... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

24 de marzo de 2013

La caja de fotografías.




(Basado en la obra "El amante", de Marguerite Duras).







    Llevo en el bolsillo del chaleco un libro. Pequeño, delgado, distinto. Formalmente está hecho de párrafos breves, aparentemente independientes entre sí pero que van construyendo una historia. Una historia lejana y antigua, de amor y de deseo. De vida. Sentado a la mesa lo abro y como un ritual, lo hojeo, lo huelo y lo acaricio, preparo una hoja en blanco para tomar alguna nota y comienzo su lectura.

     Pero entonces ocurre algo extraordinario. El libro desaparece de entre mis manos, se transforma y se convierte en una vieja caja de zapatos, que al abrir descubro llena de antiguas fotografías. Fotografías de distintos tamaños, pequeñas la mayoría, en blanco y negro, con el borde ondulado algunas, las más manchadas por el tiempo y el olvido, sin velar gracias a la oscuridad. Intentan contar la historia de un amor, de una vida. El fotógrafo juega con habilidad con la profundidad de campo y selecciona en cada una la parte que debe aparecer nítida, desenfocando otras conscientemente, ocultando algunas. Y en ese ejercicio íntimo de la lectura, me he convertido en un voyeur que a cada párrafo extrae una fotografía que es un trozo de la vida de una persona.

     De una historia de amor y de deseo, de una relación inmoral y cruel, desigual. De un tiempo y un lugar que ya no existen, de una niña blanca, centro de todas las imágenes y de todos los destinos. En la antigua Indochina, colonia francesa, a orillas del Mekong: "Ha parado el viento y bajo los árboles hay esa luz sobrenatural que sigue a la lluvia. Los pájaros gritan con todas sus fuerzas, dementes, afilan el pico contra el aire frío, lo hacen sonar en toda su amplitud de modo ensordecedor."

      Una relación bipolar y desequilibrada, condenada desde el principio a la ruptura. De un ser amante y de otro amado, del primero que se rinde exhausto ante la amada desubicada, la que juega y domina, la que usa del deseo y se prostituye para obtener poder sobre aquel:

     "La habitación está en el centro de un gran palacio de terrazas cubiertas, el palacio está en el centro del parque de las adelfas y de las palmeras. Una misma diferencia separa a la dama y a la niña del sombrero de ala plana del resto de la gente del puesto. Así como las dos contemplan las largas avenidas de los ríos, así son las dos. Las dos aisladas. Solas, reinas. Su desgracia es evidente. Abocadas las dos a la difamación debido a la naturaleza del cuerpo que poseen, acariciado por los amantes, besado por sus bocas, entregadas a la infamia del goce hasta morir, dicen, hasta morir de ese amor misterioso de los amantes sin amor."


     Y en medio, como el segundo plano desenfocado de un retrato, el mal, encarnado en el hermano mayor. Y la guerra: "Veo la guerra como él era, propagarse por todas partes, penetrar por todas partes, unida a todo, mezclada, presente en el cuerpo, en el pensamiento, en la vigilia, en el sueño, siempre, presa de la pasión embriagadora de ocupar el territorio adorable del cuerpo del niño, el cuerpo de los menos fuertes, de los pueblos vencidos, porque el mal está ahí, a las puertas, contra la piel."

     Y la muerte, también dentro de la familia, la muerte del hermano menor, como una desconocida inmortalidad que fuera compartida: 

     "La muerte, en cadena, partía de él, del niño. El cuerpo muerto del niño en nada se resintió de los sucesos de que era causa. No conocía el nombre de la inmortalidad que había abrigado durante veintisiete años.
... Que la vida es inmortal mientras se vive, mientras está con vida. Que la inmortalidad no es una cuestión de más o menos tiempo, que no es una cuestión de inmortalidad, que es una cuestión de otra cosa que permanece ignorada. ...Mirad las arenas muertas del desierto, el cuerpo muerto de los niños: la inmortalidad no pasa por ahí, se detiene y los esquiva."

     Y al final, la última fotografía refleja la desazón del alma al pensar que las cosas pudieron tal vez ser diferentes, o quizá fueron porque nosotros mismos y nuestra ceguera las forzamos para que fueran así, cerrando el círculo del amor y de la muerte:

     "Y la joven se levantó como para ir a su vez a matarse, a arrojarse a su vez al mar y después lloró porque pensó en el hombre de Cholen y no estaba segura, de repente, de no haberle amado con un amor que le hubiera pasado inadvertido por haberse perdido en la historia como el agua en la arena y que lo reconocía sólo ahora en este instante de la música lanzada a través del mar.
     Como más tarde la eternidad del hermano pequeño a través de la muerte."

