... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

1 de julio de 2013

De crisis y de poesía.









      Con la mezquindad propia de quien carece de argumentos para defender un discurso, con la desvergonzada arrogancia de aquel que infantiliza su lenguaje para intentar convencer a quien pueda discrepar, con ese servilismo infame no visto en Europa quizá desde la Francia de Vichy, decía el Ministerio de Economía hace unos días que tenía en su poder una "carta física" que nadie ha visto pero que le han enviado de la Comisión Europea (debe ser como la Marca Negra en La Isla del Tesoro), en relación con el decreto antidesahucios aprobado recientemente por el parlamento andaluz, según la cual dicha norma puede desestabilizar el mercado inmobiliario español, provocar subidas en la prima de riesgo, hacer caer el interés de los inversores extranjeros por los activos inmobiliarios del país e interrumpir la reapertura del crédito bancario a empresas y particulares [sic]. (Diario Córdoba, 25-6-2013).


     Obvio, natural, razonable. Con un ejemplo estará más claro: quien no ve el terrible peligro que para la economía del país supone evitar que quede en la calle abandonada a su suerte una anciana octogenaria por tener en su día la temeridad de avalar la hipoteca de su hijo es porque no quiere, o porque es igual de temerario e inconsciente. Tras la estupefacción y la ira de esta nueva estupidez institucional, me vienen a la mente las palabras de don Quijote a su escudero: "ladran, Sancho, señal que cabalgamos", pero que en realidad  parecen mal atribuídas al Caballero de la Triste Figura y provenir de un poema de Goethe: 

Pero sus estridentes ladridos
sólo son señal de que cabalgamos.


     Efectivamente, ladran. Y lo hacen porque la primera medida no económica sino política que un parlamento democrático, en representación legítima de los ciudadanos, adopta para luchar contra esta enorme estafa ha ido a poner el dedo en la llaga, a cuestionar la legitimidad de anteponer intereses financieros o económicos por encima de los derechos de las personas. 

  Estudiantes, funcionarios, trabajadores, desempleados, pensionistas..., hemos sido designados culpables (si el amable lector no pertenece a algunos de estos grupos, no debe preocuparse. También vendrán a por él). Como Josef K., nos movemos de un lado a otro intentando probar nuestra inocencia sin saber de qué se nos acusa ni cómo defendernos. Desesperados, acabaremos como el personaje de Kafka, ofreciendo con alivio nuestro desnudo cuello al cuchillo del verdugo, dejándonos arrastrar hacia una nueva diáspora social, caminando en silencio y llevando con nosotros únicamente lo que podamos cargar en nuestros hombros, dejando atrás los derechos conquistados con tanto esfuerzo y tanta sangre a lo largo de la historia.

     Porque efectivamente las revoluciones burguesas que hicieron vibrar a toda Europa en el siglo XIX, los movimientos obreros que consiguieron consolidarse a pesar de tanta represión, de tanta oposición no siempre únicamente terrenal, han quedado olvidados en polvorientos libros de historia que ya nadie consulta. Por muchas razones, hoy en día no sería factible volver a tomar la Bastilla, no es posible una gran revolución en el sentido tradicional como solución al perverso status dominante. La única respuesta está en la oposición frontal ante la evidente injusticia y ante el clamoroso absurdo, la oposición que imperceptiblemente va sumando pequeños gestos, solo aparentemente inútiles, millones de pequeñas primaveras, de verdores imprevistos, minúsculos e insignificantes. Sin dejarnos arrastrar por la desesperación o el abatimiento, sin caer en el desánimo ni en la desesperanza ni abandonar nunca la plaza, usando la poesía como barricada, siempre:

     No es en los anchos campos o en los jardines grandes donde veo llegar la primavera. Es en los pocos árboles pobres de una plazuela de la ciudad.
Allí, el verdor destaca como una dádiva y es alegre como una tristeza buena.
Fernando Pessoa.
Libro del desasosiego.






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