... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

25 de diciembre de 2014

Entonces era otoño en primavera.









     "... la poesía sólo se siente feliz cuando encuentra a alguien que sabe escuchar. Por eso busca poco en los púlpitos o en las tribunas, y explora con una discreta complicidad los rincones solitarios donde se refugian las dudas y la paciencia. La sabiduría que merece la pena, aquella que alimentan los años al mezclarse con el fondo concreto de una vida, busca incertidumbre en sus propias razones para evitar los dogmas, habla poco y prefiere cultivar una curiosa atención por las historias ajenas.

     ... porque saber decir no es exactamente lo mismo que saber hablar. Inventar palabras resulta fácil. Sólo consigue aprender a escribir poemas y  novelas quien alcanza el arte de elegir bien y de un modo personal las palabras dichas, quizá sin caer en la cuenta, por los otros".

Luis García Montero.





Entonces.


Entonces era otoño en primavera
o tal vez al revés:

era la primavera semejante al otoño.


Azuzadas de pronto por el viento,
corrían veloces las sombras de las nubes

por las praderas soleadas.

Inesperadas ráfagas de lluvia

lavaban los colores de la tarde.

¿De cuándo ese carmín que fue violeta?

¿De dónde

el oro que era ocre hace un instante?


Los silbos amarillos de los mirlos,

el verde desvaído a que apuntaban,

la luz, la brisa, el cielo inquieto:

todo nos confundía.


Con un escalofrío repentino

de temor, y nostalgia,

evocamos entonces

la verdad fría y desnuda de un invierno

no sé si ya pasado o por venir.


Ángel González Muñiz.
Otoños y otras luces.



11 de diciembre de 2014

Reseña. Demonios familiares. Ana María Matute.





Imagen: http://luhu.es/blog/






     "Busqué el escondite secreto donde mi memoria guardaba los sucesos que no me habían herido."








     Demonios familiares es una novela interrumpida por la muerte apenas en su planteamiento. Jamás sabremos cómo evolucionan sus personajes. Usando un término que se avenga con el universo matutiano, podríamos definirla como un juguete roto. Porque en Matute todo se reduce invariable y casi obsesivamente a lo mismo: la tragedia que todos afrontamos al abandonar la infancia para enfrentarnos al mundo, como si nuestros primeros años, aquellos en los que se forma nuestra imaginación, no pertenecieran al mismo. Por eso su estilo resalta tintado de fantasía e imaginación, con una falsa dulzura que supera la realidad pero sin salirse nunca de ella. Aquí no existe el vacío. Cada página, cada oración, la más nimia de las palabras que escribiera Ana María, tiembla agitada ondeando suspendida en el éter de la nostalgia.

     No he encontrado en esta novela el mar. Representando el miedo infantil al mundo exterior, el mar se transforma en un ente demiúrgico que lleva y trae el destino de los personajes de Matute, esa espuma blanca de olas que ocultan un abismo oscuro que atrae hacia el frío negro de sus profundidades irremediablemente. En Demonios familiares es el bosque, con su cielo oculto por las copas de los árboles, con sus sombríos troncos cubiertos de musgo y, sobre todo, con un suelo húmedo y blando de hojarasca, quien ejerce esa atracción hacia la fatalidad.

     Eva, la joven protagonista, regresa a su hogar tras la quema del convento donde estaba, aunque trasluce que el verdadero motivo de su noviciado no fue su vocación, sino una huída, una escapada de un ambiente familiar extraño. Su vuelta representa el descubrimiento del amor y, sobre todo, una cierta ruptura del vínculo de autoritarismo que ejerce su padre, el Coronel. Este personaje está investido de un enorme simbolismo. Inválido físicamente, se hace situar, sentado en su silla de ruedas, de espaldas al balcón abierto, mientras mira la realidad reflejada en un espejo inclinado frente a sí.

     Matute ha tenido la fortuna de irse con las olas del mar sin haber acabado su última novela. El hombre inteligente elevará al mar, o al bosque, o al dios que los represente su plegaria para rogar que, en su partida, le queden aún sueños por cumplir, libros por leer, curiosidad para aprender, besos que dar o que recibir. No hay destino más triste que el de aquel que, terminado todo sentido de su vida, se sienta de espaldas al balcón a esperar ver reflejada en el espejo la llamada de la hojarasca del bosque, el tupido manto de musgo en el tronco negro de los árboles, esperándole.

     La escritora María Paz Ortuño, su ayundante, cierra su epílogo al libro con unas palabras que Matute pone en labios de Eva, a modo de homenaje y, cómo no, de último brindis:

"Y le amé como nunca había amado a nadie antes, ni después, ni nunca. Porque aquel deslumbramiento doloroso solo duró unos minutos, y desapareció. Como todo en mi vida, siempre a punto de atravesar el umbral de algún paraíso, donde nadie logró entrar, ni lo logrará jamás, el inhabitado paraíso de los deseos."



Imagen: http://www.taller-literario.com/blog/?p=478


23 de noviembre de 2014

Boekhandel Dominicanen. Maastricht.










