... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

21 de abril de 2013

Ermita de Nuestra Señora del Espino.









     Picarescas orillas del río Tormes, tierras duras y frías que se extienden al norte de la Sierra de Gredos. En ellas se encuentra la ermita de Nuestra Señora del Espino: románica, robusta y oscura, se diría que se esconde y se disimula con el paisaje. O quizás lo contrario, que se alza gallarda y desafiante, asentada en la tierra, señalando las cumbres. Un testimonio etnológico del ancestral culto a la fertilidad, a la maternidad. La cristianización de la vieja madre Tierra transformada en María.

     Cuenta la leyenda que en el siglo XII la imagen de la Virgen fue encontrada en un espino por una niña, y que cada vez que la llevaban a alguna casa del pueblo desaparecía y volvía a aparecer en el mismo sitio, por lo que se decidió construir una ermita al lado del arbusto. El espino, dice la leyenda, destilaba aceite por sus raíces, y con ese aceite se alimentaba la lámpara que iluminaba a la Virgen. En un momento determinado, alguien vendió el aceite y el espino no volvió a dar más. 

     Asentada para siempre bajo la eterna vigilancia del pico Almanzor, se ofrece al viajero curioso y sensible, quien apoyando su mano en la piedra centenaria podrá percibir los casi extintos ecos de tiempos oscuros y lejanos, tiempos en los que la religión, la superstición y la magia regían la vida de los hombres. Como una vieja y oxidada llave hurgando en las cerraduras de una memoria transmitida durante generaciones.







     En la tarde todavía fría de la primavera, una joven pareja se acuna en su atrio. Sueñan, inventan una vida imaginada. Con su tremenda ingenuidad, la suponen cierta. Todavía creen que el amor es inmutable. Buscan descorazonadamente el foco de luz que los ilumina, sin saber que su génesis está dentro de ellos, en su propio interior. Cada uno es para el otro una fuente generosa de agua fresca al borde del camino, un regalo de Dios, pero aún ignoran que a veces la tormenta enturbia el agua de las fuentes, que antes fuera tan cristalina. No contemplan la posibilidad de que, como el aceite del espino, en un momento pueda desaparecer el amor si no lo defienden y dejan que entren en él elementos espurios. No lo hacen porque esta tarde esa posibilidad no existe, como no existe el futuro que juntos creen construir. Existen solo ellos, solo el presente, solo la luz que los une y los maravilla.

     Llegada ya es la noche. La sombra de los contrafuertes los oculta de la tenue luz de las estrellas. El olor de la tierra mojada es el incienso de la naturaleza. Es la hora en que los labios callan y se truecan trémulos, las manos torpes se hunden en el cuerpo del otro como en un continente por descubrir, por conquistar. Son entonces un altar, un sacrificio incruento, un milagro. El único y verdadero milagro de la transubstanciación: este es mi cuerpo; esta es mi sangre.

 
     Hay días en que al amanecer la neblina tiene algo distinto que solo los enamorados pueden percibir: un brillo, una transparencia especial, una forma intensa de abrazarse a la piedra, preñándola de rocío. Cuentan que aquellos que han podido contemplar este fenómeno, abrazados junto al espino, no estarán nunca solos. Que cuando se encuentren separados en la distancia, siempre que se evoquen ambos al mismo tiempo en su memoria, podrán sentir el roce de unos labios en sus labios, la caricia suave y amable de unos dedos, el abrigo de las piedras que vieron nacer su amor. Quizá también algún día, la codicia de los hombres sea perdonada y las raices del espino vuelvan a destilar aceite para alumbrar a la Señora.






4 de abril de 2013

Huszar, el príncipe derrotado por un bufón.



   
 
"A veces, la copa iba a estrellarse en la cara arrugada, de grandes ojeras, que asomaba por el borde de la mesa. Otras veces, la pesada mano, adornada de tantos anillos como dedos, caía sobre la cabeza y el cuerpo se vencía a un lado y rodaba los cuatro escalones del estrado. Sin ruido, excepto las carcajadas de los presentes."



     De esta manera comienza "El magnate, el bufón y la carroña", cuento breve, afilado y oscuro de Juan Eduardo Zúñiga. La cara en la que se estrella la copa, el cuerpo que rueda los escalones del estrado, pertenecen a Garai, bufón del príncipe Huszar, a quien corresponde la pesada mano llena de tantos anillos como dedos. Zúñiga tiende al lector una trampa ingeniosa, pues se ambienta en ese escenario de los cuentos infantiles, ese mundo onírico y falsamente medieval que nos es tan familiar, tan entrañable, para aquellos que una vez, en un tiempo lejano, fuimos niños. Esos bosques, esos castillos, esa oscuridad de la noche tan temible, esa magia que incomprensiblemente sobrevive a los personajes en los que ya no creemos pero que se perpetúa en nuestra memoria como un universo imaginario, ancestral e inolvidable.

     Garay, a pesar de ser la víctima de todos los golpes, de todas las injurias, es ciertamente temido entre los cortesanos, que le ahuyentaban, incluso le huían, pues "sabía todo lo que pasaba en la corte, especialmente lo abyecto". De incógnito, en la oscuridad de la noche, salía secretamente de palacio y se dedicaba a actividades inconfesables, terribles. De ellas obtenía grandes beneficios, no sin correr riesgos.

     Ocurrió que un día, usando de su descarada impunidad, de la ambiguedad, de la sorna malintencionada que sólo un bufón puede permitirse, se confesó ante el príncipe, solicitando a éste que le apartara la ronda de sus ilícitos e inmorales trabajos nocturnos, a cambio de hacerle partícipe de sus ganancias. Dos días después, al levantarse Huszar, el bufón le mostró seis monedas de oro en la palma de su mano: "Estos son, príncipe, los primeros seis granos de una mazorca de oro que ofrecí desgranar para tí. Tuyas son."

     Pasó el tiempo, y un día el príncipe Huszar, enfadado, alzó la mano sobre Garay una vez más. Era un gesto corriente y acostumbado en palacio, que despertaba hirientes sonrisas entre los atemorizados cortesanos, dichosos de vengar su miedo y su rencor en el brazo poderoso del príncipe. Pero nadie esperaba, ni pudo prever, y mucho menos el propio Huszar, la respuesta del bufón. Sin miedo, con suficiencia y energía, detuvo la mano que amenazaba el golpe: "¡Eh, príncipe, no pegues con esa mano que todas las mañanas me tiendes complacido!"



     La invitación a reflexionar es clara. Es un ejemplo, un modelo de moral. A Huszar no le pierde la avaricia, sino su incontenible vanidad. Siendo príncipe y poderoso, no necesita de esas monedas de oro, pero consiente como si de un juego se tratara. Inconscientemente ha mordido un anzuelo envenenado de azúcar y miel, se ha mostrado desnudo ante el ser más insignificante de su corte. Sin darse cuenta ha sido vencido por un simple bufón, que ha obtenido poder sobre él, venciendo a todo un príncipe de cuento y poniéndolo a sus pies. ¡Cuántas veces en la vida no adquirimos servidumbres de las que es tan difícil desprenderse!¡Y cuán difícil es no caer en ellas!