... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

1 de febrero de 2014

Orlando: lector y poeta.







     Acabo de terminar de leer Orlando, de Virginia Woolf. Realmente un hermosísimo libro supuestamente biográfico de este personaje que comienza como hombre en el siglo XVI y termina siendo mujer en el XX, y del que hay quien opina que en realidad es una larguísima carta de amor que Woolf dedica a su amante, Vita Sackville-West. El libro no está exento de una cierta reivindicación feminista, pero lo que a mi modo de ver lo hace más encantador es que mantiene un juego con el tiempo, entre el presente y el pasado que de continuo se alternan, se superponen o se tornan tan reales y que hace tan grata esta novela. 

     A menudo tambien encontramos un fino humor, una sutil ironía. Por ello he querido rescatar unos párrafos que hablan, cómo no, de la afición a la lectura de Orlando, su protagonista, y a su empeño por escribir un poema. Ruego al lector sepa disculpar la extensión del texto:


     "La afición a los libros fue precoz. De niño a veces le encontraba un paje todavía leyendo a medianoche. Le quitaron la vela, y crió luciérnagas con ese objeto. Le quitaron las luciérnagas, y casi prendió fuego a la casa con una yesca. Dicho en una palabra, y dejando para el novelista estirar la seda arrugada y todas sus implicaciones, era un caballero aquejado de amor a las letras. Muchas personas de su época, todavía más de su rango, evitaban la infección, y de ese modo quedaban libres para correr, cabalgar o hacer el amor a su real capricho. Pero algunos se infectaban a temprana edad de un germen que se decía nacido del polen del asfódelo y traído por el viento de Grecia e Italia, y que era de naturaleza tan perniciosa que hacía temblar la mano levantada para el golpe, velaba la vista que buscaba su presa y trababa la lengua en el momento en que se declaraba su amor. Era la fatídica naturaleza de esta enfermedad sustituir a la realidad un fantasma, de suerte que Orlando, a quien la fortuna había otorgado todos los dones -vajilla de plata, lencería de hilo, casas, mayordomos, alfombras, camas en profusión-, no tenía más que abrir un libro para que toda esa vasta acumulación se mudara en bruma. Las seis fanegadas de piedra que eran su casa se desvanecían; los ciento cincuenta sirvientes de la casa desaparecían; los ochenta caballos de silla se tornaban invisibles; sería demasiado prolijo contar las alfombras, los divanes, los adornos, la porcelana, la plata, las vinagreras, los calentadores y otros bienes muebles, a menudo de oro batido, que se evaporaban bajo el miasma como la bruma del mar. Así era, y Orlando se quedaba solo, leyendo, como un hombre desnudo.

     Ahora el mal, en aquella soledad, avanzó rápidamente en él. De noche leía muchas veces hasta seis  horas, y cuando venían a pedirle órdenes para la matanza del ganado o la recolección del trigo, apartaba el infolio y miraba como si no entendiera lo que le decían. Eso ya era malo, y les encogía el corazón a Hall, el halconero; a Giles, el palafrenero; a la señora Grimsditch, el ama de llaves; al señor Dupper, el capellán. Un gentil caballero como él, decían, no tenía necesidad de libros. Que dejara los libros, decían, para los tullidos y los moribundos. Pero aún faltaba algo peor. Pues una vez que el mal de leer se ha apoderado del organismo, lo debilita y lo convierte en presa fácil de ese otro azote que habita en el tintero y se encona en la pluma. Al desgraciado le da por escribir. Y siendo eso malo en un pobre, que no tiene otra propiedad que una silla y una mesa bajo un tejado con goteras, que en definitiva no tiene mucho que perder, la desdicha en un hombre rico, que tiene casas y ganado, doncellas, asnos y lencería de hilo, y aun así escribe libros, es muy de lamentar. Pierde el sabor de todo: le torturan hierros candentes, le roen los gusanos. Daría hasta el último ochavo (tal es la malignidad del germen) por escribir un único librito y hacerse famoso; pero todo el oro del Perú no puede comprarle el tesoro de un verso acabado. Entonces cae en la consunción y enferma, se vuela los sesos, vuelve la cara a la pared. No importa en qué actitud le encuentren: ha atravesado las puertas de la Muerte y ha conocido las llamas del Infierno".


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