... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

23 de febrero de 2013

El estado de la parodia nacional.






     En el escenario donde se representa la comedia de la soberanía nacional titulada "Estado Social y Democrático de Derecho", el actor principal proclama, con tono seguro y gesto adecuado, que de no haber adoptado las medidas que se han tomado, de no haber renunciado a todas sus promesas electorales, la situación del país sería mucho peor que la que soportamos actualmente. El espectador menos avezado, incluso aquel que dormita delante del televisor, puede advertir que se trata de un actor de método, el prototipo de Stanislavski en estado puro. Tampoco es difícil percibir que se trata de una falsa bonhomía, de un sofisma malintencionado, puesto que no pudiendo retroceder en el tiempo para comprobar qué hubiera pasado de haber adoptado otras medidas distintas, resulta indemostrable tanto a favor como en contra.

     Por suerte, y hasta tanto José Ignacio Wert y la iglesia no lo impidan, el razonamiento de los españoles, a diferencia del tiempo, sí puede tener más de una dirección, y usar el mismo argumento de forma diferente.  Yo prefiero pensar que, de no haber sido por las huelgas, por la manifestaciones, por las protestas, por la movilización ciudadana en la calle y en las redes sociales, por la prensa, e incluso a pesar de todos los esfuerzos por menoscabarnos, de no haber sido por todo ello, la situación sí que sería diferente, y las medidas del gobierno quién sabe hasta dónde hubieran llegado.

     Y es que concurren dos hechos, dos circunstancias, que son muy propias de este país. La difamación del contrario: tomar como amenaza las protestas, como un insulto la discrepancia, denigrar y menoscabar a quien disiente, para así justificar el uso de la fuerza y la imposición de sus políticas como las únicas posibles. Y en segundo lugar, justificar en la necesidad el abandono de los ideales, renunciar a mirar al horizonte para andar seguros un camino lleno de piedras. Y a veces es preferible tropezar por alzar la vista que perderse en el barro. Hay que elegir siempre la utopía frente al pragmatismo, el objetivo inalcanzable a  la mera supervivencia porque, aunque inalcanzable, nos marcará el camino correcto. Si queremos crecer como sociedad, como personas, no podremos hacerlo renunciando a los sueños.




"Sé, como nadie, de qué está hecho el pedestal de las estatuas: de abusos, sangre, llanto y muertes, unos; de soberbia, desprecios  y avidez, otros; de negación a la vida, los demás.  

...He estado demasiado cerca del poder, de cualquiera, como para creer en él. Lo he tenido; me ha manchado las manos; he hurgado en sus entrañas; me salpicó los vestidos más caros, que son los que debe uno ponerse cuando se va a hacer el daño verdadero... No creo en la generosidad del poderoso; sin embargo, no he deseado en mi vida otra cosa que serlo.

...Y los españoles somos propensos a huir de la realidad hostil en lugar de cambiarla. Por abajo, huimos con la picaresca; por arriba, con la mística. La solución es no ser como somos. Porque, más que a vivir, aspiramos a sobrevivir, en el sentido material o en el espiritual."

Antonio Gala. El pedestal de las estatuas.
Fragmentos.


19 de febrero de 2013

Reseña. Pequeño teatro. Ana María Matute.









  El corazón, que era un inocente muñeco de papel, se quedó arrinconado, preso por el  viento, en una callecita sin salida.






     ¿Son los libros los que escogen a los lectores o es, acaso, al contrario?. Pudiera ser de cualquiera de las dos maneras. Hace poco, repasando casualmente una lista de los ganadores del Premio Planeta, se resaltó en ella este antiguo relato de Ana María Matute: "Pequeño teatro". El título me resultó sugerente, y conociendo a la autora de "Olvidado Rey Gudú", me sentí señalado, elegido. Bastaron apenas unos minutos y algún click de ratón y tenía el libro en mi portátil. Leído el prólogo y los primeros párrafos, decidí buscarlo y escogí la biblioteca pública. Y fue entonces cuando obtuve mi premio. Una edición de 1954, en pequeño formato, de tapa dura y color algo parecido al verde agua.

     Un libro viejo es un privilegio, un adorno para la imaginación, como una flor en un altar. Posee su olor viejo, su olor particular, como a polvo. Sus hojas finas, oscurecidas por el tiempo, las palabras que a veces se han casi desvanecido, nos llaman desde el silencio de oscuros estantes, guardan celosamente el secreto de desconocidos lectores, las añoranzas de viejas bibliotecas, y esconden las emociones que han conseguido arrancar, quién sabe cuántas veces. Un libro viejo es un objeto frágil y valioso, un objeto que hay que tratar con esmero, con desmesurado cariño, como una frágil filigrana de plata que pudiera deshacerse en nuestras manos. El lector enamorado podrá advertir, al abrirlo, una levísima vibración en la yema de sus dedos cuidadosos. Podrá escuchar un lejano susurro como traído por el viento, casi inaudible. Ambos provienen de nuestra imaginación, pero también de la algarabía de los personajes que, nerviosos, se prestan a ocupar sus correspondientes posiciones en el escenario de la trama que van a representar, íntimamente, para un único espectador. Agradecidos. Un libro, viejo o no, tiene siempre algo de magia.

