... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

4 de enero de 2014

Reseña. Los años de peregrinación del chico sin color. Haruki Murakami.








     Hace un tiempo realicé un pequeño curso de fotografía on-line. Primero aprendes una serie de reglas de composición: la regla de los tres cuartos, la importancia de las líneas, el cuidado de los fondos, y cosas así. Y a continuación te enseñan que las reglas están para romperlas, y que en su transgresión se encuentra, a menudo, la grandeza de una fotografía. En literatura, la regla de oro es que si una idea se puede expresar con cuatro palabras, por ejemplo, hay que usar cuatro palabras, no cinco ni seis. Esto es Murakami.

     Reconozco que este ha sido mi primer acercamiento al escritor japonés. Quizá porque me había creado mucha expectativa sobre él me ha decepcionado un poco. Eso no quiere decir que no me haya gustado. No traigo al blog libros que no entienda que merece la pena leerlos. Murakami es, a mi juicio, excesivamente pulcro. De ahí lo que decía al principio de las reglas de fotografía. Su pulcritud, su limpieza, le confieren a su escritura una cierta asepsia, una frialdad que la hace lejana. El lector es un mero espectador, no llega a entrar de lleno en la obra. Sólo en muy contadas ocasiones consigue conmover con sinceridad.

    Con la música de Franz Liszt de fondo (Los años de peregrinaje), asistimos a una hermosa historia que nos habla del vacío del ser humano, de una concepción dolorosa de la vida. El hombre actual, desprovisto de artilugios mágicos, es un ser hueco, y su experiencia vital una sucesión de pérdidas, de puertas que se cierran dolorosamente. Una de esas puertas ha quedado abierta y Tsukuru, el protagonista, se ve obligado a viajar al pasado para cerrarla. Un viaje que le hará enfrentarse a esa sensación de banalidad, a la insustanciabilidad que produce soledad y dolor. Cada una de esas puertas encierra una etapa irrecuperable de nuestra vida, algo que se perdió para siempre y cuyo nostálgico recuerdo nos hiere y lacera nuestro presente.

     Hay dos personajes en el libro que no quiero dejar de mencionar. El primero de ellos es un extraño pianista que encierra un indeterminado conocimiento secreto sobre el destino de las personas. El otro, un compañero de estudios de Tsukuru que exhibe un atractivo provisto de una cuidada ambigüedad. Ambos aparecen bastante al principio creandonos la ilusión de que se van a dilucidar complejas cuestiones sobre la posibilidad de existencia de distintas realidades quizá alternativas, sobre misterios oníricos incomprensibles. Sin embargo, en un momento determinado ambos personajes desaparecen repentinamente y la novela vuelve a su forma más convencional y lineal. Pareciera como si se tratara de una obra mucho más grande, como si la primera intención fuera más ambiciosa y después, por algún motivo, se hubiera simplificado la trama repentinamente. Esta sensación de que algo se ha quedado atrás, de que Murakami nos ha escamoteado su ingenio por algún motivo desconocido es lo que, de alguna manera, me hace sentirme decepcionado con Los años de peregrinación del chico sin color. Una gran novela, sin duda, pero que quizá pudo ser algo mucho más grande.







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