     En el instante en que cierro la vieja caja de zapatos olvido el rostro desconocido de la niña blanca, pero quedo impregnado de algo que no alcanzo a describir, de un vacío extraño, de un anhelo que no alcanzo. La caja ha vuelto a convertirse en libro, la niña blanca ya no me mira con esos ojos que saben, y entonces me salta a la memoria y me abruma uno de sus primeros párrafos, sobre la necesidad de escribir:

     "Escribir para ellos aún era un acto moral. Escribir, ahora, se diría que la mayor parte de las veces ya no es nada. A veces sé eso: que desde el momento en que no es, confundiendo las cosas, ir en pos de la vanidad y el viento, escribir no es nada."






18 de marzo de 2013

De cómo se aprende con el ejemplo.








     

     Érase una vez, en el antiguo país de las fábulas, una familia integrada por un padre, una madre, un abuelo que era el padre del padre y el ya mencionado niño de ocho años, un muchachito. Sucedía que el abuelo ya tenía mucha edad, por eso le temblaban las manos y se le caía la comida de la boca cuando estaban a la mesa, lo que causaba gran irritación al hijo y a la nuera, siempre diciéndole que tuviera cuidado con lo que hacía, pero el pobre viejo, por más que quisiera, no conseguía contener los temblores, peor aún si le regañaban, el resultado era que siempre manchaba el mantel o el suelo al dejar caer la comida, por no hablar de la servilleta que le ataban al cuello y que era necesario cambiarla tres veces al día, en el desayuno, al almuerzo y a la cena. Estaban las cosas así y sin ninguna expectativa de mejoría cuando el hijo decidió acabar con la desagradable situación. Apareció en casa con un cuenco de madera y le dijo al padre, A partir de ahora comerá aquí, sentado en el patio que es más fácil de limpiar para que su nuera no tenga que estarse preocupando con tantos manteles y tantas servilletas sucias. Y así fue. Desayuno, almuerzo y cena, el viejo sentado solo en el patio, llevándose la comida a la boca conforme era posible, la mitad se perdía en el camino, una parte de la otra mitad se le caía por la boca abajo, no era mucho lo que se le deslizaba por lo que el vulgo llama canal de la sopa. Al nieto no parecía importarle el feo tratamiento que le estaban dando al abuelo, lo miraba, luego miraba al padre y a la madre, y seguía comiendo como si nada tuviera que ver con el asunto. Hasta que una tarde, al regresar del trabajo, el padre vio al hijo trabajando con una navaja un trozo de madera y creyó que, como era normal y corriente en esas épocas remotas, estaría construyendo un juguete con sus propias manos. Al día siguiente, sin embargo, se dio cuenta de que no se trataba de un carro, por lo menos no se veía el sitio donde se le pudieran encajar unas ruedas, y entonces preguntó, Qué estás haciendo. El niño fingió que no había oído y siguió excavando en la madera con la punta de la navaja, esto pasó en el tiempo que los padres eran menos asustadizos y no corrían a quitar de las manos de los hijos un instrumento de tanta utilidad para la fabricación de juguetes. No me has oído, qué estás haciendo con ese palo, volvió a preguntar el padre, y el hijo, sin levantar la vista de la operación, respondió, Estoy haciendo un cuenco para cuando seas viejo y te tiemblen las manos, para cuando tengas que comer en el patio, como el abuelo. Fueron palabras santas. Se cayeron las escamas de los ojos del padre, vio la verdad y la luz, y en el mismo instante fue a pedirle perdón al progenitor y cuando llegó la hora de la cena con sus propias manos lo ayudó a sentarse en la silla, con sus propias manos le acercó la cuchara a la boca, con sus propias manos le limpió suavemente la barbilla, porque todavía podía hacerlo y su querido padre ya no. De lo que pasara después no hay señal en la historia, pero de ciencia muy cierta sabemos que si es verdad que el trabajo del muchachito se quedó a la mitad, también es verdad que el trozo de madera sigue por ahí. Nadie lo quiso quemar o tirar, ya sea para que la lección del ejemplo no cayera en el olvido, o por si se diera el caso de que alguien decidiera terminar la obra, eventualidad no del todo imposible de producirse si tenemos en cuenta la enorme capacidad de supervivencia de los dichos lados oscuros de la naturaleza humana.