     "Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca". La frase es de Jorge Luis Borges, y no es desdeñable que llevara razón y que cada ser humano tenga destinado un tipo único y personalísimo de paraíso en función de sus predilecciones en la Tierra. O varios,  no hay motivo para limitar la preferencia a un único escenario perfecto donde pueda uno imaginarse la plenitud de la felicidad. Indudablemente, algunos desconfiamos de aquellos planes que van más allá de lo que es el mundo concreto e intentamos encontrar nuestros propios paraísos aquí y ahora, en nuestra única existencia más o menos constatable como real.

     He tenido la enorme fortuna de poder visitar la ciudad holandesa de Maastricht, y en ella la Boekhandel Selexyz Dominicanen, una librería realmente espectacular, que la guia mundial de viajes Lonlely Planet sitúa como la tercera más hermosa del mundo, la primera en belleza para la versión digital de The Guardian

     ¿Qué tiene de especial esta librería? Sencillamente que se instala en un monasterio dominico del siglo XIII, desacralizado desde finales del XVIII, y que ha sabido conservar sus elementos característicos. Sus vidrieras, los frescos pintados en sus bóvedas o el esmerado cuidado de la luz, crean un escenario sin ningún género de duda único. La zona dedicada al altar ha sido reconvertida en cafetería, con una gran mesa central en forma de cruz. Todo ello genera un marco excepcional en el que se exhiben sus modernas estanterías repletas de libros. Algunos, muy pocos, en castellano.




     Para quienes consideramos la creación literaria como un carácter determinante de la condición humana, tanto en su vertiente más académica de transmisión del conocimiento como en su otra versión más lúdica de narradora de historias, la simbología es evidente. Un templo que en su momento custodió con celo la Palabra de Dios, escrita por el hombre para someter a los hombres prometiendo eternidad a cambio de sumisión, es hoy un recinto sagrado, donde se nos ofrece la Palabra del Hombre, escrita por el hombre para liberar a los hombres, aunque sea a fuerza de enfrentarlos al tamaño de su ignorancia y a la futilidad de su existencia.

     Todavía hay una paradoja más. Resulta significativo que este antiguo monasterio perteneciera a la Orden de Predicadores o dominicos (domini canes, literalmente perros del señor). Esta orden mendicante, no exenta de grandes personajes en la historia del pensamiento como fuera Tomás de Aquino, fue la que recibió la misión de organizar la Inquisición. Los muros que hoy guardan una librería que es, sin duda, una de las joyas de la cultura europea, cobijaron antaño a quienes persiguieron con saña cualquier tipo de disidencia respecto de sus propias creencias. Persiguieron los libros y a quienes los escribieran e incluso a quienes los leyeran. Hoy este templo se levanta como una victoria de la razón sobre la intolerancia, de la libertad y de la grandeza sobre la tiranía que supuso, y que todavía supone en muchas partes del mundo, la corta visión del pensamiento único.









26 de octubre de 2014

Soledad.



     -Sí..., no me has hablado de tu pintura. ¿Qué coño es lo que tú pintas? No me digas que como Rembrandt...
     Elías Kaminsky sonrió.
     -No..., pinto paisajes urbanos. Edificios, calles, paredes, escaleras, rincones... Siempre sin figuras humanas. Son como ciudades después de un holocausto total.
     -¿No pintas personas porque está prohibido para los judíos?
     -No, no, ya eso no le importa mucho a nadie... Es que quiero representar la soledad del mundo contemporáneo. En realidad en esos paisajes hay personas, pero son invisibles, se han hecho invisibles. La misma ciudad se los ha tragado, les ha quitado su individualidad y hasta su corporeidad. La ciudad es la cárcel del individuo moderno, ¿no?
     Conde asentía mientras probaba su añejo.
     -¿Y dónde los invisibles encuentran su libertad?
     -Dentro de sí mismos. En ese lugar que no se ve, pero existe. En el alma de cada uno.

Leonardo Padura. Herejes.






  

   Pocos argumentos encontraremos tan ingenuos, manoseados hasta conferirles la pátina oscura de la conformidad general, como el de la deshumanización de las grandes ciudades, la soledad de sus habitantes. Barrios enteros que se vacían de día y se llenan de noche, en cuyas calles no se puede encontrar un bar, ni un supermercado, ni una farmacia. Barrios en los que sus gentes conviven durante años, no ya sin conocerse, sino prácticamente sin verse. Neciamente creemos que es ese vacío externo y ajeno el que nos provoca nuestra propia e interior insustancia.

     Para aquellos que en un determinado momento habitamos la gran ciudad de forma circunstancial la realidad puede ser otra. Recuerdo con nostalgia los meses que pasé en Madrid haciendo el servicio militar. Como decía aquel triste y anónimo personaje de Antonio Muñoz Molina en Sefarad, "había dos mundos, uno visible y real y otro invisible y mío, y yo me adaptaba mansamente a las normas del primero para que me dejaran refugiarme sin demasiada molestia en el segundo. De vez en cuando, tantos años después, sueño con aquellos tiempos..." Salir del cuartel con la ropa de paisano puesta debajo del uniforme, cambiarte en los pasillos del metro y coger una línea casi al azar, hasta una estación cualquiera, y salir a la calle como un perfecto personaje anónimo. La sensación de libertad era tan grande que apenas te cabía en el pecho. Calles desconocidas, gentes desconocidas, a las que no se les debía ni siquiera la cortesía del saludo. La invisibilidad entre invisibles. Un estrado incorpóreo y magnífico desde el que observar el mundo.

