... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

10 de septiembre de 2013

Reseña. Quédate con nosotros, Señor, porque atardece. Álvaro Pombo.












 La noche está avanzada,
el día se echa encima:
dejemos las actividades de
las tinieblas y pertrechémonos
con las armas de la luz.















     En un pequeño convento granadino ocurre un hecho imprevisto, trágico, incomprensible. Incomprensible para las conciencias católicas, acaso también para las simplemente conciencias humanas. Uno de los monjes se ha suicidado. Esta es la trama de la última novela de Álvaro Pombo.  A raiz de este hecho, iremos profundizando en la forma de afrontarlo de los miembros de la comunidad, en sus creencias y en su manera de entender la vida. Y es que posiblemente el monacato sea la parte de la iglesia más injustamente vilipendiada, por desconocida y oculta a los ojos del mundo.
 
     Sine tuo numine, nihil est innoxium (sin tu luz, nada es inocente). Debajo de la imagen argumental Pombo araña la trama para mostrarnos la lucha desnuda de unos hombres sencillos en busca de la luz, de su luz imaginada o imaginaria, real o no, según desde dónde dirijamos a ellos nuestra mirada. No son fáciles de entender ni justificar las motivaciones de una persona para renunciar a su individualidad, aceptar la singularidad del anonimato, provocar la anulación del yo en pro de un ejercicio común: distintas atenciones individuales se dirigen a un mismo objeto intencional. Atribuir todo lo bueno a Dios, y al mismo tiempo entender que el mal siempre es obra propia. Caminar a ciegas, emprendiendo la acción sin ver su significación, abrazarse al silencio como forma de interiorizar la sumisión: el silencio de las palabras acaba en el silencio del pensamiento.

     Pombo siempre es profundo. No son banales cuestiones las que plantea en unas pocas páginas. Entre ellas el sentido de la muerte, la que es autoprovocada de forma incomprensible, pero también la muerte agnóstica, la muerte seglar. Morir no es dejar de ser, es también, y sobre todo, no haber sido. 

     Esta concepción última de la muerte es la gran tragedia del ser humano, irresoluble si no es con la divinidad, con la existencia de dios o, al menos, con la "idea de dios". Aquellos que no aceptamos el báculo divino como consuelo, transitamos intentando afrontar el absurdo del ser, destinado a la nada intemporal. El paso siguiente al agnosticismo es la apostasía, y el apóstata no siempre encuentra con facilidad el silencio ni la soledad necesarios. Quizá ahí nazca esa especie de comprensión, incluso de atracción, hacia esas islas de espiritualidad como es el convento de La Gorgoracha, donde transcurre esta novela.

     Porque el camino del hombre no es sencillo ni es inocente, y únicamente es posible recorrerlo en una dirección:

     Hacia atrás no conduce, en suma, ninguna senda, ni hacia el lobo ni hacia el niño. En el principio de las cosas no hay sencillez ni inocencia; todo lo creado, hasta lo que parece más simple, es ya culpable, es ya complejo, ha sido arrojado al sucio torbellino del desarrollo y  no puede ya, no puede nunca más nadar contra corriente. El camino hacia la inocencia, hacia lo increado, hacia Dios, no va para atrás, sino hacia adelante; no hacia el lobo o el niño, sino cada vez más hacia la culpa, cada vez más hondamente dentro de la encarnación humana.

Hermann Hesse. El lobo estepario.






Sine tuo numine, nihil est innoxium.












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