... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

14 de julio de 2013

Ariadna.








     Barcos con velas negras arriban al puerto de Creta. Provienentes de Atenas, portan el precio de la verguenza, de la rendición, el pago anual a cambio de la paz: siete jóvenes y siete doncellas destinados a ser ofrecidos, uno por cada nueva luna, como sacrificio y alimento al Minotauro. Entre ellos se encuentra Teseo, hijo del Rey de Atenas, que ha partido como voluntario para intentar una azaña que se antoja imposible: dar muerte a la bestia y salir con vida del laberinto, liberando así a su pueblo del ignominioso tributo.

     Ariadna, hija de Minos, al ver al joven ateniense se rinde a su belleza. Enamorada de él, le hace entrega de una espada mágica y de un ovillo de hilo dorado, elementos con los que Teseo conseguirá su objetivo. Libre al fin Atenas del deshonroso pacto con Creta, la princesa embarca en secreto con él. Pero una gran tormenta los obliga a atracar en la isla de Naxos. Calmado el mar, al embarcar de nuevo no consiguen encontrarla, por lo que se ven obligados a zarpar sin ella.

     Abandonada en la isla, Ariadna conoce a Dionisios, dios del vino, quien le ofrece la inmortalidad a cambio de matrimonio. Tiempo después uno de sus hijos, Enopión, quizá con la mediación de Ariadna, recibirá un regalo: el secreto de la elaboración del caldo divino. Será el primer hombre que podrá hacer vino en la Tierra.

     Siglos después, Jesús de Nazaret obrará su primer milagro en la ciudad hebrea de Canaán. A petición de su madre inmaculada, a ruego de María, convertirá el agua en vino, como un regalo de dios a los hombres. Ariadna, en griego antiguo, significa "la más pura, la más santa"

     Después, los cristianos, poseedores acaso del último de los mitos, convertirán el vino en la auténtica sangre de su dios, esperanzados en la creencia de que otorga la inmortalidad a quienes lo compartan en comunión.

      Perdidos para siempre aquellos tiempos, quizá felices, en que los dioses eran dueños de los destinos humanos.







8 de julio de 2013

Espera inacabada.




     En África empezó el viaje humano en el mundo. Desde allí emprendieron nuestros abuelos la conquista del planeta. Los diversos caminos fundaron los diversos destinos, y el sol se ocupó del reparto de los colores.

     ... nos resulta imposible creer que en aquellos tiempos remotos el mundo entero era nuestro reino, inmenso mapa sin fronteras, y nuestras piernas eran el único pasaporte exigido.

Eduardo Galeano.









     La mujer está sentada en la playa desde que se puso el sol. Sola, oscura, única. Su  mano tensa y sudorosa se aferra al teléfono móvil con tanta fuerza que ya no le duele. Hace cuatro días que sonó por última vez, cuatro días desde que su amado Ahmed la llamó para decirle que comenzaba su travesía por el Estrecho, que por fin partía de nuevo a su encuentro, para luchar junto a ella por una vida distinta, para que pudieran juntos soñar sus hijos y para que éstos tuvieran derecho a soñar en futuro.

     El mar tiende hacia la mujer derrumbada sus brazos negros de espuma blanca, la promesa de un arrullo, de aliviar su pena en su frío regazo. Para robarle a la arena sus lágrimas y llevarlas lejos, muy lejos, llevarlas a todas las costas, a todos los acantilados, a la desembocadura de todos los ríos. Como un trofeo, un nuevo botín en su interminable y antigua lucha por decidir el destino de los hombres.

     No habrá otra noche más. Únicamente las estrellas y la luna, blanca como la espuma del mar, saben que ya no habrá más espera. A la mañana, los primeros bañistas encontrarán un viejo teléfono móvil abandonado en la arena, mojado y roto. Indolentes, pensarán que alguien lo perdió, involuntariamente.





5 de julio de 2013

La niña de Velázquez.




     Ha sido un reencuentro inesperado, pero gozoso. Gozoso y feliz, intenso. Como un nuevo conocimiento. La ví por primera vez hace ahora doce años, a la entrada del museo hortera de Nueva York donde trabajaba. De pelo blanco, edad próxima a la jubilación,  "con aspecto general de abandono fumaba un cigarrillo, con esa actitud entre obstinada y furtiva de los fumadores americanos que han de salir a la intemperie para aspirar unas caladas, defendiéndose del frío junto a alguna columna o al abrigo de un ángulo del edificio, dando chupadas rápidas al cigarrillo y disimulándolo luego, temerosos de la censura de quienes pasan a su lado. Tan antigua que ni siquiera prescindió del hábito de fumar. "

     Aquel lejano día en que por vez primera la vi casi no me di cuenta de su presencia. Pasé por su lado indiferente, creo que lo único que advertí fue ese disimulo como culpable, esa ocultación del hecho de fumar tan extraña entonces para un español, pero por lo insignificante del encuentro solo pensé en la falsa y extraña moral de los norteamericanos, que proscriben a una señora por fumar y permiten que un adolescente lleve un arma de fuego. 

     La presencia de aquella mujer fue olvidada de inmediato, si es que llegó a ser advertida. Es como si todos los días al ir al trabajo viéramos una anciana parada en el portal de su casa. Nos resultaría tan nimia, tan insignificante, que abrigados todavía por el sueño y ya con la prisa hacia el trabajo no nos daríamos cuenta si un día dejara de estar. Pero quizá, si al cabo de un largo tiempo, de repente una mañana volviera a ocupar su lugar, percibiríamos entonces en un instante el vacío que habíamos ignorado, vibrando como un extraño remordimiento.

