... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

7 de mayo de 2013

Hamlet, el hombre Vía-Láctea.






(Textos: El Diario de Hamlet García. Paulino Masip)




     Me llamo Hamlet. Soy profesor ambulante de metafísica. Mi profesión me proporciona honra suficiente y provecho escaso. Ambos me bastan. Mi mujer me pone ejemplos de vidas contemporáneas en apariencia más logradas, pero ella ignora que las formas del mundo son inciertas y capciosas.



     Todo ser humano posee una parte intelectual, metafísica, espiritual, que algunos gustan en llamar alma. Qué importa la forma de nombrar lo que nadie conoce. Hamlet García, filósofo, se considera a sí mismo "hombre Vía-Láctea, acostumbrado a bogar y a vagar por espacios sin límites ni contornos". Lo cierto es que cuando ejercemos ese aspecto intangible de nuestro ser alzamos realmente el vuelo, ascendemos no se sabe si hacia las nubes, hacia el infinito o simplemente huimos quizá de nosotros mismos, de nuestra propia existencia, hacia una inopia que nos resulte indolora. Como el salto de un grillo dentro del bote de cristal con el que juega un niño.



    
     Hay quienes vuelan siguiendo un dogma, un destino ineludible e inmutable. Su vuelo es alto y dibuja perfectas estelas blancas en el cielo, extremadamente rectas y de gran belleza, todas paralelas. Su punto de fuga es una quimera. Es la forma más fácil de volar, pero hay quien opina que es un vuelo estéril, dirigido. Quienes lo practican no tienen acceso a manejar el timón en su viaje, el destino (cierto o no) ya está predeterminado.

     El vuelo libre es mucho más difícil. No es tan bello ni admite igual altura. Su estela es irregular, a menudo discontinua y caótica, dibuja extrañas formas en el cielo, diríase enormes garabatos. Y siempre hay que afrontar la certeza de la caída, del aterrizaje forzoso cuando se agota el combustible que alimenta la razón. Pero superado el dolor del golpe, acomete la liberación de encontrarse nuevamente sobre la tierra, y el ser volador puede permitirse reptar por el barro por unos instantes, renunciando a su parte etérea, a su condición humana, hasta el momento de alzar de nuevo la mirada hacia lo alto.

     Las sirenas sonaban como las trompetas de Jericó, y a su alarido caían las murallas de tu ciudad interior que se ha quedado desnuda, inerme, propicia a todos los asaltos. Creo que nunca volverán a crecerte. Y sientes una gran angustia. Y sientes como una gran liberación. Sus murallas te abrigaban y te ahogaban. Estás a la intemperie.

     El temor que comparten todos los hombres, aquello que es circustancialmente inevitable, la tragedia. El día que negras nubes oscurezcan el aire, lo envuelvan en tinieblas. La gélida y fina lluvia desdibuja, hasta borrarlas, todas las estelas dibujadas por los hombres, por esos presuntuosos monigotes voladores. Cubriendo las aguas la tierra completamente, anegándola como en un nuevo y primer diluvio universal. A salvo un imaginado Ararat, donde quizá se pose el arca de la supervivencia. Una representación del sentido de la existencia humana. En la verdadera tragedia, todo se torna prescindible. La calavera del bufón en la mano del príncipe. El hombre se ve obligado a desprenderse hasta de las cosas que considera más imprescindibles, y entre la desposesión y la soledad queda desnudo. El ser humano desnudo y solo, enfrentado a su absurdo destino: el vacío, la oscuridad, la nada. En toda su hermosura, en toda su grandeza, en toda su nimiedad y su insignificancia. Como una Venus Anfitrite surgiendo del mar, un canto a la vida, que surgió del océano:


     El mar infinito, insondable, incomprensible quiere hablar a los hombres, enviarles un mensaje, transmitirles la verdad profunda, concreta y clara de su misterio creador y, en una concha, les presenta un cuerpo humano desnudo. ¡No palabras, ni sibilismos verbales, ni consejos, ni admoniciones; no retorcimientos de un lenguaje fugaz que por los siglos de los siglos enloquezca a los exégetas, sino el infinito en un idioma universal en el tiempo y en el espacio: un cuerpo humano desnudo! Mientras el espíritu se mezcla sobre la haz de las aguas indiferente e inútil, hablador y ocioso, las entrañas fecundas del mar cristalizaban sus raíces eternas para formar la carne de Venus. En el principio fue el cuerpo y a él se llega siempre que escarbas entre el filo de la vida y la muerte.









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