... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

15 de junio de 2013

Reseña. Tiempo de Silencio. Luís Martín-Santos.






 



     "De este modo podemos llegar a comprender que un hombre es la imagen de una ciudad y una ciudad las vísceras puestas al revés de un hombre, que un hombre encuentra en su ciudad no sólo su determinación como persona y su razón de ser, sino también los impedimentos múltiples y los obstáculos invencibles que le impiden llegar a ser, que un hombre y una ciudad tienen relaciones que no se explican por las personas a las que el hombre ama, ni por las personas a las que el hombre hace sufrir". 







     Una ciudad. Una época difícil, las primeras décadas de la dictadura. Una historia, un argumento lineal, sencillo. Contada con un lenguaje culto, a veces excesivamente barroco en mi opinión. Aparentemente una novela más, hermosa, bien contada. Pero hay mucho más dentro de ella.

     La ciudad devora y excreta a los hombres como un monstruo, configura a unos personajes  a los que "hacía tal como sin remedio eran (como ellos creían que eran gracias a su propio esfuerzo)". Personajes, hombres y mujeres, que con un cierto poso cervantino no perciben la bajeza de sus vidas sino que elevan su propia miseria a la categoría de mérito. Pero no como consecuencia de la locura, sino por una percepción voluntariamente falsa de su propia conciencia.

     Tiempo de Silencio es una imagen lúcida de una sociedad moralmente putrefacta. No es que carezca de valores éticos (todas las generaciones han apreciado una pérdida de valores en la siguiente), sino que éstos conforman una farsa, una doble y viciada moral de escaparate, que sustenta un decorado de cartón donde nada es como parece, y en el que al mirar detrás de las lujosas fachadas humanas encontráramos solares estériles, abandonados y repletos de basura y podredumbre. 

     Esta falsa conciencia, esta perversión ética, son la parte visible de la sociedad. Asimilada metafóricamente a la luz del sol, al día y a la mentira. Es en la oscuridad, en las tinieblas de la sucia intimidad, donde puede encontrarse la verdad de las cosas, la verdadera conciencia oculta incluso a sus propios poseedores. En algunos aspectos, pareciera que Martín Santos diera réplica con esta novela a La Comena de Cela, escrita una década antes, y en una especie de rivalidad literaria, contrapone dos escenarios típicos de la primera y los dibuja con características antagónicas entre ambas obras:

     - El prostíbulo, que a diferencia del que supone un refugio y ofrece seguridad al protagonista de La Colmena, en Tiempo de Silencio es sórdido, sucio, infernal. En él los clientes se cruzan en los pasillos sin mirarse a la cara porque se sienten avergonzados, y grotescamente la más vieja de las prostitutas es elevada por uno de los personajes a la categoría de dama, al estilo de las damas del castillo que viera Don Quijote en las prostitutas de la posada.

     - El café literario, donde se ofrece una burla de unos falsos intelectuales que no son más que pretenciosos ignorantes que se inventan en eruditos personajes. De ellos dirá Martín Santos que ninguno es reconocido como maestro por los demás ni tampoco se tiene a sí mismo como discípulo, en una evidente acusación de falsa de modestia y de mérito.








  

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