     La forma de narrar de Ana María Matute es tan dulce que encandila, que seduce los sentidos. Su estilo narrativo es propio e incomparable. Ella no escribe historias, más bien las cuenta. Pero no se puede caer en el error. Dentro de esa dulzura, de esos adornos sencillos y fantásticos, no se esconde un cuento infantil, sino una historia y unos personajes complejos, no exentos de crueldad. En "Pequeño teatro" la vida transcurre en una pequeña población, Oiquixia, y su protagonista es un joven, Ilé Eroriak, que "era de cortos alcances, tardo en hablar, y había quien hallaba estúpida su sonrisa. Sus escasas palabras a menudo resultaban incoherentes y poca gente se molestaba en comprender lo que decía. Sin embargo, había un rayo de luz, fuerte y hermosa luz, que atravesaba el enramado de sus confusos pensamientos y le hería dulcemente el corazón. Su grande, su extraordinaria imaginación le salvaba milagrosamente de la vida".

     Ilé tiene un único amigo, Anderea, dueño de un pequeño teatro de marionetas, donde a veces pasa las noches: "podía entonces dormir en un estante empotrado en la pared, junto a los muñecos rotos. Así llegó a familiarizarse con aquellos cuerpecillos desarticulados, con aquellas fantásticas cabezas de madera heridas por sonrisas que se habían convertido, con el tiempo, en muecas llenas de melancolía".

     Matute nos presenta una historia sencilla, una historia de amor, como son todas las historias. Planea por encima de las amarillentas páginas una duda. ¿Son los personajes títeres de un teatro?.  ¿Qué diferencia a Zazu, la joven que huye del amor, y a Marco, el cruel seductor venido quién sabe de dónde, de Colombina y Arlequín, dos títeres que a veces prestan su voz e incluso sus hilos a los personajes? La incertidumbre la alimenta el propio protagonista: "Pero yo no soy un pobre muñeco inútil. Ni siquiera un muñeco olvidado, ni siquiera un muñeco viejo y roto. Yo soy un muñeco que salió mal".

     ¿Somos, acaso, marionetas? ¿Mueven nuestros hilos extraños dramaturgos, ajenos a nosotros, crueles y torpes faranduleros que deciden, despreocupada y cruelmente, nuestro destino:


     "He aquí lo que he observado: creáis hombres de madera, y luego os reís de ellos. Los obligáis a amarse,  os burláis de su amor. No creéis en sus tragedias, y los sacrificáis a ellas. ¡Ah, Dios mío! Bien claro he visto que hacéis de su corazón una caricatura, del mismo modo que sutituís la vida por un trozo de madera."


     Y dentro de esa dualidad formada por la indeterminación realidad-fantasía, encontramos dos elementos imprescincibles y transversales en el relato: la lluvia y el mar.

     La lluvia, constante durante toda la novela, imprescindible. La lluvia que empapa y moja por igual a todos los personajes, y simboliza esa borrosa e indeterminada línea que separa, sin claridad, la realidad de la fantasía, lo que es porque es y lo que es porque lo hemos hecho ser, porque lo hemos creado. La persona y la marioneta. La esclavitud y despreocupación del brazo que es guiado por el hilo y la pesada responsabilidad y la expontaneidad del brazo que vuela libre. Y en esa dualidad, en ese juego cruel, la constante e incansable lluvia actúa como un distorsionante que confunde tanto al actor como al espectador, como una niebla que nos impide distinguir con claridad el horizonte.

      El mar es el destino, es la esperanza, y también es la tragedia. Todas las calles de Oiquixia dan al mar, todos los personajes se dirigen en algún momento a él. Del mar viene todo, incluso lo inesperado. En él, con la ignorancia de él, buscamos la aventura y el futuro, el cambio y, de alguna manera, la felicidad. Pero sólo los locos temen, porque pueden ver más allá de la lluvia y pueden ver las amenazantes, las blancas, plateadas y brillantes crines de fantásticos animales que son las olas y que se convierten en espuma al llegar a la playa. El mar que incansablemente, eternamente, lame las rocas y la arena, borrando las huellas de los hombres desde siempre, para siempre, y que cuando nos hayamos ido, cuando haya terminado la función, no permitirá que quede rastro de nuestro paso. Al igual que una vez barrido el escenario del pequeño teatro no quedará sobre sus tablas de madera señal alguna del espectáculo que se acaba de representar en él. Tan solo el silencio de los títeres, arrumbados en el cajón, sujetos unos a otros por sus hilos enredados entre sí.






