... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

10 de agosto de 2013

Haroldo Conti.





     

    



Recuerdo esos días, recuerdo el aire y la luz de esos días, porque fue la primera vez que sentí los mismos sintomas que mi padre, esa oscura ansiedad que me oprimía el pecho. Por primera vez, como mi padre, sentí la alegría y la tristeza de ser un hombre solitario, y ansié metas distantes y aguardé la mañana seguro de grandes acontecimientos, y por la noche me estremecí de imprecisos deseos, percibiendo voces y ruidos remotos suspendidos como esferitas en la laxitud de las sombras, desplazándose según el viento.

(Del cuento "Todos los veranos")






     Por Telma, amiga ultramarina, tan añorada como lejana, he tenido la oportunidad de conocer a Horaldo Conti. Lo he conocido en profundidad, a través de sus cuentos, de su escritura. Porque a Conti no se le puede conocer en el sentido vulgar del término. En Buenos Aires, una madrugada de otoño, allá por el año 1976, pasó a engrosar la lista de desaparecidos tras el golpe militar en Argentina. Una víctima más de aquellos cobardes, tan numerosos en la historia, que ocultan su miedo a la cultura y al pensamiento escondiéndose tras las armas, tras la patria, tras su dios.

     La escritura de Haroldo Conti resulta un tanto oscura, quizá por el frecuente uso de localismos que aquí nos extraña un poco. Desprovista de todo adorno innecesario, desnuda de ornato, dura en cierto sentido. Sus personajes son portadores de la heroicidad que las personas sencillas poseen en su monótona cotidianeidad, están provistos de una hermosa determinación que resulta estéril, porque no son dueños de su tiempo. Se destila una predisposición trágica (en el sentido griego del término), una incapacidad de modificar no ya el destino, sino tan siquiera el presente en el que perennemente habitan.

     A lo largo de estos cuentos encontramos factores que se repiten, que comunmente figuran de forma recurrente en todos o casi todos ellos:

     El sol, "que cada día le pega fuego al mundo por las cuatro puntas". Una pesada losa sobre las espaldas de los hombres, a la vez que una nula esperanza de cambio, de renacimiento del mundo de sus propias cenizas diarias. Y en contraposición, la tierra. La tierra sin alambradas, fértil y húmeda. La tierra que tiene pulso, que respira y huele, y de la que nacen y se suceden las estaciones. La vida, el frescor y el consuelo provienen de ella.

     Hay otros elementos que se repiten y determinan el transcurrir del tiempo, pero en un sentido de pasividad. Como si el tiempo transcurriera hacia nosotros, y no nosotros a través de él. Son las cosas, los aconteceres, y no los hombres, los que van y vienen; las cosas que el río, el tren o el camino polviento llevan y traen, irremediablemente de nuevo.

     También hay personajes que se reiteran en distintas historias, lo que me hace suponer que se trata de personajes que fueron reales en la vida del escritor, posiblemente familiares o conocidos. La figura paterna es comprendida y valorada únicamente ya en la madurez, hacia atrás en el tiempo. En tanto, el padre es considerado un personaje lejano y hostil. En contraposición, tengo que hacer referencia a la sencillez con que define a la madre. Únicamente una frase, unas humildes palabras, son capaces de describirla con tanta precisión, cariño y ternura, con tanta tristeza y realismo, como si hubiera escrito un libro entero dedicado a ella: "mi madre es esa sombra encorvada frente a la cocina".

     En definitiva, Conti ha sido para mí un gran descubrimiento, que ha traído algo novedoso y de valor contra el tedio de estas largas tardes de verano. Gracias, Telma.



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