... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

2 de febrero de 2014

El último verso.







   Colliure (Francia), 22 de febrero de 1939. En una triste habitación del Hotel Bougnol-Quintana acaba de fallecer Antonio Machado, a los pocos días de comenzado su exilio. Al recoger sus efectos personales, en un bolsillo de su viejo abrigo, alguien encuentra un papel arrugado con rápidas anotaciones a lápiz, entre ellas un verso:


estos días azules y este sol de la infancia


   Estas palabras podrían haber formado parte de un poema que nunca llegó a escribirse. Usando un término de moda, podemos hablar de un poema nasciturus, esto es, concebido y no nacido. ¿Hay crimen mayor que hurtar de poesía a la humanidad? Y sin embargo, ¡cuántos versos, cuántos libros, cuántas novelas no habrán llegado a ser a lo largo de la historia, víctimas de toda clase de intolerancia! 

   En aquellos tristes días el empeño estaba en cambiar los libros de poesía por misales y devocionarios de dorados lomos. Hoy se pretende sacar de las bibliotecas escolares los manuales de Historia de la Filosofía y sustituirlos por catecismos hermosamente ilustrados. En el fondo, no es tanta la diferencia.

   Pero un verso, un solo verso huérfano hurtado al dogmatismo es una conquista de incalculable valor. Machado murió en el exilio y fue expulsado póstumamente como catedrático, pero en un simple pedazo manuscrito de papel llevaba consigo su victoria, como un legado para que los hombres luchen por que los días sigan siendo azules y el sol, caliente como el de la infancia.




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