     La soledad es un veneno mortal que si se administra en dosis justas se transforma en una fuente de satisfacción personal, en un gran placer. No es fácil ni seguro. No consiste en estar físicamente aislado de cualquier otro ser humano. Es un estado mental que conviene administrar con prudencia porque puede desviarnos hacia la misantropía. Estoy convencido de que es un viaje que merece seriamente la pena intentar emprender cada cierto tiempo, como un ejercicio espiritual. Y copio para mí la sentencia de Gustavo Adolfo Bécquer: 


"La soledad es el imperio de la conciencia".





7 de octubre de 2014

La vida, el tiempo...



"Como un poeta que escribiera su mayor poema con una tinta que, al acto, desapareciera".


La ignorancia. Milan Kundera.



13 de septiembre de 2014

Reseña. A sangre y fuego. Manuel Sánchez Nogales.










     "Al sol de la mañana la bomba de aviación que cae es una pompita de jabón que en un instante raya el cielo azul de arriba abajo".





     





     El reciente proyecto de investigación del Centro de Estudios Andaluces titulado "Análisis de los contenidos de los manuales de Historia de España (Segundo de Bachillerato)", llega a una conclusión que, lamentablemente, es la esperada: los manuales de Historia de España divulgan entre los alumnos viejos discursos historiográficos ampliamente refutados, con un predominio absoluto de la perspectiva político-institucional, dejando en segundo plano la dimensión social, cultural y económica de la historia, apostando simplemente por el relato de los hechos y sin ofrecer una explicación compleja de los procesos históricos. 

     La historia debe rechazar el cortejo que le hacen quienes ostentan el poder y bajar al suelo. Debe entrar en la fábricas, en las cocinas de los hogares, abandonar su pudor académico y mirar dentro de las ollas, beber en la barra de los bares el vino corriente que bebe la gente corriente. Y cuando no lo hace el erudito historiador, en su despacho universitario atestado de libros, es el escritor (periodista en este caso), quien puede hacerlo. Porque la literatura, en muchas ocasiones, nos muestra retazos, trozos de historia viva y humilde donde la pompa y el boato de los birretes no alcanza.

     Director del periódico Ahora, Manuel Chaves Nogales permanece en Madrid desde el comienzo de la Guerra Civil hasta que el gobierno republicano se traslada a Valencia. Sabedor de lo que le esperaba si la capital caía, se exilió a París donde escribió A sangre y fuego (héroes, bestias y mártires de España), un relato estremecedor sobre la atrocidad de la guerra, publicado en Chile en 1937 y que no vería la luz en España hasta el año 2001. Son once pequeñas narraciones (nueve en un principio) cuyo incalculable valor estriba en que sus personajes y los hechos que viven fueron ciertos. No se trata de una novela histórica, de una ficción; es una crónica real que nos muestra, desnuda, la barbarie sin justificación que supone un enfrentamiento de esta naturaleza.

     En su propia introducción el autor nos confiesa: "Cuento lo que he visto y lo que he vivido más fielmente de lo que yo quisiera. A veces los personajes que intengo manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se me van de entre las manos, diciendo y haciendo lo que yo, por pudor, no quería que hiciesen ni dijesen." Y es que, como dice Andrés Trapiello, al lector sólo le queda asistir atónito y consternado al triunfo de la barbarie.

 



7 de septiembre de 2014

La ausencia.




  
Qué más da.



Qué más da el sol que se pone o el sol que se levanta,

la luna que nace o la luna que muere.

Mucho tiempo, toda mi vida, esperé verte surgir entre las nieblas monótonas,

luz inextinguible, prodigio rubio como la llama;

ahora que te he visto sufro, porque igual que ellos

no has sido para mí menos brillante,

menos efímero o menos inaccesible que el sol y la luna alternados.

Mas yo sé lo que digo si a ellos te comparo,

porque aun siendo brillante, efímero, inaccesible,

tu recuerdo, como el de ambos astros,

basta para iluminar ausente toda esta sombra que me envuelve.

Luis Cernuda.
Los placeres prohibidos.



10 de agosto de 2014

Reseña. Pregúntale al polvo. John Fante.






    
   


      No es una escritura amable la de Fante, al menos al principio. Su forma de contar resulta áspera, sus frases desadjetivadas y duras, breves, como si en lugar de estar escritas nos las estuvieran lanzando como piedras que nos lapidaran. La relación escritor-lector no es sencilla aquí, el primero nos grita pidiendo que nos levantemos de nuestra cómoda butaca de lectura y nos pongamos a leer de verdad, a comprender lo que, ocultas bajo el cinismo, sus palabras nos quieren decir realmente.

     En realidad yo no iba a reseñarlo porque no sabía muy bien cómo describirlo. Hasta que la otra noche, sentados en una terraza de verano con música en directo, mi hijo me comentó algo sobre el saxofón. Me dijo que al principio no gustaba su sonido porque era como un instrumento roto. Lo comprendí inmediatamente. La forma de escribir de John Fante es como el sonido de un saxofón. Nos parece desestructurado y roto, pero al cabo de poco tiempo nos damos cuenta que es capaz de componer dulces y desgarradoras melodías, que nos ha cautivado precisamente por esa peculiaridad y porque en su sonido no cabe la impostura ni la frivolidad.

