... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

7 de octubre de 2013

El vuelo y el equilibrio.








     Icario Dorado dormita sentado al lado de la estufa de leña que apenas si calienta el pequeño bar del pueblo, porque la puerta continuamente se abre y se cierra y, con los parroquianos que entran y salen, se aloja en la semioscuridad del local el frío de la calle. Nunca falta un bebedor que le ofrezca un par de cigarrillos o que le convide a medio jarro de vino, para que al acabar la tarde, en pequeña tertulia, pueda recordar en voz alta sus extraordinarias aventuras. Y es que Icario, desde muy joven, tuvo el don de volar. El hombre no sabe si le fue dado en un momento determinado o si ya nació con él y un día se le reveló, de repente. Como otras personas tienen el poder de la adivinación, o el de la sanación, o pueden conseguir que las vacas y las mujeres se preñen, o componer los huesos rotos, él podía volar. Así, viajó por todos los países y por todos los mares hasta donde no hay nada más allá y las aguas del océano caen al abismo, y pudo ver todas las maravillas que en el mundo son: monstruos y diablos, animales imposibles, árboles que se mueven y que los animales que se alimentan de sus hojas tienen que dar caza... . El tiempo y la edad fueron deteriorando sus alas, hasta que un día las perdió por completo.

     Y cuando el vino le hacía hablar y despertar de su adormecimiento relataba todas estas aventuras desde su sillón de la taberna, en voz baja, con lentitud, gustándose en las teatrales pausas que conscientemente alargaba. Y los hombres que allí se reunían lo escuchaban sin burla. Lo respetaban porque lo tenían por un hombre sabio, y porque era un anciano. Y porque ninguno de ellos había salido nunca del pueblo, como si de una ancestral caverna se tratara.

     En realidad todos tenemos el don de volar, nos es dado cuando nacemos y lo vamos desarrollando con mayor o menor habilidad, con mayor o menor esfuerzo. Aprendemos a volar cayendo, y llegamos tan lejos como somos capacer de soportar el dolor y la soledad. Quien se propone alturas mediocres tendrá en la mediocridad su medida de las cosas, pero quien se fija metas imposibles solo alcanzará la frustración. No es fácil ni es gratuito acertar, pero por fortuna los objetivos son mudables, pueden cambiarse hacia adelante o hacia atrás según la necesidad. Basta con tener la inteligencia suficiente para hacerlo o para asumir los errores y volverlo a intentar.


     Los días nublados alcanzaremos a ver el Sol sólo si volamos por encima de las nubes, pero a cambio perderemos de vista las copas de los árboles y el fresco lecho de los arroyos, que es donde reside nuestro alimento. Y si por desventura nos acercamos demasiado al Sol su luz y su calor fundirá nuestras alas y caeremos al mar, como Ícaro, que da nombre al viejo somnoliento y medio loco con que comenzó este relato.



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