... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

19 de diciembre de 2013

Reseña. La Náusea. Jean-Paul Sartre.







La Náusea se ha quedado allá, en la luz amarilla. Soy feliz, este frío es tan puro, tan pura la noche; ¿no soy yo mismo una onda de aire helado? No tener ni sangre, ni linfa, ni carne. Deslizarse por este largo canal  hacia aquella palidez. Ser sólo frío.

... Ahora me deslizo despacito al fondo del agua, hacia el miedo.




Hay libros que nos dejan una especie de incómoda desazón, una sensación como de insuficiencia. Pareciera que sólo hubiéramos conseguido arañar su superficie y no llegar al corazón de la obra. Uno se consuela con el pensamiento de que, al menos, algo del conocimiento que intentan transmitir se nos haya adherido de alguna manera inconsciente, como se adhiere el polen a las alas y a las antenas de las abejas. La Náusea quizá sea uno de estos libros. 

Pesa en él la certidumbre de un conocimiento trágico del sentido de la existencia humana, del aburdo del destino de los hombres, y todo se configura lentamente, casi a escondidas, en un ambiente oscuro, extraño, a menudo marcadamente kafkiano. Sus personajes remiten continuamente nuestra memoria a aquellos que rodean al agrimensor en El Castillo.

Cuando en un momento dado Roquentin, el protagonista, decide abandonar el estudio histórico al que ha dedicado los últimos años de su vida, anota en su diario, desolado: "Martes. Nada. He existido". La existencia es vacío, existimos de la misma manera que existen las raíces de los árboles o los bancos de un parque. Existir no es ser, sino únicamente estar: "Quiero decir que, por definición, la existencia no es la necesidad. Existir es estar ahí, simplemente; los existentes aparecen, se dejan encontrar, pero nunca es posible deducirlos. Creo que hay quienes han comprendido esto. Sólo que han intentado superar esta contingencia inventando un ser necesario y causa de sí".

Efectivamente, Sartre advierte la necesidad de algunas personas de inventarse un ser capaz de justificar el sinsentido de la existencia. Alegóricamente dibuja una plaza con soportales. En el centro, la efigie de un gran prócer. Bajo los soportales, viejas mujeres vestidas de negro pasean sus perros y elevan su mirada hacia la estatua:

"No necesitan mirarlo largo rato para comprender que pensaba como ellas, exactamente como ellas sobre todos los asuntos. Ha puesto su autoridad y la inmensa erudición extraida de los infolios que aplasta con su mano pesada, al servicio de sus pequeñas ideas estrechas y sólidas. Las señoras de negro se sienten aliviadas, pueden entregarse tranquilamente a las preocupaciones de la casa, a pasear el perro; ya no tienen la responsabilidad de defender las santas ideas, las buenas ideas de sus padres; un hombre de bronce se ha erigido en defensor de ellas".

Desde el razonamiento sartriano esa dejación de la responsabilidad de pensar es inadmisible. El único destino válido del hombre es ser, saltar desde la existencia a la esencia, hacerse a sí mismo. Serse únicamente a través del pensamiento, que también es irrenunciable. No se puede dejar de ser porque no se puede dejar de pensar, incluso el querer dejar de pensar es ya un pensamiento. Es una inquietante concepción trinitaria del hombre: 

existencia     >     pensamiento     >     esencia


Pues la existencia no tiene valor alguno, nos configura como seres vacíos. No tenemos otra moral, otra ética ni otra forma de ser que la que nos construimos nosotros mismos. Con independencia del entorno social e histórico, o a pesar de él, la responsabilidad esencial es estrictamente individual: "Yo soy mi pensamiento".  

Sin embargo, hay otro aspecto menos trágico en La Náusea que no quisiera pasar por alto, a pesar de que Sartre lo trata aparentemente con ligereza. Ya comienza a formarse su concepción del hombre, y como principio rechaza aquellos humanismos que considera falsos o interesados: "El filósofo humanista, que se inclina hacia sus camaradas como un hermano mayor, y que conoce sus responsabilidades; el humanista que ama a los hombres tal como son, el que los ama tal como deberían ser, el que quiere salvarlos con su consentimiento y el que los salvará a pesar de ellos, el que quiere crear mitos nuevos y el que se conforma con los antiguos, el que ama en el hombre su muerte, el que ama en el hombre su vida, el humanista jocundo, que siempre tiene una chanza, el humanista sombrío, que se encuentra de preferencia en todos los velatorios. Todos se ignoran entre sí, en tanto que individuos, naturalmente, no en tanto que hombres."

La Náusea es la primera novela del pensador francés y se encuentra anegada de un pesimismo y de una desesperanza que irán evolucinando más positivamente en las obras posteriores de Sartre, hasta que configure su humanismo como una concepción más optimista de la existencia. Personalmente me quedo con las palabras sencillas de otro de los personajes, el Autodidacto:



"Señor -dice el Autodidacto bajando los párpados sobre sus pupilas inflamadas-, yo no creo en Dios; la ciencia desmiente su existencia. Pero en el campo de concentración aprendí a creer en los hombres."




2 comentarios:

  1. A mi que me gusta Nietzsche cuando habla de Dios, que no existe y todo eso... Nietzsche parece que se alegra de haber descubierto el fraude. No así Sartre, que da la impresión de que está muy jodido por haber descubierto que todo es absurdo.
    Cuando leí La Náusea estuve vario días pensando en todas esas cuestiones...

    Saludos. Felices Fiestas.

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    1. Más bien Nietzsche lo que proclama no es su ateísmo, sino la muerte de Dios y el nacimiento del Superhombre. Con Nietzsche hay que tener cierto cuidado. Sus teorías sobre el Superhombre y el ejercicio del poder sobre los débiles fueron usadas como un intento de dar soporte intelectual al fascismo alemán. Fuera de eso, en mi época de estudiante de instituto fue con su filosofía con lo que rompí mis últimos nudos. Pero aún así sentí el vacío, la Náusea, como Sartre, o el absurdo, como Camus. Son temas complejos y esto no pasa de ser un ejercicio, un divertimento.

      Saludos a tí también y gracias por comentar.

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