... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

4 de abril de 2013

Huszar, el príncipe derrotado por un bufón.



   
 
"A veces, la copa iba a estrellarse en la cara arrugada, de grandes ojeras, que asomaba por el borde de la mesa. Otras veces, la pesada mano, adornada de tantos anillos como dedos, caía sobre la cabeza y el cuerpo se vencía a un lado y rodaba los cuatro escalones del estrado. Sin ruido, excepto las carcajadas de los presentes."



     De esta manera comienza "El magnate, el bufón y la carroña", cuento breve, afilado y oscuro de Juan Eduardo Zúñiga. La cara en la que se estrella la copa, el cuerpo que rueda los escalones del estrado, pertenecen a Garai, bufón del príncipe Huszar, a quien corresponde la pesada mano llena de tantos anillos como dedos. Zúñiga tiende al lector una trampa ingeniosa, pues se ambienta en ese escenario de los cuentos infantiles, ese mundo onírico y falsamente medieval que nos es tan familiar, tan entrañable, para aquellos que una vez, en un tiempo lejano, fuimos niños. Esos bosques, esos castillos, esa oscuridad de la noche tan temible, esa magia que incomprensiblemente sobrevive a los personajes en los que ya no creemos pero que se perpetúa en nuestra memoria como un universo imaginario, ancestral e inolvidable.

     Garay, a pesar de ser la víctima de todos los golpes, de todas las injurias, es ciertamente temido entre los cortesanos, que le ahuyentaban, incluso le huían, pues "sabía todo lo que pasaba en la corte, especialmente lo abyecto". De incógnito, en la oscuridad de la noche, salía secretamente de palacio y se dedicaba a actividades inconfesables, terribles. De ellas obtenía grandes beneficios, no sin correr riesgos.

     Ocurrió que un día, usando de su descarada impunidad, de la ambiguedad, de la sorna malintencionada que sólo un bufón puede permitirse, se confesó ante el príncipe, solicitando a éste que le apartara la ronda de sus ilícitos e inmorales trabajos nocturnos, a cambio de hacerle partícipe de sus ganancias. Dos días después, al levantarse Huszar, el bufón le mostró seis monedas de oro en la palma de su mano: "Estos son, príncipe, los primeros seis granos de una mazorca de oro que ofrecí desgranar para tí. Tuyas son."

     Pasó el tiempo, y un día el príncipe Huszar, enfadado, alzó la mano sobre Garay una vez más. Era un gesto corriente y acostumbado en palacio, que despertaba hirientes sonrisas entre los atemorizados cortesanos, dichosos de vengar su miedo y su rencor en el brazo poderoso del príncipe. Pero nadie esperaba, ni pudo prever, y mucho menos el propio Huszar, la respuesta del bufón. Sin miedo, con suficiencia y energía, detuvo la mano que amenazaba el golpe: "¡Eh, príncipe, no pegues con esa mano que todas las mañanas me tiendes complacido!"



     La invitación a reflexionar es clara. Es un ejemplo, un modelo de moral. A Huszar no le pierde la avaricia, sino su incontenible vanidad. Siendo príncipe y poderoso, no necesita de esas monedas de oro, pero consiente como si de un juego se tratara. Inconscientemente ha mordido un anzuelo envenenado de azúcar y miel, se ha mostrado desnudo ante el ser más insignificante de su corte. Sin darse cuenta ha sido vencido por un simple bufón, que ha obtenido poder sobre él, venciendo a todo un príncipe de cuento y poniéndolo a sus pies. ¡Cuántas veces en la vida no adquirimos servidumbres de las que es tan difícil desprenderse!¡Y cuán difícil es no caer en ellas!



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