... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

3 de agosto de 2013

Tristeza.



"Por eso, no os desaniméis, si alguna vez cayereis, para dejar de procurar ir adelante; que aun de esa caída sacará Dios bien, como hace el que vende la triaca para probar si es buena, que bebe la ponzoña primero. Cuando no viésemos en otra cosa nuestra miseria y el gran daño que nos hace andar derramados, sino en esta batería que se pasa para tornarnos a recoger, bastaba. ¿Puede ser mayor mal que no nos hallemos en nuestra misma casa? ¿Qué esperanza podemos tener de hallar sosiego en otras cosas, pues en las propias no podemos sosegar?"


Teresa de Jesús. Las moradas.







     Hay días en que uno se levanta con el alma desarbolada. Pareciera que en la noche se nos hubiera caído y al recogerla en mitad del sueño la hubiéramos recompuesto mal, como si quedara cambiada y opaca, o vuelta del revés. En estos días suceden cambios repentinos y de gran calado anímico. Lo que en las mañanas de ayer fueran ilusiones hoy son dolorosas incertidumbres. Los sueños con los que nos arrullábamos cada noche en la soledad de la almohada se nos han tornado ajenos y ya no nos pertenecen. Nos acostamos agotados de no reconocernos, nos levantamos cansados de no poder soñarnos. Una pesada cortina nos cubre el ánimo y nos inmoviliza. Ya solo acertamos a invocar la más hermosa y la más trágica de las citas de Pessoa: "el corazón, si pudiese pensar, se pararía."

     Sé que una de las causas de este estado es la torturante calor del verano en esta tierra, que nunca he soportado con dignidad, pero no es la única. Hay otras, y no en todas me reconozco inocente. También sé que en su momento los caminos volverán a mojarse y el polvo que ahora atormenta el aire se trocará en barro, que el horizonte de nuevo se mostrará limpio y que el viento frío, como un reto, como un desafío, volverá a azotarnos el rostro. 

     Hoy el mástil que otrora soportara la fuerza y el empuje de las velas desplegadas flota a la deriva en el mar, sus aguas lo abrazan y con su meloso vaivén lo comienzan a pudrir por dentro. Lo tumbaron el viento y la sal, que arrastraban ecos de antiguas promesas y el vacío del tiempo perdido. Pero este mástil volverá a levantarse y a mirar el horizonte, a señalar hacia las estrellas, a fijar su propio rumbo y a navegar sin brújula inventando cada día su destino. Y también sé que cuando por última vez caiga se hundirá definitivamente en el océano, y las olas portarán su orgullo de no haber conocido ni alimentado nunca el fuego.



1 comentario:

  1. Nos encomendamos al invierno, Manolo. De todo lo demás, de lo que sugieres, nos encomendamos a la voluntad del azar o al esmero fino de su concurso. Ánimo, compañero.

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