Las intermitencias de la muerte.
José Saramago.


 

4 de marzo de 2013

Extravagancia cofrade.









     Cuando en estas fechas se aproxima la Semana Santa, es buena época para escribir un poco acerca de uno de sus más fundamentales elementos: las cofradías. Trazar un ligero retazo, incompleto sin duda, acerca de sus orígenes, que puede nos haga entender (que no justificar) algunos hechos que se dan todavía en nuestros días. Porque en las tradiciones se encuentra la memoria de los pueblos, pero también una parte de su olvido, que conviene sacar a la luz, siquiera de forma anecdótica.

     Hermandades y cofradías nacen en una situación histórica en la que su principal justificación, además de reunir a los fieles para organizar sus actividades religiosas, era agrupar a los distintos gremios, fundamentalmente artesanales, impidiendo así el ejercicio de la competencia a aquellos que no fuesen cristianos, esto es, a los moriscos que todavía entonces podían malvivir en la incipiente España. Era importante sin duda, e incluso saludable en aquellos momentos, pertenecer a un grupo que públicamente demostrara sus creencias religiosas.

     Vayamos ahora un poco más adelante. A partir del siglo XVI, se consolidan una serie de familias que se han ido enriquecido notablemente, de forma principal con la propiedad de la tierra, y que buscan con denuedo ascender en su escala social, aspirando a conseguir un título nobiliario o al  menos el escalafón de la hidalguía. Para ello establecen una serie de estrategias: establecimiento de patronazgos, matrimonios concertados, participación en la administración municipal, en el ejército y en órdenes militares, y la ocupación de cargos (con carácter hereditario casi siempre) en las cofradías más importantes de la localidad. Estos cargos llevan aparejados una gran consideración social, e incluso les permite formar parte del organigrama del Santo Oficio de la Inquisición. Todavía más si la cofradía en cuestión, como ocurría, por ejemplo, con la de la Santa Caridad de Lucena, se dotaba a sí misma y a sus miembros de un carácter nobiliario que exigía a los hermanos y a sus esposas un estatuto de limpieza de sangre, tan importante por aquellos tiempos, limpiando asi el apellido familiar de toda sospecha de contaminación religiosa, tan inconveniente para el progreso social que se buscaba. Aún hoy en día hay cargos cofrades que se otorgan a sí mismos un cierto poder "público", y hay también quienes se lo consienten, de manera que les hace creer que pueden situarse en igualdad de condiciones a la hora de proponer, cuando no exigir, a la hora de obedecer o no, decisiones de órganos representativos y democráticos tales como toda una corporación municipal, que votan todos los ciudadanos.

     Sin querer entrar más en estas consideraciones que doy por innecesarias y que me cansan y me aburren cuando se refieren a estos temas "religiosos", quiero hacerme eco de un hecho acontecido en Lucena a finales del siglo XVIII y que, a más de curioso, me parece significativo. Ya con anterioridad se daba la circunstancia de que las órdenes religiosas masculinas, a diferencia de las parroquias, carecían de dotación económica, por lo que estos conventos se veían forzados a buscar sus propios medios económicos. Para ello, se fomenta el establecimiento de cofradías y de devociones populares, imponiendo la exclusividad monetaria sobre los sermones y actos religiosos que celebren, aumentando así notablemente sus bienes patrimoniales y las limosnas que reciben. Así crece notablemente en el convento de la Madre de Dios en Lucena (hoy RR.PP. Franciscanos) la vocación a la hermandad de la "Limpia Concepción de Nuestra Señora".  En la tarde del 8 de diciembre de 1773, la procesión de la imagen de María, sin el acostumbrado acompañamiento de la cruz parroquial, entra en la parroquia de San Mateo. Pero el vicario y el clero parroquial se oponen a celebrar el debido recibimiento y repique de campanas en honor a la imagen, con gran escándalo de fieles, cofrades y vecinos. Dicha actitud está motivada por la negativa de los franciscanos y de la cofradía a entregar los seis ducados y media docena de libras de cera que la parroquia exige en concepto de derechos de asistencia. Se conoce que en los siguientes años continúa la controversia sin que ninguna de las partes ceda un ápice, hasta que en diciembre de 1777 se firma la paz, a cambio de que los citados derechos sean abonados, con cargo a fondos públicos, por el consistorio municipal. Afortunadamente, hoy en día ningún ayuntamiento sufragaría con dinero público actos de carácter cofrade o religioso. ¿Cierto?.