          Pregúntale al polvo es, aparentemente, la historia de Arturo Bandini, un aspirante a escritor que resulta ser un cretino integral, un auténtico gilipollas. En este punto es cuando el escritor se dirige a nosotros gritando: "¿Pero no os dais cuenta de lo que os estoy mostrando? ¿Quién es aquí el auténtico cretino?". Porque Bandini se mueve por las afueras de una sociedad, la sociedad americana de entreguerras, que se está levantando sobre unos valores basados en el dinero, la familia y la religión. Una sociedad descarnada y cruel, desprovista de auténtica moral, sin integridad real y en la que el remordimiento y la culpa, el aislamiento y la soledad, modelan a los personajes. Personajes, por otro lado, a los que si nos detenemos a quitarles su máscara de actores, descubriremos lo bien construidos que están, lo redondos que son, literariamente hablando.

     En nuestro devenir como lectores, muy pocas veces encontramos libros que consigan descolocarnos, dejarnos un poco como sin saber muy bien qué pensar. Libros que al acabarlos nos obligan a reflexionar y a meditar sobre qué es realmente lo que hemos leído. ¿Acaso se puede pedir más a la lectura?. Yo creo sinceramente que no.



¿Qué hacer entonces? ¿Elevar la boca al cielo para parlotear y balbucir con una lengua asustada? ¿Descubrirme el pecho y golpeármelo como un tambor resonante para llamar la atención de mi Salvador? ¿No es más lógico y conveniente justificarme y seguir andando? Pero habría desorientaciones, habría anhelos; habría soledad, no tendría más que lágrimas, pajarillos húmedos del consuelo, aunque también belleza, una belleza semejante al amor de una muchacha difunta. Y risas también, risas contenidas, y silenciosas esperas nocturnas, y un temor subrepticio a la noche, cual si se tratase del beso pródigo y burlón de la muerte. Y llegará la noche, y los dulces óleos de las playas de mi océano que derramaron en mis sentidos los capitanes a quienes abandoné en la fogosidad soñadora de la juventud. Pero todo ello me será perdonado, y otras cosas también, Vera Rivken, el batir incesante de las alas de Voltaire, el haberme detenido a escuchar y contemplar a este pájaro fascinante, todo me será perdonado cuando vuelva a mi patria por mar.


23 de julio de 2014

Aprender a vivir.






     Uno tiene a veces la sensación de tener demasiados frentes abiertos, como si los problemas se confabularan para presentarse todos a un mismo tiempo, en la madrugada, cuando la primera claridad del día debería dar paso a la esperanza en lugar de a la preocupación. La impericia de la juventud, la supuesta seguridad de la madurez, soportada a menudo sobre el viento, la cruel intolerancia de los mayores, la vida. La verdad es que con el paso del tiempo no logramos ser menos ilusos que en nuestra primera juventud, quizá lo único que logremos, y no siempre, sea un cierto pragmatismo que debería hacernos más fácil vivir.

     Cuando todavía la mayor parte de sus recuerdos provienen de la infancia, el hombre joven mira el mundo a través de un prisma con bordes muy definidos. Todo es diáfano y claro, todo es absoluto. Piensa que el futuro está ahí, esperando a construirse y llegar hasta él con la misma facilidad con que pasa el tiempo. Con él vamos llenando el cofre de la memoria: de éxitos y fracasos, de felicidad y de desdicha y, sobre todo, de esa anodina normalidad que sufrimos desde que nacemos y no es otra cosa que el acto de vivir, en pocas ocasiones indoloro.

     El futuro está formado por el conjunto de todas las cosas que son posibles. Es, por tanto, una ilusión, una entelequia. En una encrucijada de caminos, todas las opciones son futuro, pero sólo una llegará a ser realidad. En contra de lo que pensamos, no construimos nuestro porvenir, no podemos hacerlo. Vivimos tomando decisiones que no podemos comprobar a posteriori si fueron las adecuadas. En realidad únicamente somos capaces de construir nuestro pasado, el pasado que será la manta que nos arrope todas las noches: rugosa o suave, cálida o fría, pesada o ligera, inamovible e inevitablemente nuestra. 

     Con el tiempo, los bordes del prisma con el que vemos el mundo se van tornando más difusos. Todo se vuelve más rico, todas las cosas adquieren innumerables matices, se transforman y se hacen más cercanas y más incomprensibles al mismo tiempo. La única lección que sólo aprendemos por nosotros mismos es que siempre hubo cosas que no supimos ver en su momento, que la experiencia vital es algo que nos es dado a tiempo pasado, que casi siempre es irremediable, para bien o para mal. 

     Uno tiene que instruirse para mantenerse al margen de aquellos problemas que le son ajenos. La lectura que saquemos de ellos no servirá a nadie más que a nosotros mismos. Tengo la convicción de que esta es la argamasa con la que tendré que construir mi pasado a partir de ahora. Aprender a levitar sobre las ajenas realidades y cantar, como hacía el poeta crápula: 

"y en la escalera me siento a silbar mi melodía".




