... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

5 de julio de 2013

La niña de Velázquez.




     Ha sido un reencuentro inesperado, pero gozoso. Gozoso y feliz, intenso. Como un nuevo conocimiento. La ví por primera vez hace ahora doce años, a la entrada del museo hortera de Nueva York donde trabajaba. De pelo blanco, edad próxima a la jubilación,  "con aspecto general de abandono fumaba un cigarrillo, con esa actitud entre obstinada y furtiva de los fumadores americanos que han de salir a la intemperie para aspirar unas caladas, defendiéndose del frío junto a alguna columna o al abrigo de un ángulo del edificio, dando chupadas rápidas al cigarrillo y disimulándolo luego, temerosos de la censura de quienes pasan a su lado. Tan antigua que ni siquiera prescindió del hábito de fumar. "

     Aquel lejano día en que por vez primera la vi casi no me di cuenta de su presencia. Pasé por su lado indiferente, creo que lo único que advertí fue ese disimulo como culpable, esa ocultación del hecho de fumar tan extraña entonces para un español, pero por lo insignificante del encuentro solo pensé en la falsa y extraña moral de los norteamericanos, que proscriben a una señora por fumar y permiten que un adolescente lleve un arma de fuego. 

     La presencia de aquella mujer fue olvidada de inmediato, si es que llegó a ser advertida. Es como si todos los días al ir al trabajo viéramos una anciana parada en el portal de su casa. Nos resultaría tan nimia, tan insignificante, que abrigados todavía por el sueño y ya con la prisa hacia el trabajo no nos daríamos cuenta si un día dejara de estar. Pero quizá, si al cabo de un largo tiempo, de repente una mañana volviera a ocupar su lugar, percibiríamos entonces en un instante el vacío que habíamos ignorado, vibrando como un extraño remordimiento.

     Por eso el reencuentro me ha sido tan gozoso. No he vuelto al museo de Nueva York, donde nunca he estado. Mi antigua conocida vive en unas pocas líneas en una de las últimas páginas de un libro de más de quinientas. Nada más comenzar a leer las primeras palabras que a ella se referían he tenido la certeza de saber de quién se trataba, de rememorar el momento exacto en que la conocí por primera vez, de recordar que sus ojos negros eran mucho más jóvenes que ella. De alguna manera había quedado prendida en algún rincón de mi memoria, oculta siempre, para surgir ahora con la nitidez que no percibí la primera vez, para regalarme un motivo más para no dejar nunca de leer.

     Ahora sé que en sus aburridas jornadas de trabajo en el museo le gustaba especialmente un cuadro de Velázquez, "el retrato de esa niña morena, que nadie sabe quién fue, ni cómo se llamaba, ni por qué Velazquez la pintó".

     Si el paciente y castigado lector no ha reconocido el libro en el que habita esta mujer, me disculpará que no lo desvele, me permitirá mantenerlo oculto, quieto y dormido en la estantería tan desordenada. Como la desconocida identidad de la niña de Velázquez, con sus ojos tan negros. 








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