... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

15 de enero de 2014

Calomarde en el siglo XXI.





     Tras la caída del "Trienio Liberal", con la intervención en España de los Cien Mil Hijos de San Luis, Fernando VII consigue al fin la restauración del absolutismo dando comienzo la denominada "Década ominosa" y la consiguiente persecución y represión de los liberales, mal llamados afrancesados en un intento de hacerlos pasar a la historia como traidores, cuando su mayor delito fue abrazar las ideas de la Ilustración. Francisco Tadeo Calomarde, ministro de Gracia y Justicia en este período absolutista, tiene entre sus logros la promulgación en 1824 del Plan General de Estudios del Reino:

     Sabiendo que del estudio y de la cultura vienen las ideas peligrosas, cerró buena parte de las universidades, censuró miles de libros, cambió los planes de estudio a diestro y siniestro, introduciendo mucha teología y quitando ciencias, y sembró por toda España escuelas de tauromaquia, algo muy español y sin peligro de llevar a derivas liberales y revolucionarias.
Malos de la historia de España.
Gabriel Cardona y Juan Carlos Losada.


     Será difícil que escape al lector la semejanza del texto anterior con alguna de las situaciones que se están viviendo en España en la actualidad, corridas de toros incluidas. Uno se pregunta con asombro si tan poco hemos cambiado en prácticamente doscientos años. Dos siglos muy convulsos y sangrientos, por cierto. Obviamente la sociedad española ha evolucionado, pero quedan enquistados en ella unos sectores reaccionarios que, efectivamente, han practicado con tanta ansia el inmovilismo que consiguen parecerse a aquellos que protagonizaron páginas muy negras de la historia de este pais. ¿Por qué? Podemos encontrar diversas causas, múltiples explicaciones, ninguna de ellas plenamente acertada pero tampoco totalmente equivocada. En mi opinión, una de las más significativas podría ser la ignorancia. Todos somos ciertamente ignorantes, pero quiero distinguir dos característicos tipos de desilustrados muy especialmente por la peligrosidad que conllevan.

     En primer lugar, aquel que es ignorante hasta de su propia ignorancia. En su barbarie, cree saberlo todo y tener la solución a todos los problemas. Suele ser víctima de su propio fanatismo, pero sus actitudes a menudo resultan violentas y, en épocas de crisis y sufrimiento, consiguen un cierto seguimiento o apoyo social. Salvo en España, que revistió un carácter más cuartelero, los fascismos y los movimientos de intolerancia que surgieron en Europa en el pasado siglo tuvieron un cierto soporte intelectual, si es que puede llamársele así.

     Pero el más paradigmático resulta ser quien, reconociéndola, hace gala de su ignorancia, quien la exhibe no sin un cierto orgullo incomprensible. Son personas que exigen su pez pero rehúsan la caña de pescar. Y cuando vienen mal dadas, aceptan con resignación que el tamaño del pez disminuya con tal de no tener que pescarlo por ellos mismos. 

     Estos segundos pueden llegar a formar una masa social importante y tan maleable como si fuera de arcilla. Los partidos políticos son conscientes de ello, hasta tal punto que han encerrado sus ideologias en polvorientas y doradas estanterías y ahora se dedican a diseñar campañas de marketing vendiendo peces en lugar de futuro. Por eso de Calomarde a Wert o a Gallardón hay más distancia temporal que ideológica.

     He sacado la cita del precioso libro "Malos de la Historia de España", un ligero y muy ameno repaso, desde Viriato a Carmen Polo de Franco, a esos personajes "traidores, fanáticos, asesinos y cobardes de todos los tiempos". En su introducción se habla del sentido de hacer historia. Sabido es que la historia la escriben los vencedores, a menudo con la sangre y el sufrimiento de los inocentes. El historiador tiene que sacudirse el peso del polvo de los archivos y de su propia erudición, tiene que ser testigo de la injusticia y de la mentira "porque hacer historia es un imperativo moral, es ajustar cuentas con nuestro pasado, es luchar por reconciliar al ser humano consigo mismo, y puede servir para hacer algo menos mala a la humanidad. Para eso sirve la historia, para nada más ni para nada menos".





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