6 de julio de 2014

Reseña. Historia de una maestra. Josefina R. Aldecoa.




"Cuando todo español, no sólo sepa leer, que ya es bastante, sino tenga ansias de leer, de gozar y divertirse, sí, de divertirse leyendo, habrá una nueva España".



     No conocía a Josefina Rodríguez Aldecoa. Hace unos días, leyendo el discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua de Ana María Matute, tropecé con una cita de su libro "Los niños de la guerra". No lo he encontrado, pero sí este que traigo a este pequeño foro, su breve y sorprendente "Historia de una maestra".

     Escrito en primera persona, en forma de diario íntimo, Gabriela nos cuenta su vida como maestra desde 1923 hasta 1936. Con un estilo sencillo, aunque solo en apariencia. Porque detrás de su fácil lectura, entre las afables palabras, se desliza la imagen viva de la sociedad, de la forma de vivir, de sentir y de pensar, de sus seculares miserias:

El primer día tenía preparado un discurso pero no me salió. Únicamente dije: "¿Quién sabe leer?" Y un niño menudito y rubiaco dijo: "Yo." "¿Y los demás?", insistí. "Los demás no saben", contestó él. "Si supieran no estarían aquí..." "¿Dónde estarían?", pregunté estúpidamente. Y él sonrió lacónico y dijo: "Trabajando."


     Es la Historia. Con mayúscula. No la que figura en los libros, ni la que se estudia en los colegios y en las universidades, sino la que se vive, casi siempre cruel, la que cambia el mundo y a las personas, la que llega a los bares, a los campos, al interior de los hogares. El eco de una república proclamada sin violencia y que intentó cambiar y mejorar la sociedad española desde uno de sus pilares básicos: la educación. 

     Pero es también la historia de la intolerancia, de la resistencia al cambio. En el mundo rural en que transcurre Historia de una maestra, se percibe a la perfección cómo se van formando dos bandos diametralmente opuestos, que darán lugar a la tragedia. En un lado, el caciquismo y la iglesia, representantes del poder establecido e inmutable, dispuestos a cualquier cosa para conservar sus privilegios. En otro, una masa inculta e indefensa ante la política, impaciente ante los cambios que se le prometen y no acaban de llegar. A unos les mueve la intolerancia y el egoísmo, a otros el hambre y la injusticia social.

Para un concurso de trabajos del Ministerio, presentamos uno, de geografía, en el que desarrollábamos el proyecto de estudio de España sobre un mapa natural. Con plantas de verdad, montañas, ríos, los niños lo habían hecho a la sombra de un roble en la parte de atrás de la escuela. Estaban entusiasmados y cada día añadían un nuevo elemento para completarlo. Una mañana apareció destrozado. Una gran cruz de cal cubría toda la extensión del mapa.

     
     La cita al pie de la ilustración del principio es de Manuel Bartolomé Cossio, presidente del Patronato de las Misiones Pedagógicas, uno de los proyectos más hermosos y ambiciosos en materia de educación, sino el que más, de la historia de España. Estas son también sus palabras, que Josefina Aldecoa transcribe en su pequeño y hermoso libro:

Somos una escuela ambulante y que quiere ir de pueblo en pueblo. Pero una escuela ambulante donde no hay libros ni matrícula, donde no hay que aprender con lágrimas, donde no se pondrá a nadie de rodillas, donde no se necesita hacer novillos. Porque el Gobierno de la República que nos envía, nos ha dicho que vengamos ante todo a las aldeas, a las más pobres, a las más abandonadas y que vengamos a enseñaros algo, algo de lo que no sabéis por estar siempre tan solos y tan lejos de donde otros lo aprenden y porque nadie, hasta ahora, ha venido a enseñároslo.


     Y al final, el final. El espanto de lo indescriptible, la ruptura de la lógica:



  "Vi enseguida el primer brazo rígido elevado hacia el cielo. Luego descubrí cuerpos abandonados sobre la tierra. Unos con la cara escondida, otros bien visible: boca sin voz, arriba; ojos ciegos, arriba; frente dormida, arriba."


29 de junio de 2014

Reseña. Opus Nigrum. Marguerite Yourcenar.




     Son necesarios muchos libros para releer un libro. Unos se empiezan y se desechan, la mayoría se terminan con mayor o menor éxito, y al cabo de muchos de ellos se encuentra alguno que merecerá la pena volver a leer al cabo de unos años. Podemos decir que la relectura es un placer muy caro, porque se paga con la moneda más valiosa: el tiempo. Sin embargo, la sensación al volver a abrir el mismo libro, del que lo único que habrá cambiado será el color, algo más oscuro, de sus páginas, y constatar al leerlo cómo hemos evolucionado, como lo afrontamos con muchas más preguntas que la primera vez, es impagable. El libro es el mismo. Nosotros, sin embargo, somos otros.



