... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

4 de marzo de 2013

Extravagancia cofrade.









     Cuando en estas fechas se aproxima la Semana Santa, es buena época para escribir un poco acerca de uno de sus más fundamentales elementos: las cofradías. Trazar un ligero retazo, incompleto sin duda, acerca de sus orígenes, que puede nos haga entender (que no justificar) algunos hechos que se dan todavía en nuestros días. Porque en las tradiciones se encuentra la memoria de los pueblos, pero también una parte de su olvido, que conviene sacar a la luz, siquiera de forma anecdótica.

     Hermandades y cofradías nacen en una situación histórica en la que su principal justificación, además de reunir a los fieles para organizar sus actividades religiosas, era agrupar a los distintos gremios, fundamentalmente artesanales, impidiendo así el ejercicio de la competencia a aquellos que no fuesen cristianos, esto es, a los moriscos que todavía entonces podían malvivir en la incipiente España. Era importante sin duda, e incluso saludable en aquellos momentos, pertenecer a un grupo que públicamente demostrara sus creencias religiosas.

     Vayamos ahora un poco más adelante. A partir del siglo XVI, se consolidan una serie de familias que se han ido enriquecido notablemente, de forma principal con la propiedad de la tierra, y que buscan con denuedo ascender en su escala social, aspirando a conseguir un título nobiliario o al  menos el escalafón de la hidalguía. Para ello establecen una serie de estrategias: establecimiento de patronazgos, matrimonios concertados, participación en la administración municipal, en el ejército y en órdenes militares, y la ocupación de cargos (con carácter hereditario casi siempre) en las cofradías más importantes de la localidad. Estos cargos llevan aparejados una gran consideración social, e incluso les permite formar parte del organigrama del Santo Oficio de la Inquisición. Todavía más si la cofradía en cuestión, como ocurría, por ejemplo, con la de la Santa Caridad de Lucena, se dotaba a sí misma y a sus miembros de un carácter nobiliario que exigía a los hermanos y a sus esposas un estatuto de limpieza de sangre, tan importante por aquellos tiempos, limpiando asi el apellido familiar de toda sospecha de contaminación religiosa, tan inconveniente para el progreso social que se buscaba. Aún hoy en día hay cargos cofrades que se otorgan a sí mismos un cierto poder "público", y hay también quienes se lo consienten, de manera que les hace creer que pueden situarse en igualdad de condiciones a la hora de proponer, cuando no exigir, a la hora de obedecer o no, decisiones de órganos representativos y democráticos tales como toda una corporación municipal, que votan todos los ciudadanos.

     Sin querer entrar más en estas consideraciones que doy por innecesarias y que me cansan y me aburren cuando se refieren a estos temas "religiosos", quiero hacerme eco de un hecho acontecido en Lucena a finales del siglo XVIII y que, a más de curioso, me parece significativo. Ya con anterioridad se daba la circunstancia de que las órdenes religiosas masculinas, a diferencia de las parroquias, carecían de dotación económica, por lo que estos conventos se veían forzados a buscar sus propios medios económicos. Para ello, se fomenta el establecimiento de cofradías y de devociones populares, imponiendo la exclusividad monetaria sobre los sermones y actos religiosos que celebren, aumentando así notablemente sus bienes patrimoniales y las limosnas que reciben. Así crece notablemente en el convento de la Madre de Dios en Lucena (hoy RR.PP. Franciscanos) la vocación a la hermandad de la "Limpia Concepción de Nuestra Señora".  En la tarde del 8 de diciembre de 1773, la procesión de la imagen de María, sin el acostumbrado acompañamiento de la cruz parroquial, entra en la parroquia de San Mateo. Pero el vicario y el clero parroquial se oponen a celebrar el debido recibimiento y repique de campanas en honor a la imagen, con gran escándalo de fieles, cofrades y vecinos. Dicha actitud está motivada por la negativa de los franciscanos y de la cofradía a entregar los seis ducados y media docena de libras de cera que la parroquia exige en concepto de derechos de asistencia. Se conoce que en los siguientes años continúa la controversia sin que ninguna de las partes ceda un ápice, hasta que en diciembre de 1777 se firma la paz, a cambio de que los citados derechos sean abonados, con cargo a fondos públicos, por el consistorio municipal. Afortunadamente, hoy en día ningún ayuntamiento sufragaría con dinero público actos de carácter cofrade o religioso. ¿Cierto?.



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