3. Hola gracias por escribir sobre Matute. Estoy haciendo mi tesis sobre ella y el título de este blog, tan rayueliano, me llamó la atención y por ello entré.

    Yo también recomendaría Molina de Tirso continuar su lectura de Olvidado Rey Gudú. En mi opinión esta novela fantástica y Primera Memoria, son las mejores de Ana María Matute, cada que releo sus páginas encuentro algo nuevo.

    Gracias por tu análisis de las referencias acuáticas en Pequeño Teatro, no me había fijado en ello y tienes toda la razón.

    "El mar que incansablemente, eternamente, lame las rocas y la arena, borrando las huellas de los hombres desde siempre, para siempre, y que cuando nos hayamos ido, cuando haya terminado la función, no permitirá que quede rastro de nuestro paso." Esta idea coincide perfectamente con la idea primordial de Olvidado Rey Gudú: ¿Para que la Historia si al final toda obra humana será olvidada?

    En efecto, lo ficticio del mundo humano me parece un tema frecuente en Matute y no hay nada que lo escenifique mejor que el título de la novela que expones.

    Nada ilustra mejor el reproche que Ana María Matute hace a la sociedad que el epígrafe de Primera Memoria: “A ti el Señor no te ha enviado y, sin embargo, tomando Su nombre has hecho que este pueblo confiase en la mentira.” Jeremías, 28-15.

    Nada que deje más en claro el Crimen Perfecto que, según Baudrillard, la humanidad ha cometido, que las novelas de Matute, que, para rematar, cuentan con una escritura maravillosa, es decir, son forma y fondo.

    Saludos desde este lado del puente, que no puede construirse de un sólo lado.

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    1. Gracias, Sehait, por tu comentario y bienvenida, cómo no. Un abrazo.

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