    Opus Nigrum es la biografía de un médico, alquimista y filósofo llamado Zenón, que encarna la historia de hombres como Copérnico, Leonardo, Miguel Servet o  Paracelso, que tuvieron que afrontar una época histórica excepcional. Asistimos al final del medioevo y a la venida de un hombre nuevo, el hombre del Renacimiento. El título de la novela de Marguerite Yourcenar hace referencia a un término alquímico. Para entender este término hay que desechar la simplificadora idea que tenemos de la alquimia como el arte de transformar el plomo en oro. En realidad es algo muy distinto.


     La alquimia consiste en un proceso de ruptura con lo establecido, de racionalización y duda de lo aceptado como cierto, de la destrucción de los dogmas e ideas inmutables, para llegar a la verdad, al conocimiento de lo absoluto mediante un proceso de transformación, un proceso de ensayo y error. De alguna manera es una mirada íntima, un "Intus Legere", leer al interior de las cosas (esto significa la palabra inteligencia), un observar para entender. Ideas peligrosas, sin duda, en la Europa del siglo XVI. El proceso de ruptura, de separación y disolución de la materia, es el Opus Nigrum, que iniciaba el camino para alcanzar el Opus Magna, o Gran Obra, en términos alquímicos.



       En una Europa convulsa, en guerra constante entre los distintos protestantismos y el catolicismo, no se encuentra un rincón que sea ajeno a la intolerancia. Hija de la ignorancia, como el miedo, vendrá a ser el peor enemigo del nuevo hombre, que con frecuencia acabará en la hoguera o en la horca. La investigación científica y el librepensamiento de muchos hombres y mujeres reflejados en el Zenón protagonista de Opus Nigrum conformaron la sociedad europea actual, en una lucha constante contra los poderes más reaccionarios encarnados por las distintas visiones del cristianismo que sólo tenían en común una cosa: el inmovilismo en sus dorados y privilegiados sillones anclados en la Edad Media.



 

22 de abril de 2014

Brindis por la poesía.








     Recuerdo una tarde, quizá de invierno, en que con mi hijo mayor, todavía un niño, asistimos a un concierto sinfónico del Réquiem de Mozart. Todavía me pregunto cómo de la mente de una persona puede surgir una obra así, una unión de sonidos capaz de emocionar de esa manera. Para mí, musicalmente iletrado, analfabeto mejor dicho, resulta incomprensible. Pero la mayor de las benevolencias que dios derramó sobre los seres humanos fue que, aun ignorantes de cómo se construye la obra, seamos capaces de disfrutar y sentir emoción con ella. No necesito ser músico para disfrutar de la música, para sentir cómo vibra cada músculo del cuerpo ante un Kirie, un Offertorium o un Sanctus. Y el mejor homenaje que se le puede hacer a un músico es, simplemente, escuchar su música. Al igual que para disfrutar de un elaborado plato en un buen restaurante no es necesario saber cocinarlo, tampoco son precisos extensos y eruditos estudios sobre el compositor, es suficiente con escuchar su música y que te emocione. 

     Aquel niño que escuchó conmigo el Réquiem tuvo el detalle, porque sabía que me interesaba, de enviarme el jueves santo un whatsapp para decirme que El País había publicado que Gabriel García Márquez había muerto. Aunque la noticia era esperada, me dolió. Se pierde mucho más que un hombre. Siento que sobran todos los homenajes, todas las rosas amarillas, todas las lecturas del comienzo de sus obras. Igual que al músico, el mejor, el único reconocimento válido que se puede hacer a un escritor es leer sus libros. No quiero caer en el tópico de que mientras se le lea estará de alguna manera vivo entre nosotros. Eso es una gilipollez. Pero mientras se lea a García Márquez se estará ahondando en la mente de un hombre extraordinario, se estará recibiendo en cascada un aluvión de sensaciones que no perecen, que persisten al hombre que las creó.

     He buscado y leído su discurso de aceptación del Premio Nobel de literatura en 1982. Como no podría ser de otra manera, es un discurso valiente, reivindicativo. El escritor tiene forzosamente que alzar su voz, tiene que ser el púlpito del que se valga la reivindicación de justicia de su pueblo, y eso está perfectamente plasmado en esos escasos cuatro folios. Al final, Gago desciende al mundo idílico de los lectores y brinda por la poesía, "esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes de los espejos." Termina citando a otro poeta latinoamericano, Luis Cardoza y Aragón, que define la poesía como la única prueba concreta de la existencia del hombre. Todo un lujo, todo un Kirie con el único instrumento de la pluma y el papel.

     No necesito ser escritor para disfrutar de la literatura, ni ser poeta para disfrutar de la poesía. Y la segunda mayor benevolencia de dios es el ser capaces de emocionarnos con la palabra escrita de aquellos que recibieron el don de contar, como decía Gabo, aquello que tenían que contar porque lo llevaban en las tripas. Dejo el enlace al discurso por si el lector quiere disfrutarlo:    







13 de abril de 2014

Mairenada (II). La religiosidad de Machado.









     Decía Juan de Mairena:

     "Cuando el hombre deja de creer en lo absoluto, ya no cree en nada. Porque toda creencia es creencia en lo absoluto. Todo lo demás se llama pensar."


     ¿Se podría inferir de estas palabras que Antonio Machado fuera ateo, o acaso agnóstico? Acudamos a su concepto de fe: " ... un acto de fe no consiste en creer sin ver o en creer en lo que no se ve, sino en creer que se ve, cualesquiera que sean los ojos con que se mire, e independientemente de que se vea o de que no se vea".