16 de febrero de 2013

Los deseos.







     ¿A dónde se lanzan los deseos? Al aire -pensó el anciano. Sí, seguramente se lanzan al aire limpio y flotan invisibles, transparentes, por encima de los hombres. Y el viento, el viento incansable que mueve el mar, los transporta de aquí para allá, incesantemente. En los días en que el viento es cálido, ese viento cálido y violento que precede a las tormentas, los deseos se mezclan unos con otros y se hacen patentes, se pueden sentir, se adivinan a veces. Así, acaso alcancen hasta nosotros ajenas avaricias, o extraños imposibles, incluso algún requiebro de amor ignorado por alguien que siempre nos será desconocido. Quizá por eso se dice que el viento, cuando sopla con fuerza, hace enloquecer a las personas.

     Solo los niños, con esa falsa ingenuidad, están a salvo del viento. Ellos anhelan con tan impaciente vehemencia que no llegan a lanzar el deseo, lo atesoran y lo guardan en su pequeño corazón hasta que un día lo ignoran y desaparece. Como desaparecerá la infancia tras vivirla como una constante insatisfacción. La única parte de nuestra vida de la que tenemos consciencia de haber perdido en lugar de haber vivido, evolucionado. Aquella donde nosotros, sin saber cómo, somos anteriores a nuestra propia memoria.

     Por eso, cuando su nieta le preguntó que dónde se lanzaban los deseos, no supo qué contestar y, con esa habilidad que dan los muchos años, con una sonrisa, le ofreció un helado para forzar su olvido.




14 de febrero de 2013

Feliz no día de los enamorados.

     





     Robado a Julio Cortázar (Rayuela, cap. 93), y dedicado a todas aquellas personas que no celebran su amor como un cumpleaños, y hacen de él una forma de vivir. Y a ella, cómo no, indispensable.


"Moralista Horacio, temeroso de pasiones sin una razón de aguas hondas, desconcertado y arisco en la ciudad donde el amor se llama con todos los nombres de todas las calles, de todas las casas, de todos los pisos, de todas las habitaciones, de todas las camas, de todos los sueños, de todos los olvidos o los recuerdos. Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado..."



12 de febrero de 2013

Baratalia, y el gobernador honrado.












... y si se imagina que por ser gobernador me va a llevar el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno.

Sancho Panza (no fue político).










9 de febrero de 2013

La huida.








     La pesada puerta de hierro y cristal cede, no sin esfuerzo. Decidido, traspasa la entrada del portal en penumbra. En la mano izquierda, sudorosa, aprieta el arrugado papel donde figura la dirección tan largamente buscada y encontrada de forma inesperada, en uno de esos extraños giros que el azar fabrica para confundirse con el destino. Dentro, las viejas y fatigadas bombillas cuelgan tan altas que apenas prestan luz suficiente para distinguir un tenue brillo que señala los horizontales contornos de los desgastados peldaños, y en un débil reflejo oblicuo se adivina la mugrienta barandilla de madera que alguna vez debió conocer pulimento y barniz. Nada más comenzar a subir la escalera, los antiguos e inolvidables olores de una ignota cocina se filtran por las rendijas de las puertas, por los agujeros de las mirillas y por entre las paredes desvencijadas y los mohosos rincones, y como un relámpago evocan un intenso recuerdo que rechaza con firmeza porque es ya irremediablemente lejano.

     Hundido en su propio desasosiego ha subido ya hasta el cuarto piso. En el descansillo se concede un tiempo para recuperar una respiración que se aproxime a la normalidad y, por fin, acerca su mano al timbre de la puerta. En un último e infinitesimal instante le abandona todo el aplomo inicial, el arrojo desaparece. La incertidumbre y el temor le aprietan tanto y con tanta desmesura, que en un gesto indecidido se gira y comienza a bajar todo lo rápido que le es posible, buscando ávidamente la salida a la calle como busca el submarinista que asciende de las oscuras aguas la bocanada de aire que inunde de nuevo sus pulmones, sintiendo sobre sí la triste y desconsoladora liviandad que imprime la huida en el corazón de los cobardes.

     Detrás de él se ha abierto una puerta. No se ha detenido. Ha cerrado los ojos para no oir si gritan su nombre. Por fin, la anónima acera, la ciudad.