... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

22 de junio de 2013

De las transformaciones de la memoria.






     "Sólo quienes nos hemos ido sabemos cómo era nuestra ciudad y advertimos hasta qué punto ha cambiado: son los que se quedaron los que no la recuerdan, los que al verla día a día la han ido perdiendo y dejando que se desfigure, aunque piensen que son ellos los que se mantuvieron fieles, y nosotros, en cierta medida, los desertores."

Sefarad. Antonio Muñoz Molina.




     

     Extraño mundo el de la memoria, el de los recuerdos de las cosas que vivimos en nuestra infancia, en nuestra juventud. Inocentes, pensamos que las imágenes que conservamos son fieles al momento que  nos evocan, fieles a nosotros, a nuestra forma de ser y de pensar. Y es que la ingenuidad no se abandona nunca del todo.

     Cuando una persona ha sufrido una vivencia traumática, o se encuentra asustada, o histérica, se le ofrece un vaso de agua para tranquilizarla. Parece que se trata de una reminiscencia de cuando vivíamos en los árboles, una especie de recuerdo casi pre-humano. Cuando un animal salvaje bebe agua en un río, se ha cerciorado antes de bajar la cabeza de que no existe ningún depredador cerca. Alguna parte desconocida de nuestra memoria, instintivamente, asocia el hecho de beber a la ausencia de peligro y por eso resulta un acto tranquilizador, pero sin ninguna experiencia individual que lo pueda justificar. Es un recuerdo que viene impreso de alguna manera en nuestro cerebro, como parte de nuestro "sistema operativo".

     Sabemos ya que nuestro cerebro no viene en blanco. Sin una serie de instintos básicos para la supervivencia, sin la capacidad de aprendizaje por imitación, no tendríamos posibilidad alguna de sobrevivir. Pero desde el mismo momento en que nacemos, quizá antes, vamos acumulando experiencias sensoriales que irán formando como una especie de memoteca o archivo de recuerdos. Pero en contra de lo que solemos pensar, no se trata de un almacén de fotografías escondidas en nuestra mente a las que podemos acudir cuando queramos. Biológicamente, un recuerdo no es más que una determinada combinación de elementos químicos e impulsos eléctricos. Sensorialmente, es una construcción hacia atrás.

     Efectivamente, el recuerdo no es algo que se recupera intacto tal y como fue en su momento, sino que se construye en nuestra mente ahora, en este instante, hacia atrás y además de forma distinta cada vez, aún sin que seamos conscientes de esas diferencias. Y es por ello por lo que cuando nos vemos de repente en una fotografía antigua no nos reconocemos a nosotros mismos, ni a nuestros amigos, porque los recordamos como son ahora. Aunque tengamos memoria del momento, de la situación recreada, nos resultarán extraños nuestros rostros, nuestros peinados o vestidos, las señales de la juventud en los rostros. Y es porque acudimos al pasado con parámetros actuales, y no únicamente parámetros estéticos, sino incluso éticos o morales. Es posible que aquí esté una de las numerosas claves de los conflictos generacionales. ¿Cuántos reproches dejaríamos de hacer a nuestros hijos si pudiéramos recordarnos a nosotros con su misma edad tal y como fuimos entonces en realidad, con la medida de las cosas que teníamos en aquellos tiempos, en lugar de usar las de ahora?

     Recordar, por tanto, no es un hecho objetivo, como casi nada lo es en realidad. Tampoco es un acto pacífico, puede provocar contradicciones con nuestro propio sentido de las cosas. Es suficiente observar un texto escrito por uno mismo hace unos años. Lo primero que no reconoceremos es la letra, tan cambiada sin que nos hayamos dado cuenta. Y por supuesto, nos será extraño el contenido, tendremos la seguridad de que lo podríamos haber hecho mejor. No es cierto, simplemento ocurre que, al igual que nuestra letra, ha cambiado nuestra forma de escribir al mismo tiempo que nuestra manera de pensar y de sentir. 

     Es necesario, por tanto, que exista un elemento distorsionador de la memoria, un "descodificador" que cada vez que se construya una situación pasada la adapte al momento actual para hacerla soportable. Sin este elemento no sabríamos vivir. ¿Qué sería de nosotros sin la capacidad de olvidar?








1 comentario:

  1. No hay una memoria fiable, Manolo. Yo creo que la modificamos a cada día que pasa. La memoria es lo que nos cuenta a qué debemos aferrarnos. Solo eso. Trae libros antiguos y nos insinúa la posibilidad de leer libros nuevos, que luego serán antiguos, claro. Hay dolor y hay júbilo dentro. Pero la memoria son palabras, y tenemos la habilidad de manejarlas sin respeto. de cambiarlas a beneficio propio. Soy lo que me interesa ser, siempre. Un abrazo.

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