     Efectivamente, de lo que el poeta reniega es de esa religiosidad revelada, estamentalizada y que es como una venda en los ojos de sus acólitos. Descree de aquella religión inmovilista y opuesta a la razón: ... "repensar lo pensado, desaber lo sabido y dudar de la propia duda, es el único modo de empezar a creer en algo". El hecho religioso para Machado es un proceso filosófico que debe ser deducido, aún consciente de no poder alcanzar el final del silogismo. En este sentido llegará a pronunciar, en boca de Juan de Mairena, una de sus frases más inquietantes: "Los grandes filósofos son los bufones de la divinidad".

     Escribo estas reflexiones hoy, Domingo de Ramos. En los próximos días sonarán en casi todas las ciudades y pueblos andaluces los acordes de "La Saeta", en un acto de cinismo extraordinario. Incomprensiblemente los versos que reniegan del Cristo clavado eternamente al madero servirán para la exaltación de una religiosidad reaccionaria, oscura y antigua,  sentido totalmente opuesto al que quiso darle el poeta, para quien el único Cristo posible es el que caminó sobre el agua.

     Porque para Antonio Machado existe una relación entre religión, filosofía y poesía que no puede estar sujeta a dogma ni a verdades absolutas: "Después de la verdad -decía mi maestro- nada hay tan bello como la ficción. Los grandes poetas son metafísicos fracasados. Los grandes filósofos son poetas que creen en la realidad de sus poemas."




   


26 de marzo de 2014

Mairenada (1)









     "Hay hombres que nunca se hartan de saber. Ningún día -dicen- se acuestan sin haber aprendido algo nuevo. Hay otros, en cambio, que nunca se hartan de ignorar. No se duermen tranquilos sin averiguar que ignoraban profundamente algo que creían saber".

JUAN DE MAIRENA.


25 de marzo de 2014

La paloma de Kant.



Immanuel Kant elabora una hermosa metáfora referida a una paloma en su "Crítica de la razón pura". Aunque el filósofo nos habla del racionalismo y el empirismo, de la experiencia y la razón, nosotros, profanos en esa metafísica tan profunda, podemos tomar la metáfora en un sentido más mundano, más vulgar si se puede decir así. ¿Acaso las metáforas, como las parábolas del evangelio, no son sino juegos de palabras para hacer más comprensible el mensaje?

La ligera paloma, en su libre vuelo, al cortar el aire la resistencia del cual siente, podría imaginarse poder volar todavía mejor en el vacío.

La paloma, como nosotros los humanos, ignora que sin la resistencia del aire no es posible volar. Que el mismo aire que ella cree le dificulta el vuelo es lo que lo hace posible. No es posible volar en el vacío. No se puede caminar sin sentir el peso del cuerpo en nuestros pies. Todo es vano sin esfuerzo. Aún cuando, como la paloma, no seamos capaces de percibirlo así.


16 de marzo de 2014

Las fábulas de Augusto Monterroso.


    




     En Movimiento perpetuo se pregunta Monterroso sobre la finalidad de la filosofía, refiriéndose no tanto al conocimiento profundo de las numerosas teorías filosóficas, sino más bien a la capacidad de pensar y de razonar. Su respuesta es breve pero fabulosa: la filosofía sirve para enseñar a la mosca a escapar del frasco.

     Es obvio que la mosca somos nosotros. Y frascos de los que huir, hay muchos: desde los que contienen unas pocas moscas hasta los que abarcan milllones de ellas. Y cada mosca debe saber cómo escapar de su prisión para decidir después si se queda en ella o no.

     
     Augusto Monterroso es un maestro de la brevedad, pero también de la profundidad, de la densidad del mensaje que transmite en apenas unas pocas líneas. La oveja negra y demás fábulas no es un libro para leer del tirón. Sus pequeñísimas historias son auténticas provocaciones al acto del razonamiento y deben tomarse una a una, permitiéndo que maduren despacio en la parte de atrás de nuestro cerebro, como un buen vino que deja en el paladar un recuerdo que debe respetarse y apurarse hasta el final. He seleccionado tres de ellas para deleite del lector. Debo reconocer que no las he elegido al azar. Me he permitido elegir el frasco:


El apóstata arrepentido.

     Se dice que había una vez un católico, según unos, o un protestante, según otros, que en tiempos muy lejanos y asaltado por las dudas comenzó a pensar seriamente en volverse cristiano; pero el temor de que sus vecinos imaginaran que lo hacía para pasar por gracioso, o por llamar la atención, lo  hizo renunciar a su extravagante debilidad y propósito.


Las dos colas, o el filósofo ecléctico.

