... somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer
no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana.
Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro,
que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto.
También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Jorge Luis Borges.

16 de marzo de 2014

Las fábulas de Augusto Monterroso.


    




     En Movimiento perpetuo se pregunta Monterroso sobre la finalidad de la filosofía, refiriéndose no tanto al conocimiento profundo de las numerosas teorías filosóficas, sino más bien a la capacidad de pensar y de razonar. Su respuesta es breve pero fabulosa: la filosofía sirve para enseñar a la mosca a escapar del frasco.

     Es obvio que la mosca somos nosotros. Y frascos de los que huir, hay muchos: desde los que contienen unas pocas moscas hasta los que abarcan milllones de ellas. Y cada mosca debe saber cómo escapar de su prisión para decidir después si se queda en ella o no.

     
     Augusto Monterroso es un maestro de la brevedad, pero también de la profundidad, de la densidad del mensaje que transmite en apenas unas pocas líneas. La oveja negra y demás fábulas no es un libro para leer del tirón. Sus pequeñísimas historias son auténticas provocaciones al acto del razonamiento y deben tomarse una a una, permitiéndo que maduren despacio en la parte de atrás de nuestro cerebro, como un buen vino que deja en el paladar un recuerdo que debe respetarse y apurarse hasta el final. He seleccionado tres de ellas para deleite del lector. Debo reconocer que no las he elegido al azar. Me he permitido elegir el frasco:


El apóstata arrepentido.

     Se dice que había una vez un católico, según unos, o un protestante, según otros, que en tiempos muy lejanos y asaltado por las dudas comenzó a pensar seriamente en volverse cristiano; pero el temor de que sus vecinos imaginaran que lo hacía para pasar por gracioso, o por llamar la atención, lo  hizo renunciar a su extravagante debilidad y propósito.


Las dos colas, o el filósofo ecléctico.

     Cuenta la leyenda que en el populoso mercado de una antigua ciudad se paseaba todas las tardes un filósofo ecléctico, célebre observador de la Naturaleza, a quienes muchos se acercaban para exponerle los más peregrinos conflictos y dudas.
     Cierta vez que un perro daba vueltas sobre sí mismo mordiéndose la cola ante la risa de los niños que lo rodeaban, varios preocupados mecaderes preguntaron al filósofo a qué podía obedecer todo aquel movimiento, y que si no sería algún funesto presagio.
     El filosofo les explicó que al morderse la cola el perro trataba tan sólo de quitarse las pulgas.
     Con esto, la curiosidad general quedó satisfecha y la gente se retiró tranquila.
     En otra ocasión, un domador de serpientes exhibía varias en un canasto, entre las cuales una se mordía la cola, lo que provocaba la seriedad de los niños y las risas de los adultos.
     Cuando los niños preguntaron al filósofo a qué podía deberse aquello, él les respondió que la serpiente que se muerde la cola representa el Infinito y el Eterno Retorno de las personas, hechos y cosas, y que esto quieren decir las serpientes cuando se muerden la cola.
     También en esta oportunidad la gente quedó satisfecha e igualmente tranquila.


Caballo imaginando a Dios.

     A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lógica más elemental, razonaba los otros días el caballo.
     Todo el mundo sabe -continuaba su razonamiento- que si los caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios lo imaginaríamos en forma de jinete.








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