... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

27 de mayo de 2013

La infancia recuperada.




     A veces pienso cuánto me gustaría viajar a través de un cerebro infantil. Por lo que recuerdo de mi propia niñez, creo que debe de tener cierto parecido con la paleta de un pintor loco; un caótico país de abigarrados e indisciplinados colores, donde caben infinidad de islas brilantes, lagunas rojas, costas con perfil humano, oscuros acantilados donde se estrella el mar en una sinfonía siempre evocadora, nunca desacorde con la imaginación...
Ana María Matute. Los niños buenos.


     Cuando mis hijos eran pequeños, solía contarles que su madre y yo habíamos ido a por ellos al "País de los Bebés", un lugar fantástico repleto de niños y niñas recién nacidos, donde los futuros papás elegían su preferido. El cuento más o menos era siempre el mismo. "En cuanto te vimos supimos que te escogeríamos a tí", "eras el más guapo", "mamá se quedó prendada de cómo te reías", y multitud de variaciones que siempre eran distintas pero venían a influenciar su pequeño ego infantil, todavía sin asentar en el mundo.

     Puedo recordar perfectamente sus caritas embobadas (curiosa la etimología de esta palabra) y su manera de hacer preguntas para hacer más larga la historia, o simplemente pedir con insistencia su repetición. Y lo recuerdo con una suave punzada de nostalgia que, como todos los padres conocen, a veces llega también a doler.

     Entonces me maravillaba yo de dos cosas. Por un lado, no les importaba volver a escuchar una y otra vez una historia que ya era conocida, se sumergían en ella y la disfrutaban con la misma sorpresa, con el mismo interés que la primera vez que pudieron oirla. Por otro, cómo eran capaces de superponer la realidad y la fantasía, recurriendo a una u otra según les fuera conveniente. Ellos conocían su nacimiento biológico, sabían que habían nacido "de la barriga de mamá", pero aceptaban igualmente la existencia del "País de los Bebés" como si ambas cosas fueran la explicación del mismo hecho en dos mundos distintos. ¡Qué maravillosa la mente infantil -pensaba yo entonces-, que es capaz de no renunciar a la fantasía, a la imaginación, a lo que hace el mundo minúsculo de los niños tan maravilloso!

     Y es que tendemos a una visión de la infancia como un  mundo en el que la fantasía está permitida y así, por exclusión, nos la prohibimos de adultos. El niño pierde la infancia cuando abandona la imaginación y entra, derrotado, en el mundo real, el mundo de las personas mayores, donde la imaginación no está permitida o, al menos, tiene unos determinados límites que la mantienen sujeta a una distancia conveniente de la cordura.

     Pero quizá estemos equivocados. Puede que el niño no sea simplemente un proyecto de hombre, que la infancia no consista únicamente en una etapa de adaptación y crecimiento, de preparación. Al contrario, como decía Ana María Matute, pudiera ser que el adulto sea lo que quede del niño, y que aquello que hayamos podido conservar de inocencia, de embobamiento y de fantasía, sea lo que nos forma como personas adultas. ¿Emergemos de la candidez infantil o nos sumergimos en el mundo inseguro de la madurez? ¿De dónde tomamos la última bocanada de aire?

     No podemos, por tanto, renunciar a los cuentos, desertar de nuestro mundo imaginario, aquel que nos abriga y  nos releva por unos instantes de la cotidianeidad, al que recurrimos cada noche al cerrar los ojos como método más seguro de convocar al sueño. Y es posible que, cuando contamos un cuento a un niño, al escucharnos a nosotros mismos, tengamos que rendirnos y, como él, abrir los ojos a un mundo nuevo que solo es real en nuestra imaginación pero que podemos hacer tan válido como otro cualquiera, y que debamos reconocer como necesario para alcanzar un grado soportable de felicidad.




  

   Saint-Exupéry pedía perdón en la dedicatoria de su "Principito" por haber dedicado el libro a una persona mayor. No debemos de confundir siempre con un sombrero a la serpiente boa que se ha tragado un elefante, deberíamos atemorizarnos de ese dibujo, como un niño. Y no cesar nunca de buscar pedacitos de cristal y guardarlos como auténticas y valiosísimas joyas, aguantar los cortes de la vida sin renunciar a ese tesoro oculto donde podamos encontrar el refugio que pensamos que un día abandonamos para siempre, y que podemos recuperar sin que exista cosa alguna capaz de sustituirlo:

     La niña tenía nueve años y coleccionaba pedacitos de espejo roto. Iba buscando siempre entre los desperdicios y las hierbas de los solares, y en cuanto algo brillaba lo cogía y lo guardaba en aquel bolsillo con visera y botón que llevaba a un lado del vestido. Alguna vez se cortaba los dedos, pero no lloraba nunca, y volvía a su tarea.
Fausto. Ana María Matute.


3 comentarios:

  1. Nos perdemos cuando dejamos de jugar. En el juego, en su disciplina maravillosa, reside el último paraíso posible. Todos lo que viene después, incluso el amor, no deja de ser un émulo de ese juego. Precioso escrito.

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  2. Y el cuento, Emilio. El cuento y el juego como la misma cosa, como la misma magia. Viajero, incorruptible, necesario, imprescindible. Tengo que volver a Matute, la escritora-hada: "el cuento llega y se marcha por la noche, llevándose debajo de las alas la rara zozobra de los niños. A escondidas, pegándose al frío y a las cunetas, va huyendo. A veces pícaro, o inocente, o cruel. O alegre, o triste. Siempre, robando una nostalgia, con su viejo corazón de vagabundo".
    El cuento de la vida, donde tenemos que inventarnos los zapatitos de cristal y a veces echar miguitas de pan al suelo para poder sobrevivir. ¡Qué daño hizo Disney!

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  3. Más que Walt, lo que hizo verdadero daño fue la factoría que se creó tras su muerte. Pero tenéis rázón. Estoy de acuerdo con todo lo que dice el post, me parece precioso. Un saludo

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