     Cuenta la leyenda que en el populoso mercado de una antigua ciudad se paseaba todas las tardes un filósofo ecléctico, célebre observador de la Naturaleza, a quienes muchos se acercaban para exponerle los más peregrinos conflictos y dudas.
     Cierta vez que un perro daba vueltas sobre sí mismo mordiéndose la cola ante la risa de los niños que lo rodeaban, varios preocupados mecaderes preguntaron al filósofo a qué podía obedecer todo aquel movimiento, y que si no sería algún funesto presagio.
     El filosofo les explicó que al morderse la cola el perro trataba tan sólo de quitarse las pulgas.
     Con esto, la curiosidad general quedó satisfecha y la gente se retiró tranquila.
     En otra ocasión, un domador de serpientes exhibía varias en un canasto, entre las cuales una se mordía la cola, lo que provocaba la seriedad de los niños y las risas de los adultos.
     Cuando los niños preguntaron al filósofo a qué podía deberse aquello, él les respondió que la serpiente que se muerde la cola representa el Infinito y el Eterno Retorno de las personas, hechos y cosas, y que esto quieren decir las serpientes cuando se muerden la cola.
     También en esta oportunidad la gente quedó satisfecha e igualmente tranquila.


Caballo imaginando a Dios.

     A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lógica más elemental, razonaba los otros días el caballo.
     Todo el mundo sabe -continuaba su razonamiento- que si los caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios lo imaginaríamos en forma de jinete.








19 de febrero de 2014

Marwan, 4 años. Víctima.





"Marwan tiene solo cuatro años y hace tres que es víctima de la guerra en Siria, como muchos más niños".


     Así comienza esta escalofriante historia que podíamos encontrar en la prensa recientemente. Fue encontrado sólo en el desierto, en la frontera entre Siria y Jordania, por miembros de ACNUR. Su historia no es única, pero no por eso es menos escalofriante. Este niño de cuatro años no olvidará en su vida que perdió a sus padres al cruzar la frontera huyendo de una guerra. Todas las víctimas de conflictos armados son inocentes, pero los niños son, además, los más indefensos, los más débiles, los más vulnerables.





     Inevitablemente se me va la memoria hacia una historia de Antonio Muñoz Molina. Olympia es uno de los relatos que conforman su inigualable obra Sefarad. Un funcionario municipal de viaje en Madrid, al que le sobra algo de tiempo antes de coger el tren de regreso, entretiene las horas en el Retiro y se tropieza con una exposición en el Palacio de Cristal dedicada al exilio de los republicanos españoles en México.

"Recuerdo objetos, fragmentos: vitrinas con recortes de periódicos y cartillas de racionamiento, monitores de vídeo en los que se proyectaban viejas películas de soldados envueltos en harapos huyendo por los caminos hacia Francia, hacinados en las estaciones fronterizas de Pourt Bou y Cerbère, después de la caída de Cataluña. (.....) Había una foto grande de una multitud intentando subir a un barco de vapor, en un puerto francés. Una mujer de unos cincuenta años la miraba parada junto a mí, diciendo algo en voz baja con acento mexicano, aunque no había nadie con ella. Respiraba muy fuerte: la miré y estaba llorando.

- Yo iba en ese barco, señor -me dijo, la voz entrecortada de llanto, una señora mexicana con gafas grandes y pelo cardado y teñido, la única persona que había aparte de mí esa mañana en la exposición, en el edificio de cristal rodeado de niebla, como enguatado de silencio-. Yo soy una de esas figuritas que ve usted en la foto. Ocho años tenía, y me moría de miedo pensando que me iba a soltar de la mano de mi papá."


     Nada ha comenzado ahora ni nada ha terminado antes. ¿Desolación, vergüenza, dolor, remordimiento, culpa...? ¿Qué se siente al ver en la fotografía ese cuerpecito infantil, forzando una hombría que no puede tener, y esa carita perdida?

 



8 de febrero de 2014

Literatura y ficción.





     No es infrecuente, cuando se habla de novela, de cuentos o de narrativa en general, encontrarnos con el término "literatura de ficción", para distinguirla de la literatura académica, del ensayo y de la poesía. ¿Es correcto usar esta denominación? Posiblemente no. Es más, literatura y ficción pueden ser palabras contradictorias en sí mismas.

     ¿O acaso es ficción la simpleza y la cobardía de Sancho Panza, o la ambición de Macbeth, o el hambre que atenaza al Buscón, o las sucias artes de las que vive La Celestina? ¿Es ficción la angustia de Gregor Samsa, el dolor por el desprecio de su padre, o la desesperación de Josef K. en su lucha contra una acusación invisible que le aboca a ofrecer el cuello al cuchillo del verdugo? ¿Es ficción lo árido que puede resultar el mundo exterior para un niño vícima de abusos, que nos describe con tanta intensidad Jesús Carrasco en Intemperie?

     No hay ficción en la literatura. Quiero decir que no hay nada que sea completamente inventado, no que carezca de ilusión, de fantasía y de magia. La mayoría de los aficionados a la lectura no conseguiremos escribir nunca, seguramente porque pensamos que los escritores verdaderos se inventan las historias que nos cuentan, como si las crearan de la nada. Posiblemente no haya nada más lejos de la verdad. Las historias tienen, por muy fantásticas que puedan parecer, su base en la realidad. Beben de ella, de la memoria y de la reflexión del escritor. Como los sueños, son representaciones más o menos distorsionadas de  su propia experiencia, vivida o aprendida. La novela, o el cuento, se crean cubriendo esa realidad, mostrándonosla con el artificio de una ficción aparente:


Era una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha.

AUGUSTO MONTERROSO:
La oveja negra y demás fábulas.