     Por eso el reencuentro me ha sido tan gozoso. No he vuelto al museo de Nueva York, donde nunca he estado. Mi antigua conocida vive en unas pocas líneas en una de las últimas páginas de un libro de más de quinientas. Nada más comenzar a leer las primeras palabras que a ella se referían he tenido la certeza de saber de quién se trataba, de rememorar el momento exacto en que la conocí por primera vez, de recordar que sus ojos negros eran mucho más jóvenes que ella. De alguna manera había quedado prendida en algún rincón de mi memoria, oculta siempre, para surgir ahora con la nitidez que no percibí la primera vez, para regalarme un motivo más para no dejar nunca de leer.

     Ahora sé que en sus aburridas jornadas de trabajo en el museo le gustaba especialmente un cuadro de Velázquez, "el retrato de esa niña morena, que nadie sabe quién fue, ni cómo se llamaba, ni por qué Velazquez la pintó".

     Si el paciente y castigado lector no ha reconocido el libro en el que habita esta mujer, me disculpará que no lo desvele, me permitirá mantenerlo oculto, quieto y dormido en la estantería tan desordenada. Como la desconocida identidad de la niña de Velázquez, con sus ojos tan negros. 








1 de julio de 2013

De crisis y de poesía.









      Con la mezquindad propia de quien carece de argumentos para defender un discurso, con la desvergonzada arrogancia de aquel que infantiliza su lenguaje para intentar convencer a quien pueda discrepar, con ese servilismo infame no visto en Europa quizá desde la Francia de Vichy, decía el Ministerio de Economía hace unos días que tenía en su poder una "carta física" que nadie ha visto pero que le han enviado de la Comisión Europea (debe ser como la Marca Negra en La Isla del Tesoro), en relación con el decreto antidesahucios aprobado recientemente por el parlamento andaluz, según la cual dicha norma puede desestabilizar el mercado inmobiliario español, provocar subidas en la prima de riesgo, hacer caer el interés de los inversores extranjeros por los activos inmobiliarios del país e interrumpir la reapertura del crédito bancario a empresas y particulares [sic]. (Diario Córdoba, 25-6-2013).


     Obvio, natural, razonable. Con un ejemplo estará más claro: quien no ve el terrible peligro que para la economía del país supone evitar que quede en la calle abandonada a su suerte una anciana octogenaria por tener en su día la temeridad de avalar la hipoteca de su hijo es porque no quiere, o porque es igual de temerario e inconsciente. Tras la estupefacción y la ira de esta nueva estupidez institucional, me vienen a la mente las palabras de don Quijote a su escudero: "ladran, Sancho, señal que cabalgamos", pero que en realidad  parecen mal atribuídas al Caballero de la Triste Figura y provenir de un poema de Goethe: 

Pero sus estridentes ladridos
sólo son señal de que cabalgamos.


     Efectivamente, ladran. Y lo hacen porque la primera medida no económica sino política que un parlamento democrático, en representación legítima de los ciudadanos, adopta para luchar contra esta enorme estafa ha ido a poner el dedo en la llaga, a cuestionar la legitimidad de anteponer intereses financieros o económicos por encima de los derechos de las personas. 

  Estudiantes, funcionarios, trabajadores, desempleados, pensionistas..., hemos sido designados culpables (si el amable lector no pertenece a algunos de estos grupos, no debe preocuparse. También vendrán a por él). Como Josef K., nos movemos de un lado a otro intentando probar nuestra inocencia sin saber de qué se nos acusa ni cómo defendernos. Desesperados, acabaremos como el personaje de Kafka, ofreciendo con alivio nuestro desnudo cuello al cuchillo del verdugo, dejándonos arrastrar hacia una nueva diáspora social, caminando en silencio y llevando con nosotros únicamente lo que podamos cargar en nuestros hombros, dejando atrás los derechos conquistados con tanto esfuerzo y tanta sangre a lo largo de la historia.

     Porque efectivamente las revoluciones burguesas que hicieron vibrar a toda Europa en el siglo XIX, los movimientos obreros que consiguieron consolidarse a pesar de tanta represión, de tanta oposición no siempre únicamente terrenal, han quedado olvidados en polvorientos libros de historia que ya nadie consulta. Por muchas razones, hoy en día no sería factible volver a tomar la Bastilla, no es posible una gran revolución en el sentido tradicional como solución al perverso status dominante. La única respuesta está en la oposición frontal ante la evidente injusticia y ante el clamoroso absurdo, la oposición que imperceptiblemente va sumando pequeños gestos, solo aparentemente inútiles, millones de pequeñas primaveras, de verdores imprevistos, minúsculos e insignificantes. Sin dejarnos arrastrar por la desesperación o el abatimiento, sin caer en el desánimo ni en la desesperanza ni abandonar nunca la plaza, usando la poesía como barricada, siempre:

     No es en los anchos campos o en los jardines grandes donde veo llegar la primavera. Es en los pocos árboles pobres de una plazuela de la ciudad.
Allí, el verdor destaca como una dádiva y es alegre como una tristeza buena.
Fernando Pessoa.
Libro del desasosiego.